jueves, 7 de abril de 2016

Actos imperdonables


A la gente de a pie, nos duele mucho más enterarnos de que personajes  a los que considerábamos tradicionalmente cercanos al pensamiento de la izquierda se vean implicados en casos de corrupción, quizá porque habíamos creído ilusamente, que su cercanía con nuestros problemas era sincera y que su limpieza de corazón  estaba por tanto, garantizada, exactamente igual que la nuestra.
Que nombres como los de Pedro Almodóvar o Imanol Arias aparezcan ahora relacionados con los papeles de Panamá y descubrir repentinamente que aquellos que admiramos, no solo por sus triunfos profesionales, sino también por lo que creíamos que defendían, se   contaminan con gestos que les igualan a aquellos que criticaron duramente, se convierte en mucho más imperdonable, porque el fraude cometido traspasa los límites de lo meramente legal y entra de lleno en el terreno de lo  afectivo.
Los que durante años hemos agradecido el apoyo a nuestras causas que han evidenciado reiteradamente estas dos personas de las que ahora hablamos, no podemos por menos que abominar de los hechos que ahora se les imputan, fundamentalmente porque creemos que no se puede nadar y guardar la ropa, ni está bien jugar con las creencias de los demás, propiciando un engaño que no solo atañe a los bienes comunes de todos los ciudadanos, sino que además, menoscaba irreparablemente   lo cimientos del pensamiento de progreso.
Declararse abiertamente de izquierdas ha de conllevar necesariamente una línea de vida, absolutamente contraria a estos delitos de fraude fiscal, pues lo público ha de nutrirse sin remedio de la contribución solidaria que todos hacemos, a través del pago de nuestros impuestos, cuya cuantía revierte después, o debe al menos revertir, en la creación de Hospitales y Escuelas o en algo tan necesario como la Investigación, por poner importantes ejemplos.
Al recordar la participación de Almodóvar y Arias en sendos actos de protesta como las manifestaciones contra la guerra que se organizaron en la época de Áznar, o en las  se reclamaba en contra de la Reforma Laboral de Rajoy, o la imposición del veintiún por ciento de IVA, a los actos relacionados con la cultura, uno no puede por menos que sentirse absolutamente manipulado, utilizado y traicionado, al darse cuenta de que aquellas presencias debían ser, realmente, una magnífica interpretación de un papel que en nada se correspondía con la realidad personal de aquellos que aparentaban ser, como nosotros.
Reclamar limpieza a los demás, mientras uno incumple las normas establecidas en beneficio propio, se convierte en un irreprobable acto de hipocresía que puede dar una idea bastante aproximada del grado de confianza que merece quiénes lo practican y de la  credibilidad que van a merecer, a partir de ahora, sus manifestaciones al respecto.
A uno le parece, que estos delitos que nos perjudican a todos y que habitualmente eran cometidos por gente ideológicamente próxima a la derecha, ahora se han transformado sin embargo, en una especie de rutina común a todos aquellos que por su profesión o su cuna, disfrutan de una posición económica más que desahogada, pero que además, no se conforman con lo que ya poseen, necesitando cada vez más, sin importar los medios, para ser más felices.
Entretanto, los trabajadores de este país, que por cierto es el mismo al que pertenecen estos delincuentes, mantienen con sus aportaciones al Erario de todos, una estabilidad social cada vez más difícil, haciendo, en innumerables casos, enormes sacrificios por contribuir solidariamente con los demás, cada cual en la medida que el Estado le exige.
Conocer noticias del calado de las que estamos hablando estos días, hace a los ciudadanos sentirse inevitablemente idiotas y dan ganas, aunque al final no lleguemos a hacerlo, de declararse insumiso fiscal, hasta que cada uno de los innumerables corruptos que circulan libremente o no, por este país, salde, hasta el último euro, el montante total de sus deudas.





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