Votan los franceses desencantados por la actuación de los
Partidos tradicionales, decidiéndose por el mal menor, pues entre las opciones
que quedaron para esta segunda vuelta en las elecciones, o se abría la puerta a
una nueva entrada del fascismo en Europa, encabezado por Marine Le Penn, o se
corría el riesgo de apostar por esta incógnita que representa Macron y que hoy
por hoy, no es más que un riesgo imposible de calcular, pues nadie sabe cuáles
son las intenciones que trae el que será el nuevo Presidente de la República
francesa, del que no se conoce nada más que el hecho de haber protagonizado una
carrera fulminante en un solo año, aunque se puede calcular fácilmente, que simboliza
la continuación de las políticas de recortes europeas.
Haciendo un símil con
lo que ocurre en nuestro país, se diría que Macron podría ser considerado como
el Albert Rivera francés y que su triunfo se debe únicamente a dos causas
fundamentales que no pueden obviarse en el momento de crisis que atravesamos y
que son, en primer lugar, la clarísima decadencia de la Socialdemocracia en
nuestro Continente y en segundo lugar, el pavor que representa para la sociedad
en general que personajes como La Penn, puedan hacerse con el poder, sirviendo
de ejemplo a otras naciones en un futuro cercano, consiguiendo destruir la
Comunidad e instalando entre nosotros regímenes de derecha radical, muy lejanos
del pensamiento de las mayorías.
El hecho de que todos los grandes lideres europeos hayan
recomendado encarecidamente el voto a Macron, ya denota que cuentan de antemano
con su sumisión y su apoyo en las líneas marcadas para este futuro ciertamente
desesperanzador que se nos viene encima y la pérdida paulatina de credibilidad
que han sufrido los Partidos tradicionalmente votados en los países de
alrededor, hace que al menos de momento, parezca imposible que puedan
instalarse entre nosotros gobiernos de progreso, sobre todo después de la
decepción que han supuesto dirigentes como Hollande, que en su momento creó una
esperanza de que las cosas pudieran cambiar, derivando después, como ha pasado
con el PSOE español, hacia una inaceptable ideología de derechas que ha
terminado por dar al traste con sus más elementales principios ideológicos.
Es por eso, que no somos capaces de alegrarnos del triunfo de
Macron, aunque sí del fracaso de Le Penn, a la que considerábamos como un verdadero
peligro, quizá porque las circunstancias en que se han celebrado estas
votaciones y el camino que ha ido tomando la indignación de las clases
trabajadoras en el país vecino, no permite hacer predicciones de lo que pueda
suceder de ahora en adelante, con este recién llegado Presidente, que crea de
por sí una desconfianza basada en sus propias reticencias para confesar cuál es
su verdadera ideología, como debiera ser imprescindible, en cualquier político
que se precie.
Con esta duda y con la pugna encarnizada que mantienen los
candidatos a las primarias de un PSOE, hecho añicos ante la vista de la sociedad
y sin ningún pudor en demostrarlo descaradamente, abrimos una semana en la que
la corrupción sigue atenazando más y más al PP, convirtiendo en insostenible su
permanencia en el poder y en la que Podemos ha empezado a consultar a sus
adscritos sobre si son o no partidarios de presentar la Moción de Censura, que se da casi por segura, aunque
sea en soledad, por los niveles de hartazgo que provocan nuestros gobernantes
en la gente.
El ambiente, que empieza a calentarse y no sólo en este país
plagado de contradicciones en el que vivimos, no puede resultar más interesante
de relatar, para quién trata de mirar, con objetividad, las cosas que nos están
sucediendo.
Al menos, hemos respirado con el fracaso de Le Penn. Alguna
alegría teníamos que tener, aunque fuera pequeñita.

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