Si como todo indica, se vuelven a convocar elecciones y los
ciudadanos nos vemos obligados a elegir nuevamente representantes en el
Parlamento, debiera primar la intención de conseguir encontrar, entre esta
espesa maraña de corrupción que nos envuelve, una serie de políticos honrados
que careciendo de un pasado que les relacione con algún posible delito fiscal,
nos ofrezcan cierta seguridad de que manejarán los fondos del Estado, sin el
ánimo de enriquecerse a través de ellos, sino emplearlos exactamente en
aquellos fines a los que debieran ir destinados y que supongan una serie de
mejoras tangibles, para el conjunto de la ciudadanía.
Esta tarea, que en principio debiera ser fácil, puesto que
habría que suponer que todos aquellos que se presentan como candidatos habrían
de estar plena mente comprometidos con defender la más absoluta transparencia,
no va a resultar para nosotros, a la vista de los acontecimientos que hemos
conocido en los últimos tiempos, precisamente un camino de rosas y sin embargo,
es la pieza que puede inclinar la balanza a favor de un determinado Partido,
pues es urgente una regeneración total de una clase política, definitivamente
denigrada por el comportamiento generalizado de un incalculable número de sus miembros,
que cuando no aparecen en los papeles de Panamá, son, reiteradamente imputados
por los jueces en asuntos de prevaricación, blanqueo de capitales o evasión de
impuestos, como si estos hechos delictivos fueran inherentes a los cargos que
ocupan y ser político conllevara obtener necesariamente un enriquecimiento
personal, casi siempre procedente de los impuestos que pagamos religiosamente,
el resto de los españoles.
Esto de la corrupción, que viene de atrás, aunque nunca se
hayan destapado tantos casos como en estos momentos, ni se haya imputado a
tantos altos cargos, fundamentalmente procedentes de los grandes Partidos, que
han gobernado en alternancia desde la misma llegada de la democracia, ha de
terminar de manera tajante, y sin perdón para ninguno de los personajes
descubiertos, pues la situación actual del País no sería tal, si de facto se
hubiera podido contar con los fondos que desviados hacia otros menesteres por
personas muy concretas y cuya cuantía hubiera podido evitar muchas de las cosas
terribles que nos han ocurrido, por falta de liquidez, en los años de crisis.
El problema es que la confianza está totalmente perdida de
modo casi irrecuperable y que los ciudadanos ni siquiera se atreven realmente,
cuando van a votar, a apostar con firmeza por casi ninguna de las opciones que
se les presentan como probables, sobre todo cuando comprueban con desolación
que suelen incluirse en las listas
algunos imputados o personajes sobre los que recaen sospechas directas, sin que
sus Partidos hagan nada por apartarlos de las labores políticas, como sería de
rigor, si verdaderamente fuera su voluntad, derrotar a este tipo de
delincuentes.
A juzgar por la gravedad de los casos conocidos y haciendo un
examen minucioso de conciencia, sólo se podría otorgar el voto y por tanto una
cierta confianza, a los que proceden de las Nuevas Formaciones que acaban de
aterrizar en el marco político, como Ciudadanos o Podemos, aunque algunos ya
han empezado a decir, maliciosamente, que su limpieza tiene que ver con el
hecho de que no les ha dado tiempo a ponerse en contacto con los capitales,
pero que con el tiempo acabarán por contaminarse también, en la misma medida
que sus predecesores.
Pero de cara al reto electoral, concluirán conmigo, si no
quieren ser cómplices de estos ladrones de guante blanco ubicados en los
Partidos tradicionales, de forma casi permanente, que las opciones quedan tan
mermadas, que no queda otro remedio que arriesgar, votando por aquellos que a
día de hoy, permanecen impolutos en el fondo y en las formas y que además,
prometen para los asuntos relacionados con la corrupción, contundencia.
Porque sean o no en el futuro un ejemplo de honradez, al
menos no son responsables de los agujero que han dejado en las Instituciones
sus antecesores en los cargos, ni posesores de grandes fortunas con las que
negociar en sociedades offshore, ni a su nombre ni al de sus allegados, pues de
momento no cuentan, más que con el montante correspondiente a sus sueldos.
Naturalmente, no seré yo quien condicione la libertad de voto
de los ciudadanos, ni quien abomine de aquellos que no coincidan con un
determinado pensamiento, pero los hechos, las acciones de una auténtica
multitud de estos personajes que han venido haciendo de la política una
profesión con la que aumentar considerablemente y sin pudor alguno, la cuantía
de sus bienes personales, no puede por menos que hacernos reflexionar sobre a
quiénes estamos eligiendo para que lleven los asuntos de esta Nación, a la que
todos pertenecemos, pensemos como pensemos y creamos en lo que creamos.
Es éste, el momento de meditar muy bien si estaríamos
dispuestos a permitir, tolerar y potenciar un continuismo de estas políticas,
que han convertido en rutinaria la impunidad para los delincuentes fiscales, o
si nuestro deseo es que se cercenen de raíz y sin vuelta atrás, todas estas
prácticas imperdonables que han sumido a la clase política en general, en un
pozo negro del que le va a resultar muy difícil salir, para recuperar al menos,
el prestigio que ahora le falta.
Mirar con lupa, escudriñar en las listas que se nos
presenten, analizar los nombres que en ellas aparecen, uno por uno y verificar
su honradez, antes de depositar el voto en la urna, ha de ser una obligación
inaplazable, que todos deberíamos cumplir, para después tener el derecho de
protestar con razón, si las cosas se tuercen, porque al menos, no habremos
colaborado en hacer posible que entre nuestros futuros parlamentarios, se
sienten presuntos delincuentes.

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