martes, 5 de abril de 2016

KO técnico


Por primera vez, desde que Mariano Rajoy llegara al poder, hace ya más de cuatro años, alguien encuentra por fin el momento  para referirle frente a frente todas aquellas cosas que a los ciudadanos nos hubiera gustado decir, aunque nunca se nos brindó, por la inaccesibilidad del personaje, la oportunidad real de poder hacerlo.
Este afortunado, que no es otro que Jordi Évole, cuya trayectoria profesional ha terminado siendo indiscutible, en los últimos tiempos, consiguió el pasado Domingo, tras varios años de perseguir la ansiada entrevista, ponerse frente al Presidente, ahora en funciones, para tratar de arrancarle algunas respuestas sobre la multitud de problemas acontecidos durante la pasada legislatura y también sobre algunas cuestiones estrictamente personales que le han puesto a veces, en graves apuros y que nunca se han aclarado suficientemente.
El encuentro, brillante como no podía ser de otra manera, por la talla del periodista, no contó sin embargo, con ningún tipo de colaboración por parte del entrevistado, que se limitó a esgrimir el manido discurso de que por cada político corrupto, existen miles que ni lo han sido, ni lo serán jamás, como una coletilla aprendida de carrerilla en un ensayo precipitado de lo que imaginaba que podría ser el contenido principal de la cita que mantenía en aquel momento, sin que se apreciara, durante el tiempo que duró, ninguna intención de aclarar a los ciudadanos, ninguna de las cuestiones reales que verdaderamente importan y menos aún, aquellas que tuvieran que ver implícitamente, con el tratamiento que se ha dado y se da, desde el Partido popular que dirige, a los incontables casos de corrupción protagonizados por dirigentes, en muchos casos elegidos a dedo, por el propio Presidente.
 A pesar del intento reiterado del periodista, por ahondar fundamentalmente en problemas que preocupan y mucho a la opinión pública, llegando incluso preguntar por las responsabilidades políticas que correspondería aceptar, por gravísimos asuntos, como el de Valencia, el Presidente, que permaneció a la defensiva y hasta se atrevió a decir que sólo se hacía referencia a lo malo, como si la honradez de los políticos no fuera una obligación ineludible que debiera ser inherente a los cargos, no supo o no quiso responder, quizá porque el cara a cara no es su fuerte, a ninguno de los planteamientos que se le hacían y que en muchas ocasiones, le ocasionaron una más que visible irritabilidad, manifestada claramente en sus gestos.
 Como novedad, admitió varias veces que había cometido bastantes errores, sobre todo en relación con la estrecha amistad que había mantenido con personajes como Fabra o Bárcenas, aunque escudándose siempre, en que había hecho lo que había creído lo mejor para España y no se dignó a considerar la posibilidad más que evidente, de que ni tan siquiera su política económica había dado los frutos deseados, a juzgar por las tasas de paro o el incumplimiento del déficit.
La soledad de los jardines de Moncloa, en las imágenes en que los interlocutores paseaban, antes de acceder al despacho, se me antojó, un reflejo exacto de lo que está ocurriendo a Rajoy, desde que el voto de los españoles en las pasadas elecciones, le demostrara que su hegemonía no era eterna.
Abandonado por todas las demás Fuerzas políticas y traicionado por los suyos, en muchos casos más preocupados por enriquecerse de manera ilícita, que por servir a los intereses de España, a Rajoy no parecía quedarle nada más, que terminar lo mejor posible el tiempo que le quede por estar en funciones, para volver después a un anonimato del que verdaderamente, nunca logró salir, pues ha sido el menos carismático de cuántos Presidente   ha habido, desde que se implantara la Democracia.
Unos minutos antes de que los espectadores empezáramos a ver la entrevista, se destapaba el caso de los papeles de Panamá, prueba fehaciente  de que la Amnistía fiscal que decretara Montoro, ha sido, también, un estrepitoso fracaso. Qué pena que el programa fuera grabado, porque de haber sido en directo, estamos seguros de que Évole no hubiera desaprovechado la oportunidad de preguntarle por el asunto y a muchos de nosotros, nos hubiera encantado oír su respuesta.

   

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