Cercado por incontables casos de corrupción y en un tiempo en
el que se van conociendo a través de los medios pruebas incontestables de la
existencia de una trama organizada en la que figuras de enorme relevancia en el
seno de este Partido, el PP, con el Presidente de Gobierno a la cabeza, no
puede ni debe continuar dando la espalda a la evidencia de que este mal de
nuestro tiempo ha terminado por convertirse, en su caso, en una incurable
epidemia y ni la huida hacia adelante, que tantas veces han utilizado como
estrategia sus principales mandatarios, ni la decisión de declarar a través de
plasma, que se maneja en Génova para la comparecencia de Rajoy en la Gurtel, como testigo, pueden ya frenar este torrente imparable de información
que indica que la única salida honrosa que le queda al Gobierno en estos
momentos, es la de dimitir en pleno, asumiendo de una vez, todas las responsabilidades
políticas que se le suponen en estos hechos y que nunca aceptaron, escudándose
en la intragable teoría de que se trata de casos aislados, protagonizados por
algunos, de los que ya ni se pronuncian sus nombres.
Se pregunta la sociedad, atónita ante las noticias que le
sobrevienen cada día y las sucias maniobras que se están emitiendo en forma de
conversaciones telefónicas, filtraciones y chivatazos a presuntos culpables de
delitos monetarios que afectan a la economía de todo el país, a dónde están,
para Mariano Rajoy y los suyos, los limites de esa decencia que defendía
airadamente ante Pedro Sánchez, en uno de los debates que mantuvieron ante las
cámaras de televisión y si verdaderamente, conocen el significado literal de
esta palabra, que para los ciudadanos en general, tiene que ver con la honradez
y la limpieza, en este caso, al ocupar una serie de cargos que se costean con
las aportaciones obligatorias de todos los contribuyentes, a los que se ha
perdido cualquier atisbo de respeto y a los que se maltrata, sin que nadie
pueda hacer nada, desde el momento en que jamás se produce entre las filas del
PP, ocurra lo que ocurra, ni una sola dimisión voluntaria de ninguno de sus
miembros.
Qué vergüenza, para un Presidente de Gobierno, tener que
escapar literalmente, cada día, de las preguntas de los informadores, acelerando
el paso por los pasillos del Congreso o allá dónde se le reclamen sus
respuestas, seguramente por no tener qué decir, que pueda convencer a la
opinión pública y a los ciudadanos en general, incluidos sus propios votantes,
de una inocencia indefendible en la que ya nadie cree, a la vista de todo lo
acontecido y de un desconocimiento inexplicable de unos asuntos, de los que
necesariamente ha de estar informado al detalle, por ocupar el cargo que ocupa,
pero de los que no le interesa para nada hablar, quizá por no embarrar aún más,
el negro pozo de podredumbre en que se halla sumida la Formación que preside y que
terminará lanzándole algún día, de la peor manera, fuera del mundo de la política.
Por no quedarle, no le queda a este Presidente, ni el decoro
necesario para dirigirse a los ciudadanos para admitir la gravedad del momento
que estamos viviendo, como si las presuntas injerencias de personas
imprescindibles en su entorno en el mundo de la justicia o avisar con
antelación a los investigados de su inminente detención, desde puestos de
responsabilidad extrema, pudiera ser considerado como algo natural y no quedara
más remedio que convivir con esta clase de políticos indecorosos, a los que
nada importa, por supuesto, el bien común y mucho el conservar un poder que les
fue otorgado a través de las urnas, pero que no les pertenece a perpetuidad,
como parece que se cree en las filas de los conservadores.
A la vista de lo que ocurre, no cabe sino preguntarse hasta
dónde deben llegar las implicaciones de los Partidos en asuntos siempre
relacionados directamente con la corrupción, para que el país se decida por fin
a decir basta y a exigir una Ley que permita apartar de sus cargos a aquellos
que no responden a las expectativas que de ellos se esperaban, sin tener que
esperar cuatro años, para poder votar de nuevo, si nada lo remedia y el PSOE y
otras fuerzas siguen negándose a dar su apoyo a la Moción de Censura que piensa
presentar Podemos y que nunca fue, en todos los años de nuestra joven Democracia,
tan merecida como ésta.
Buscando una explicación medianamente convincente, la razón
de que la gente piense seguir votando al PP, debe estar directamente relacionada
o con un desinterés extremo por lo que ocurre en el país en el que viven o en
esa estúpida creencia de que la economía siempre funciona mejor, cuando la
llevan gobiernos de derechas.
El mundo laboral español y la situación de riesgo que sufren cientos
de miles de familias, contestan, por sí mismos, a la segunda premisa y en
cuanto a la primera, a más de uno no le vendría nada mal estar en permanente contacto
con lo que sucede a su alrededor, pues querámoslo o no, todos somos al fin,
manejados en nuestras vidas, por las políticas que llevan a cabo quienes nos
gobiernan.
A ver si se va a convertir en verdad, que los españoles nos
merecemos estos políticos que tenemos, los mismos que vacían sin ningún pudor las
arcas del Estado de todos, convirtiendo sus cargos en un vehículo de enriquecimiento
personal, que para más inri, impide, cada vez con más fuerza, el buen funcionamiento
de las Instituciones, atentando contra nuestra salud, impidiendo que nuestros
hijos reciban una enseñanza de calidad y convirtiendo a nuestros mayores en
pobres de solemnidad, después de haber cotizado toda una vida.
Díganme, por favor, si no se han traspasado ya todos los
límites de la decencia.

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