lunes, 18 de abril de 2016

La vergüenza de Otegi


Absolutamente consternados por las noticias que llegaban sobre el terremoto ocurrido en Ecuador, los ciudadanos nos sentamos anoche ante el televisor para ver la entrevista que Jordi Évole hizo a Arnaldo Otegi, en Salvados, con la esperanza de encontrar en el personaje algún signo de arrepentimiento por la violencia generada por ETA durante más de treinta años y que él siempre se negó a condenar, como todos recordamos, en  las muchas intervenciones que ha protagonizado, a lo largo de su vida política, delante de los medios.
Frente a eso, encontramos a un Arnaldo Otegi bastante lastimado por la edad, hierático e inaccesible, durante todo el tiempo que duró la entrevista y estratégicamente asentado ahora, en una posición de increíble moderación, para quién durante tanto tiempo ha defendido casi con fanatismo, las propuestas de los grupos abertzales más cercanos a ETA y que ahora, tras el cese de la violencia, pretenden integrarse en las instituciones políticas, reclamando un olvido imposible, para los familiares de las víctimas.
A pesar de que en varias ocasiones, el entrevistador reclamó con insistencia, con mano magistral, como siempre, un gesto que pudiera recomponer la tremenda brecha que aún existe en la actualidad, en la sociedad vasca, Otegui prefirió en todo momento hablar en primera persona e incluso se atrevió a comparar el dolor que había sentido por la muerte de su madre, mientras se encontraba en prisión, con las terribles sensaciones que habrían experimentado los familiares de las víctimas, al recibir la noticia de los atentados que costaron la vida a los suyos, como si el modo de morir de la una y los otros, formaran parte de una normalidad que solo pareció comprender quien pronunciaba estas palabras.
Apeado sin embargo del discurso enardecido al que nos tenía acostumbrados en sus años de actividad política, se quejó en varias ocasiones de que las preguntas que se le hacían estuvieran siempre relacionadas con su pasado, aunque no le quedó otro remedio que aceptar, sobre todo por la impecable actuación de Évole, que los ciudadanos no tenían el menor interés en conocer sus intenciones de futuro y que sólo esperaban de su intervención en el programa, mucha más generosidad de la demostrada en el tratamiento de todo lo ocurrido y que tanto daño ha hecho a la Sociedad en general y a la vasca en particular, por sus connotaciones violentas.
Se percibió, un cierto miedo anclado a sus palabras, hacia los que habían formado parte de las diversas cúpulas de ETA, como si las decisiones que se hubieran tomado durante los años del horror hubieran sido competencia exclusiva de los que empuñaban las armas y los que, por exigencia del macabro guión, se habían convertido en sus portavoces, hubieran sido meros títeres sin voz ni voto, forzados a aceptar, sin oportunidad de responder, los hechos consumados.
Únicamente pudo apreciarse un momento de cierta humanidad, cuando la hija de Fernando Buesa hizo mención a una anécdota relacionada con un mechero que Otegi habría regalado a su padre, unos días antes de su muerte  y que produjo en el líder abertzale una visible reacción de vergüenza, que ni siquiera le permitía mirar a la pantalla en la que aparecía esta mujer, sin alteración alguna en la voz, ni en los gestos, pero que con su mensaje, ponía en evidencia toda la sinrazón que durante años ha sacudido la médula espinal de la sociedad y que continúa sin tener una explicación lógica que pueda justificar de algún modo la brutalidad de los hechos.
No convencieron los argumentos de Otegi, ni siquiera cuando se empeñó en relatar las vicisitudes de las negociaciones mantenidas para alcanzar un acuerdo de paz, en las que confesó haber estado implicado desde el primer momento, ni tampoco cuando pretendió lanzar el mensaje de la utilización de las víctimas por parte de determinados partidos políticos, porque aún siendo verdad en algunos casos, no hizo referencia a la manipulación ejercida sobre un sector de la ciudadanía vasca, basada en el miedo, que durante todo el tiempo que duraron las acciones de ETA, vinieron ejerciendo los abertzales, en todos los pueblos y ciudades del país vasco y que todos recordamos perfectamente, como algo absolutamente imperdonable.
Sin embargo,  esta entrevista, valiente  y arriesgada, por el personaje y el contenido, abre un camino hasta ahora vedado al que nadie se había atrevido a acceder y que constituye una vía para poder lograr  una reconciliación real entre unos ciudadanos, demasiado enfrentados entre sí, durante demasiado tiempo.
Verán, es mucho más difícil lidiar en un escenario político que en un campo de batalla, sobre todo porque concede la oportunidad de juzgar las acciones de cada cual, en su justa medida, sin presiones externas.
La caída de Bildu en las últimas elecciones demuestra, por primera vez, que cuando los vascos votan en libertad, su elección no recae mayoritariamente en aquellos que avalaron,  hasta anteayer, las prácticas de la violencia.
Cualquiera es fuerte con un arma en la mano, por medio de la amenaza o la intimidación, esgrimida como único argumento.  Practicar la democracia, es, afortunadamente, otra cosa y batallar por medio de la palabra, la negociación, el diálogo consensuado, ganar o perder, colocará a cada cual en el sitio que le corresponde. Es sólo cuestión de tiempo.


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