A la gente de a pie, nos duele mucho más enterarnos de que
personajes a los que considerábamos
tradicionalmente cercanos al pensamiento de la izquierda se vean implicados en
casos de corrupción, quizá porque habíamos creído ilusamente, que su cercanía
con nuestros problemas era sincera y que su limpieza de corazón estaba por tanto, garantizada, exactamente
igual que la nuestra.
Que nombres como los de Pedro Almodóvar o Imanol Arias
aparezcan ahora relacionados con los papeles de Panamá y descubrir
repentinamente que aquellos que admiramos, no solo por sus triunfos
profesionales, sino también por lo que creíamos que defendían, se contaminan con gestos que les igualan a
aquellos que criticaron duramente, se convierte en mucho más imperdonable,
porque el fraude cometido traspasa los límites de lo meramente legal y entra de
lleno en el terreno de lo afectivo.
Los que durante años hemos agradecido el apoyo a nuestras
causas que han evidenciado reiteradamente estas dos personas de las que ahora
hablamos, no podemos por menos que abominar de los hechos que ahora se les
imputan, fundamentalmente porque creemos que no se puede nadar y guardar la
ropa, ni está bien jugar con las creencias de los demás, propiciando un engaño que
no solo atañe a los bienes comunes de todos los ciudadanos, sino que además, menoscaba
irreparablemente lo cimientos del pensamiento de progreso.
Declararse abiertamente de izquierdas ha de conllevar
necesariamente una línea de vida, absolutamente contraria a estos delitos de
fraude fiscal, pues lo público ha de nutrirse sin remedio de la contribución
solidaria que todos hacemos, a través del pago de nuestros impuestos, cuya
cuantía revierte después, o debe al menos revertir, en la creación de
Hospitales y Escuelas o en algo tan necesario como la Investigación, por poner
importantes ejemplos.
Al recordar la participación de Almodóvar y Arias en sendos
actos de protesta como las manifestaciones contra la guerra que se organizaron
en la época de Áznar, o en las se
reclamaba en contra de la Reforma Laboral de Rajoy, o la imposición del
veintiún por ciento de IVA, a los actos relacionados con la cultura, uno no
puede por menos que sentirse absolutamente manipulado, utilizado y traicionado,
al darse cuenta de que aquellas presencias debían ser, realmente, una magnífica
interpretación de un papel que en nada se correspondía con la realidad personal
de aquellos que aparentaban ser, como nosotros.
Reclamar limpieza a los demás, mientras uno incumple las
normas establecidas en beneficio propio, se convierte en un irreprobable acto
de hipocresía que puede dar una idea bastante aproximada del grado de confianza
que merece quiénes lo practican y de la credibilidad que van a merecer, a partir de
ahora, sus manifestaciones al respecto.
A uno le parece, que estos delitos que nos perjudican a todos
y que habitualmente eran cometidos por gente ideológicamente próxima a la
derecha, ahora se han transformado sin embargo, en una especie de rutina común
a todos aquellos que por su profesión o su cuna, disfrutan de una posición
económica más que desahogada, pero que además, no se conforman con lo que ya
poseen, necesitando cada vez más, sin importar los medios, para ser más
felices.
Entretanto, los trabajadores de este país, que por cierto es
el mismo al que pertenecen estos delincuentes, mantienen con sus aportaciones
al Erario de todos, una estabilidad social cada vez más difícil, haciendo, en
innumerables casos, enormes sacrificios por contribuir solidariamente con los
demás, cada cual en la medida que el Estado le exige.
Conocer noticias del calado de las que estamos hablando estos
días, hace a los ciudadanos sentirse inevitablemente idiotas y dan ganas,
aunque al final no lleguemos a hacerlo, de declararse insumiso fiscal, hasta
que cada uno de los innumerables corruptos que circulan libremente o no, por
este país, salde, hasta el último euro, el montante total de sus deudas.

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