Vuelve el terrorismo a sacudir el corazón de Europa, esta
vez, en un concierto presenciado fundamentalmente por adolescentes, en un
estadio de Mánchester, dejando tras de sí una dolorosa estela de muerte y una
psicosis de terror que se extiende igual que la pólvora por toda la ciudad,
provocando desalojos y carreras continuas por las calles y plazas.
Esta guerrilla urbana,
que se ha convertido en una plaga incontrolable, en el mundo moderno y
que está obligando a cambiar todos los protocolos de protección establecidos
hasta el momento, por la sorpresa con que se produce y por la poca preparación
real que requieren este tipo de atentados, no parece que pueda ser fácil de
desterrar, pues desgraciadamente ya hemos podido comprobar que basta la
presencia de un solo individuo en algún lugar concurrido, para desatar un
cataclismo de imprevisibles consecuencias, que ningún aparato de ningún estado
podrá jamás controlar, pues no es posible prever en qué momento va a
producirse.
Ha pasado en Mánchester, como ocurrió en Madrid, que las
víctimas eran mayoritariamente muy jóvenes y por tanto, más vulnerables a la
hora de saber qué hacer ante un suceso como éste, pues la experiencia que da la
vida, puede ayudar y mucho, a intentar habilitar soluciones de emergencia que a
un adolescente ni se le pasarían por la cabeza, por la propia inmadurez de sus
pocos años.
Así, estas muertes resultan aún más dolorosas e incurables
para los familiares y amigos que nunca podrán entender, por mucha terapia que
reciban, que nadie pueda tener un motivo real para querer llevar a cabo una
acción de semejante vileza, privando de su derecho a vivir, a niños de edades
tan cortas.
Mucho más asombro causa enterarse de que el autor de la
masacre solo contaba con unos pocos años más que sus víctimas y que al parecer
actuó en soledad, probablemente influenciado por esas corrientes de captación
que circulan a través de una red, en la que las enormes lagunas jurídicas
existentes, permiten cosas como éstas.
Da escalofríos imaginar qué grado de alienación hace falta
para tomar la decisión de morir matando a inocentes y qué clase de sociedad
hemos creado, para que cierta juventud prefiera sacrificar su propia
existencia, a intentar buscar una salida digna, para poder disfrutar de la
alegría que reporta crecer, con sus errores y sus aciertos.
No se puede, sino pensar que este mundo que ofrecemos, como
un tesoro, a nuestros descendientes, no parece colmar sin embargo, ni sus
ilusiones, ni sus anhelos y que habrá que replantearse si esa marginalidad
creciente que se produce ante nuestra propia pasividad, sin que hayamos
intentado construir nuevas fórmulas que permitan erradicarla, no será en sí,
una premonición de futuro que termine sumiendo en una tremenda melancolía a la
totalidad de los jóvenes, conduciéndoles a un camino sin retorno.
Hoy, la grandeza del dolor, vuelve a hacer imposible tratar
otro tema que no sea éste y la única noticia a resaltar, ha de ser,
necesariamente, la solidaridad con los que sufren y el deseo vehemente de que
todos los seres humanos sean capaces de encontrar un medio para creer en la paz
y difundirlo entre los otros, para que cunda el ejemplo.

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