Fracasados todos los intentos de negociación, fueren o no
sinceras las intenciones de quiénes los protagonizaron, va tomando cuerpo la
idea de que tendremos que ir a nuevas elecciones, dando al traste con todas las
esperanzas que tuvimos los ciudadanos, cuando conocimos los resultados del
pasado veinte de Diciembre.
Sumidos en una imparable ola de corrupción, la gente de a
pie, los que no entendemos el encarnizamiento de las luchas por el poder, ni
las puñaladas por la espalda que se propinan, entre compañeros, los cargos de
los Partidos, estamos y hay que decirlo, infinitamente decepcionados con la
ineptitud de una clase política, que antepone sin miramientos los intereses
propios de su colectivo, a los de una Nación, que necesita con urgencia un
cambio en el fondo y en las formas de un Sistema, hecho jirones por la
desvergüenza generalizada de los que, teóricamente, debieran ser los capitanes
de todas las batallas que quedan por librar, para devolverle su dignidad, a
este pueblo.
Parecía, cuando votamos en las últimas elecciones, que todos estábamos de acuerdo en que era
imposible prolongar el mandato del PP, por múltiples y variadas razones que hemos
tratado por activa y pasiva muchas veces y que habría de ser la izquierda la
que llevara a cabo este cambio, pues cualquier Formación amante de la ideología
liberal, habría de significar un indeseable continuismo, que en nada convenía,
si verdaderamente deseábamos salir del pozo negro en que nos hallamos inmersos,
hasta las cejas.
Por eso, resulta incomprensible la posición adoptada por el
PSOE, con este Pedro Sánchez, cuestionado e inestable incluso para los suyos, a
la cabeza, cuando pudiendo conseguir un acuerdo que le llevara directamente a
Moncloa, decidió pactar con un Partido, cercano en sus planteamientos al PP,
cuyos diputados, por razones numéricas, resultaban ser del todo insuficientes
para conseguir un Gobierno y vetando además, desde el principio y así lo ha
filtrado algún miembro de su Comité Federal, cualquier posibilidad de acuerdo
con Podemos, que era quién le podía proporcionar una victoria segura.
Puede que para los socialistas, el hecho de haber
representado esta burda pantomima de citas infructuosas, sea un intento de
hacer creer a los votantes que no escatiman en esfuerzos, pero la jugada malintencionada de dudar de la inteligencia
de los ciudadanos, mientras los hechos van demostrando, a medida que pasan los
días, la verdadera naturaleza de su estrategia, no puede sino generar, incluso
en aquellos que les son fieles perpetuamente, un rechazo inmediato, pues a nadie
le agrada que se cuestione su capacidad de razonar y menos ahora, que nos hemos
acostumbrado a ir por delante de lo que
piensan los Partidos, sobre todo, cuando nos mienten.
Debió Pedro Sánchez,
desde el principio, decirnos la verdad, aunque hubiera tenido que dimitir de su
cargo y poner a disposición de ese Comité Federal que le obligaba a pactar con
quiénes nada le reportarían, la patata caliente que le lanzaban Susana Díaz y
los que pensaban como ella, demostrando así, que la honestidad, ha de ser
puesta por encima de la propia ambición y más aún, si el empecinamiento en
mantenerse en la cima, no proporciona más que un fracaso seguro y un
desprestigio personal, del que seguramente, no volverá a recuperarse.
El teatro representado por el líder socialista, su
empecinamiento en culpar a Iglesias de un desacuerdo que le fue impuesto a
puerta cerrada por su propio Partido, no puede ni debe además, sino acarrearle
una pérdida masiva de unos votos que no merece, primero, por manipular la
verdad de cara a la ciudadanía y después, porque no merece ser Presidente de la
Nación, quién se somete dócilmente a mandatos con los que no parece estar de
acuerdo, con la única pretensión de mantenerse, al precio que sea, en un poder,
que se antoja para él, inevitablemente efímero.
Perder la oportunidad de liderar ese Gobierno de Progreso que
deseaban los ciudadanos, caer al final, desterrado por una Susana Díaz que
espera agazapada su momento de saltar a la política nacional, con la aspiración
de ser ella misma Presidenta y haber firmado un pacto que le perseguirá para
siempre, como la única cosa que hizo, mientras duró su tiempo de gloria, supone
para Sánchez, ser considerado como un títere sin opinión, permanentemente expuesto
a los vaivenes que provocan bajo sus pies sus adversarios y su propio Partido.
Su gravísimo error, sin duda, traerá consecuencias y si como
parece, la coalición de Podemos e IU, consiguen sobrepasar al PSOE, en las
próximas elecciones, su paso por la política se habrá convertido en uno de los
episodios más negros, que se recuerdan en el socialismo español.
Solo el milagro de que considerara en el último momento
llegar a un acuerdo por la izquierda, podría remediar tal hecatombe. Para
nosotros, también sería un alivio.

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