Por primera vez, desde que Mariano Rajoy llegara al poder,
hace ya más de cuatro años, alguien encuentra por fin el momento para referirle frente a frente todas aquellas
cosas que a los ciudadanos nos hubiera gustado decir, aunque nunca se nos
brindó, por la inaccesibilidad del personaje, la oportunidad real de poder
hacerlo.
Este afortunado, que no es otro que Jordi Évole, cuya
trayectoria profesional ha terminado siendo indiscutible, en los últimos
tiempos, consiguió el pasado Domingo, tras varios años de perseguir la ansiada
entrevista, ponerse frente al Presidente, ahora en funciones, para tratar de
arrancarle algunas respuestas sobre la multitud de problemas acontecidos
durante la pasada legislatura y también sobre algunas cuestiones estrictamente
personales que le han puesto a veces, en graves apuros y que nunca se han
aclarado suficientemente.
El encuentro, brillante como no podía ser de otra manera, por
la talla del periodista, no contó sin embargo, con ningún tipo de colaboración
por parte del entrevistado, que se limitó a esgrimir el manido discurso de que
por cada político corrupto, existen miles que ni lo han sido, ni lo serán
jamás, como una coletilla aprendida de carrerilla en un ensayo precipitado de
lo que imaginaba que podría ser el contenido principal de la cita que mantenía
en aquel momento, sin que se apreciara, durante el tiempo que duró, ninguna
intención de aclarar a los ciudadanos, ninguna de las cuestiones reales que
verdaderamente importan y menos aún, aquellas que tuvieran que ver
implícitamente, con el tratamiento que se ha dado y se da, desde el Partido
popular que dirige, a los incontables casos de corrupción protagonizados por dirigentes,
en muchos casos elegidos a dedo, por el propio Presidente.
A pesar del intento
reiterado del periodista, por ahondar fundamentalmente en problemas que
preocupan y mucho a la opinión pública, llegando incluso preguntar por las
responsabilidades políticas que correspondería aceptar, por gravísimos asuntos,
como el de Valencia, el Presidente, que permaneció a la defensiva y hasta se
atrevió a decir que sólo se hacía referencia a lo malo, como si la honradez de
los políticos no fuera una obligación ineludible que debiera ser inherente a
los cargos, no supo o no quiso responder, quizá porque el cara a cara no es su
fuerte, a ninguno de los planteamientos que se le hacían y que en muchas
ocasiones, le ocasionaron una más que visible irritabilidad, manifestada
claramente en sus gestos.
Como novedad, admitió
varias veces que había cometido bastantes errores, sobre todo en relación con
la estrecha amistad que había mantenido con personajes como Fabra o Bárcenas,
aunque escudándose siempre, en que había hecho lo que había creído lo mejor
para España y no se dignó a considerar la posibilidad más que evidente, de que
ni tan siquiera su política económica había dado los frutos deseados, a juzgar
por las tasas de paro o el incumplimiento del déficit.
La soledad de los jardines de Moncloa, en las imágenes en que
los interlocutores paseaban, antes de acceder al despacho, se me antojó, un
reflejo exacto de lo que está ocurriendo a Rajoy, desde que el voto de los
españoles en las pasadas elecciones, le demostrara que su hegemonía no era
eterna.
Abandonado por todas las demás Fuerzas políticas y
traicionado por los suyos, en muchos casos más preocupados por enriquecerse de
manera ilícita, que por servir a los intereses de España, a Rajoy no parecía
quedarle nada más, que terminar lo mejor posible el tiempo que le quede por
estar en funciones, para volver después a un anonimato del que verdaderamente,
nunca logró salir, pues ha sido el menos carismático de cuántos Presidente ha habido, desde que se implantara la
Democracia.
Unos minutos antes de que los espectadores empezáramos a ver
la entrevista, se destapaba el caso de los papeles de Panamá, prueba fehaciente
de que la Amnistía fiscal que decretara
Montoro, ha sido, también, un estrepitoso fracaso. Qué pena que el programa
fuera grabado, porque de haber sido en directo, estamos seguros de que Évole no
hubiera desaprovechado la oportunidad de preguntarle por el asunto y a muchos
de nosotros, nos hubiera encantado oír su respuesta.

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