miércoles, 27 de abril de 2016

Esperando un milagro


Fracasados todos los intentos de negociación, fueren o no sinceras las intenciones de quiénes los protagonizaron, va tomando cuerpo la idea de que tendremos que ir a nuevas elecciones, dando al traste con todas las esperanzas que tuvimos los ciudadanos, cuando conocimos los resultados del pasado veinte de Diciembre.
Sumidos en una imparable ola de corrupción, la gente de a pie, los que no entendemos el encarnizamiento de las luchas por el poder, ni las puñaladas por la espalda que se propinan, entre compañeros, los cargos de los Partidos, estamos y hay que decirlo, infinitamente decepcionados con la ineptitud de una clase política, que antepone sin miramientos los intereses propios de su colectivo, a los de una Nación, que necesita con urgencia un cambio en el fondo y en las formas de un Sistema, hecho jirones por la desvergüenza generalizada de los que, teóricamente, debieran ser los capitanes de todas las batallas que quedan por librar, para devolverle su dignidad, a este pueblo.
Parecía, cuando votamos en las últimas elecciones,  que todos estábamos de acuerdo en que era imposible prolongar el mandato del PP, por múltiples y variadas razones que hemos tratado por activa y pasiva muchas veces y que habría de ser la izquierda la que llevara a cabo este cambio, pues cualquier Formación amante de la ideología liberal, habría de significar un indeseable continuismo, que en nada convenía, si verdaderamente deseábamos salir del pozo negro en que nos hallamos inmersos, hasta las cejas.
Por eso, resulta incomprensible la posición adoptada por el PSOE, con este Pedro Sánchez, cuestionado e inestable incluso para los suyos, a la cabeza, cuando pudiendo conseguir un acuerdo que le llevara directamente a Moncloa, decidió pactar con un Partido, cercano en sus planteamientos al PP, cuyos diputados, por razones numéricas, resultaban ser del todo insuficientes para conseguir un Gobierno y vetando además, desde el principio y así lo ha filtrado algún miembro de su Comité Federal, cualquier posibilidad de acuerdo con Podemos, que era quién le podía proporcionar una victoria segura.
Puede que para los socialistas, el hecho de haber representado esta burda pantomima de citas infructuosas, sea un intento de hacer creer a los votantes que no escatiman en esfuerzos, pero la jugada  malintencionada de dudar de la inteligencia de los ciudadanos, mientras los hechos van demostrando, a medida que pasan los días, la verdadera naturaleza de su estrategia, no puede sino generar, incluso en aquellos que les son fieles perpetuamente, un rechazo inmediato, pues a nadie le agrada que se cuestione su capacidad de razonar y menos ahora, que nos hemos acostumbrado  a ir por delante de lo que piensan los Partidos, sobre todo, cuando nos mienten.
Debió  Pedro Sánchez, desde el principio, decirnos la verdad, aunque hubiera tenido que dimitir de su cargo y poner a disposición de ese Comité Federal que le obligaba a pactar con quiénes nada le reportarían, la patata caliente que le lanzaban Susana Díaz y los que pensaban como ella, demostrando así, que la honestidad, ha de ser puesta por encima de la propia ambición y más aún, si el empecinamiento en mantenerse en la cima, no proporciona más que un fracaso seguro y un desprestigio personal, del que seguramente, no volverá a recuperarse.
El teatro representado por el líder socialista, su empecinamiento en culpar a Iglesias de un desacuerdo que le fue impuesto a puerta cerrada por su propio Partido, no puede ni debe además, sino acarrearle una pérdida masiva de unos votos que no merece, primero, por manipular la verdad de cara a la ciudadanía y después, porque no merece ser Presidente de la Nación, quién se somete dócilmente a mandatos con los que no parece estar de acuerdo, con la única pretensión de mantenerse, al precio que sea, en un poder, que se antoja para él, inevitablemente efímero.
Perder la oportunidad de liderar ese Gobierno de Progreso que deseaban los ciudadanos, caer al final, desterrado por una Susana Díaz que espera agazapada su momento de saltar a la política nacional, con la aspiración de ser ella misma Presidenta y haber firmado un pacto que le perseguirá para siempre, como la única cosa que hizo, mientras duró su tiempo de gloria, supone para Sánchez, ser considerado como un títere sin opinión, permanentemente expuesto a los vaivenes que provocan bajo sus pies sus adversarios y su propio Partido.
Su gravísimo error, sin duda, traerá consecuencias y si como parece, la coalición de Podemos e IU, consiguen sobrepasar al PSOE, en las próximas elecciones, su paso por la política se habrá convertido en uno de los episodios más negros, que se recuerdan en el socialismo español.
Solo el milagro de que considerara en el último momento llegar a un acuerdo por la izquierda, podría remediar tal hecatombe. Para nosotros, también sería un alivio.


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