Lo que estamos viviendo estos días, el intento de apartar a
un Partido al que votaron en las pasadas elecciones más de cinco millones de
personas, por parte de los considerados tradicionales, y el montaje de esta
especie de comedia de enredo cuyo galanes, Sánchez y Rivera y su cohorte de
seguidores incondicionales, interpretan de forma magistral, ante un patio de
butacas abarrotado de unos espectadores, que en este caso somos nosotros, no
deja de ser una manera más de poner en tela de juicio la inteligencia de los
ciudadanos y raya en lo grotesco, no solo porque se puede adivinar, casi desde
el principio que ni Socialistas, ni Ciudadanos tenían la menor intención de
alcanzar un pacto con Podemos, sino porque se intuye, detrás de su supuesta
buena voluntad, el propósito malintencionado de que toda la culpa del fracaso
de las negociaciones, recaiga en la Formación de Pablo Iglesias, desde el
principio elegida para interpretar este papel, quizá por el miedo que supondría
su posible participación en un nuevo Gobierno.
Uno empieza a pensar que todo está milimétricamente estudiado
y que todos los que defienden con ahínco la supervivencia de los Partidos
tradicionales, traman tácitamente que el final de las conversaciones terminen
con la firma del acurdo de la llamada “Gran coalición”, fundamentalmente porque
sería el único modo de aplazar sine díe el cambio reclamado por una gran parte
de la sociedad, pero que no convence a ninguno de los que tendrían
necesariamente que renunciar a un amplio número de los privilegios de que han
venido disfrutando, en la comodidad del reparto de poder que facilitaba
periódicamente un bipartidismo, que ahora se ve amenazado por la inesperada
irrupción en el panorama político español, de una fuerza de progreso que
cuestiona, con toda la razón, los cimientos en que se asienta un sistema cada
vez más corrupto, regentado por unos políticos demasiado preocupados por la
marcha de la macro economía y demasiado poco, por el bienestar de los
ciudadanos.
Adjudicar a Podemos el sambenito de la culpabilidad, como si
con su negativa a sumarse a lo pactado por PSOE y Ciudadanos, no estuviera
dejando otra salida que aceptar la propuesta de Rajoy, que por cierto dejaría
al Partido de Iglesias condenado a una oposición fallida, durante los próximos
cuatro años, es, o al menos eso deben pensar los principales protagonistas de
esta historia, la mejor justificación, de cara a los ciudadanos, de que todos,
menos Podemos, están dispuestos a hacer lo mejor para España.
Sin embargo, los electores aún conservamos la capacidad de pensar
por nosotros mismos y quizá porque en
estos últimos tiempos que nos hemos visto obligados a vivir, hemos aprendido a
bucear denodadamente en los entresijos de todo lo que ocurre a nuestro
alrededor y a desconfiar por sistema, de
una clase política demasiado proclive a disfrazar la realidad, en beneficio de
sus intereses, ya no nos dejamos llevar con facilidad por las primeras
impresiones, ni engañar por espejismos
de impecable apariencia, que revelan después, cuando pasa el efecto de la alucinación,
la cruda verdad con la que habremos de
enfrentarnos a solas, abandonados a nuestra propia suerte.
No hay ni habrá pues, justificación para esa alianza a tres
que seguramente terminará por firmarse uno de estos días y en la que
participarán supuestos enemigos irreconciliables, como PP y PSOE, bajo la
batuta conciliadora de Albert Rivera y fundamentalmente no la habrá, porque los
ciudadanos hemos demostrado con creces nuestra repulsa generalizada contra los
múltiples intentos de manipular la verdad que han protagonizado los políticos
en los últimos tiempos y que han puesto en tela de juicio cualquier atisbo de
credibilidad que pudiera quedar a estos estrategas del siglo XXI, a los que
resulta demasiado fácil descubrir y muy difícil perdonar, sobre todo cuando las cosas no mejoran, para
una sociedad cansada de ser la única en tener que asumir, toda suerte de
sacrificios.
Hablando claro, el único culpable de que no haya sido posible
un pacto de izquierdas, es este PSOE deteriorado, apeado de los cimientos de su
propia ideología, que hace tiempo que se rindió
a la comodidad que ofrece el poder, abandonando por aclamación de sus
líderes los fundamentos del socialismo y renunciando a toda posibilidad de
reconciliación con el pensamiento que propició su fundación y que quedó
enterrado bajo la gruesa capa de mansedumbre que ahora arrastra, como una losa,
su casta privilegiada de dirigentes y la sola idea de que pudiera triunfar, y
de qué forma, un movimiento encaminado a transformar auténticamente el Sistema,
propiciando seriamente la igualdad entre
los habitantes de este país o restableciendo los derechos sociales que se nos
han ido arrebatando, sin conmiseración, hasta dejarnos inermes, debe
representar para ellos, la viva imagen del terror, pues sus ideas ya no son, ni
serán jamás las que una vez fueron, ni representan, ni volverán jamás a
representar, a nada que recuerde a la izquierda.
No hablemos pues de culpabilidad, sino de malas prácticas de
la política, pero lo peor de todo, es que si finalmente nos gobierna la Gran Coalición, la voluntad de la mayoría
de los ciudadanos será, inaceptablemente, secuestrada y otra vez, seremos
nosotros, los que paguemos las consecuencias.
La muerte política del PSOE, en minoría entre Ciudadanos y
PP, estará, además, garantizada durante los próximos cuatro años, así que
habría que preguntar a Susana Díaz y los suyos, si de verdad les merece la
pena.

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