Absolutamente consternados por las noticias que llegaban
sobre el terremoto ocurrido en Ecuador, los ciudadanos nos sentamos anoche ante
el televisor para ver la entrevista que Jordi Évole hizo a Arnaldo Otegi, en
Salvados, con la esperanza de encontrar en el personaje algún signo de
arrepentimiento por la violencia generada por ETA durante más de treinta años y
que él siempre se negó a condenar, como todos recordamos, en las muchas intervenciones que ha
protagonizado, a lo largo de su vida política, delante de los medios.
Frente a eso, encontramos a un Arnaldo Otegi bastante
lastimado por la edad, hierático e inaccesible, durante todo el tiempo que duró
la entrevista y estratégicamente asentado ahora, en una posición de increíble
moderación, para quién durante tanto tiempo ha defendido casi con fanatismo,
las propuestas de los grupos abertzales más cercanos a ETA y que ahora, tras el
cese de la violencia, pretenden integrarse en las instituciones políticas,
reclamando un olvido imposible, para los familiares de las víctimas.
A pesar de que en varias ocasiones, el entrevistador reclamó
con insistencia, con mano magistral, como siempre, un gesto que pudiera
recomponer la tremenda brecha que aún existe en la actualidad, en la sociedad
vasca, Otegui prefirió en todo momento hablar en primera persona e incluso se
atrevió a comparar el dolor que había sentido por la muerte de su madre,
mientras se encontraba en prisión, con las terribles sensaciones que habrían
experimentado los familiares de las víctimas, al recibir la noticia de los
atentados que costaron la vida a los suyos, como si el modo de morir de la una
y los otros, formaran parte de una normalidad que solo pareció comprender quien
pronunciaba estas palabras.
Apeado sin embargo del discurso enardecido al que nos tenía
acostumbrados en sus años de actividad política, se quejó en varias ocasiones
de que las preguntas que se le hacían estuvieran siempre relacionadas con su
pasado, aunque no le quedó otro remedio que aceptar, sobre todo por la
impecable actuación de Évole, que los ciudadanos no tenían el menor interés en
conocer sus intenciones de futuro y que sólo esperaban de su intervención en el
programa, mucha más generosidad de la demostrada en el tratamiento de todo lo
ocurrido y que tanto daño ha hecho a la Sociedad en general y a la vasca en
particular, por sus connotaciones violentas.
Se percibió, un cierto miedo anclado a sus palabras, hacia
los que habían formado parte de las diversas cúpulas de ETA, como si las
decisiones que se hubieran tomado durante los años del horror hubieran sido
competencia exclusiva de los que empuñaban las armas y los que, por exigencia
del macabro guión, se habían convertido en sus portavoces, hubieran sido meros
títeres sin voz ni voto, forzados a aceptar, sin oportunidad de responder, los
hechos consumados.
Únicamente pudo apreciarse un momento de cierta humanidad,
cuando la hija de Fernando Buesa hizo mención a una anécdota relacionada con un
mechero que Otegi habría regalado a su padre, unos días antes de su muerte y que produjo en el líder abertzale una
visible reacción de vergüenza, que ni siquiera le permitía mirar a la pantalla
en la que aparecía esta mujer, sin alteración alguna en la voz, ni en los
gestos, pero que con su mensaje, ponía en evidencia toda la sinrazón que
durante años ha sacudido la médula espinal de la sociedad y que continúa sin
tener una explicación lógica que pueda justificar de algún modo la brutalidad
de los hechos.
No convencieron los argumentos de Otegi, ni siquiera cuando
se empeñó en relatar las vicisitudes de las negociaciones mantenidas para alcanzar
un acuerdo de paz, en las que confesó haber estado implicado desde el primer
momento, ni tampoco cuando pretendió lanzar el mensaje de la utilización de las
víctimas por parte de determinados partidos políticos, porque aún siendo verdad
en algunos casos, no hizo referencia a la manipulación ejercida sobre un sector
de la ciudadanía vasca, basada en el miedo, que durante todo el tiempo que
duraron las acciones de ETA, vinieron ejerciendo los abertzales, en todos los
pueblos y ciudades del país vasco y que todos recordamos perfectamente, como
algo absolutamente imperdonable.
Sin embargo, esta
entrevista, valiente y arriesgada, por
el personaje y el contenido, abre un camino hasta ahora vedado al que nadie se
había atrevido a acceder y que constituye una vía para poder lograr una reconciliación real entre unos
ciudadanos, demasiado enfrentados entre sí, durante demasiado tiempo.
Verán, es mucho más difícil lidiar en un escenario político
que en un campo de batalla, sobre todo porque concede la oportunidad de juzgar
las acciones de cada cual, en su justa medida, sin presiones externas.
La caída de Bildu en las últimas elecciones demuestra, por
primera vez, que cuando los vascos votan en libertad, su elección no recae
mayoritariamente en aquellos que avalaron, hasta anteayer, las prácticas de la violencia.
Cualquiera es fuerte con un arma en la mano, por medio de la
amenaza o la intimidación, esgrimida como único argumento. Practicar la democracia, es, afortunadamente,
otra cosa y batallar por medio de la palabra, la negociación, el diálogo
consensuado, ganar o perder, colocará a cada cual en el sitio que le
corresponde. Es sólo cuestión de tiempo.

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