Para los electores y simpatizantes del Partido Popular, ha de
ser necesariamente una tragedia, ver a diario cómo la mayoría de sus ídolos,
antes reconocidos y admirados por una buena parte de la sociedad, van cayendo
uno a uno de sus pedestales, perseguidos por cometer actos ilegales o asuntos
de corrupción, aún cuando se empeñen en mantener versiones absolutamente
indefendibles cuando se encuentran sobre la mesa, todas las pruebas de los
delitos.
En plena vorágine de los llamados papeles de Panamá y después
de haber oído ayer las vagas e inaceptables explicaciones que ofreció el
Ministro Soria sobre su participación en empresas offshore, hoy nos levantamos
con la noticia de que José María Aznar, ha sido multado con setenta
mil euros por Hacienda, por haber tratado de tramitar a través de una sociedad
familiar, caudales que tendría que haber declarado como IRPF, por un total de
más de doscientos mil euros.
La crónica, que viene de una publicación de las consideradas
afines a la ideología a la que pertenece
el ex Presidente y que sitúa el momento de la sanción un poco antes de
la pasada Navidad, desvela además una reunión de Montoro con Aznar, de cuyo
contenido sólo ha trascendido que se produjo en un ambiente de alta tensión, en
medio del cual, ambos interlocutores vertieron acusaciones mutuas, aunque ya se
conocía la enemistad existente entre ellos, desde hace tiempo.
Lo que ocurre a diario en el PP, no por haberse convertido en
algo casi rutinario, deja de producir estupefacción y puede dar una perfecta
idea de lo que podría sucedernos, si llegamos a permitir, otra vez, que vuelvan
a alzarse con el poder, en unas, todavía hipotéticas, nuevas elecciones
generales.
La estrepitosa caída de personajes como Rodrigo Rato, Fabra,
Rita Barbera, Bárcenas, el Ministro Soria y ahora Aznar, entre otra multitud de
implicados, no puede, sino convencernos
de que algo debe suceder en las entrañas de esta Formación política, para que
hayan coincidido en ella, tal cantidad de gente relacionada con asuntos de
corrupción, que campaban impunemente por sus respetos por toda la geografía
española, viviendo a todo tren, mientras los ciudadanos eran al mismo tiempo
masacrados por las medidas de recortes que ellos mismos dictaban, con mano
férrea, y que han arrastrado a miles de familias españolas, al borde de la
quiebra.
Estos ídolos impolutos, enfundados en sus trajes exclusivos y
aderezados con corbata de seda y zapatos de las mejores firmas de moda, que
suelen abominar de los nuevos Partidos políticos, juzgando a sus integrantes
por su aspecto y amenazando con que su llegada traería a España una etapa de
insuperable miseria, de la que no podríamos escapar jamás, son sin embargo, y a
las pruebas me remito, los auténticos responsables de una buena parte de las desgracias
que nos afectan, pues si pudiera reunirse el montante total de lo que han
venido defraudando, evadiendo, blanqueando, o simplemente sustrayendo de las
arcas estatales, nuestra situación podría ser mucho menos triste de lo que es y
no se hubiera generado el ambiente de total desconfianza en la clase política
que dificulta terriblemente poder creer en la honestidad de los demás, por
miedo a que con ellos, ocurra lo mismo.
El escenario creado por el PP no puede ser más desolador y
tenebroso y quizá por eso resulta absolutamente incomprensible que casi siete
millones de españoles puedan seguir mostrándole fidelidad a través de las
urnas, pues ya no queda nadie, de todos aquellos que admiraron como a
verdaderas estrellas que brillaban en el universo político y no porque se hayan
ido retirando con la intención de dedicarse cada cual a su profesión, sino
porque en la mayoría de los casos han sido apartados, violentamente, por
problemas con la justicia.
Huérfanos de modelos
políticos, los votantes de los populares deber haber caído en una especie de depresión constante que acompañada
por la zozobra de no saber qué sucederá al día siguiente y si aún puede ser peor de lo que conocieron hoy, no
puede sino restar esa ilusión que se ha
ido desvaneciendo al mismo ritmo con que
ha ido apareciendo la información que desvelaba cuál era la verdadera
naturaleza humana de sus ídolos.
No le que al PP, más que la imagen patética de la soledad de
Rajoy, empecinado en conservar la pasada gloria de que disfrutó su Partido e
incapaz de comprender que los actos tienen un precio que siempre se acaba
pagando y que no se puede escapar de un pasado que les va a perseguir durante
toda su vida.
Si les quedara un mínimo de dignidad, disolver el Partido y
retirarse, cuando todavía pueden, antes de que la podredumbre acabe por
enterrar a los pocos que quedan en pie, tras el huracán que viene sacudiendo
sistemáticamente el honor de los conservadores, podría ser la única salida que
se entendiera como lógica en el momento que vivimos y que sería aplaudida por los españoles como
un ejemplo de que a veces funcionan los mecanismos democráticos en este país …y
que aún queda algo de justicia.

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