domingo, 17 de abril de 2016

Eternamente ausentes


El reiterado incumplimiento de la Ley de Memoria Histórica, desde que Mariano Rajoy llegara al poder, está contribuyendo a que muchos de los descendientes de aquellos que fueron represaliados por el régimen de Franco, durante y después de la guerra civil, no hayan podido todavía, aun habiendo pasado casi setenta años, recuperar los restos mortales de sus allegados, que se encuentran en fosas comunes que salpican toda la geografía del país y cuya apertura ha sido negada en multitud de ocasiones por  cargos del Partido Popular, bajo el argumento de que conviene cerrar las heridas que generó aquel conflicto entre hermanos, que ciertamente, no debió suceder nunca.
Pero enterrar el pasado no puede ni debe resultar nada fácil para tres o cuatro generaciones de españoles, a los que a pesar del mucho tiempo transcurrido, no se ha permitido enterrar dignamente a sus muertos y que todavía hoy, continúan sin encontrar respuesta a las preguntas que empezaron a hacerse sus antepasados, cuando sus padres, hermanos, amigos o familiares más lejanos, les fueron arrebatados, para ser pasados después por las armas, sin  otro motivo que su disidencia política con quiénes atacaron al poder democráticamente  constituido, para establecer una durísima dictadura, que duró más de cuarenta años.
Muchos de aquellos familiares directos, de aquellos hijos que se vieron después desprovistos también de sus derechos, a causa de la represión ejercida contra ellos durante una buena parte de sus vidas, murieron y sus herederos, que en casi todos los casos conocieron la llegada de la Democracia, como una solución que terminaría con los años de oscuridad y silencio que a los suyos les había tocado sufrir, albergaron entonces la esperanza de que con las nuevas leyes aprobadas por el Parlamento español, podrían por fin, reclamar justicia para sus muertos y sobre todo, cerrar los capítulos de una desgraciada historia que no sólo había segado la vida a los que fueron arrojados  a las cunetas, sino que también, había sepultado cualquier recuerdo que de ellos pudiera quedar, prohibiendo incluso que se les volviera a nombrar, en público o en privado, por temor a las consecuencias.
Algunos de aquellos nietos, que ya peinamos canas en la actualidad y que hemos visto cómo se marchaban nuestros padres, sin haber podido cumplir el sueño de reunirse de algún modo con los que fueron los suyos, dejándonos el legado de no permitir que se silenciara para siempre su recuerdo, hemos cumplido ya sesenta años y empezamos a temer que tampoco nosotros podremos taponar una herida, que por su dimensión, resulta imposible cerrar y que seguramente, pasaremos a nuestros hijos, sin que a los políticos que rigen nuestros destinos parezca preocuparles los daños provocados en una buena parte de una Sociedad, a la que teóricamente, representan.
 Pasar página ha de ser necesariamente sencillo para quiénes procediendo del bando ganador, pudieron dar sepultura a sus muertos, a los que dedicaron monumentos conmemorativos a todo lo largo del país y para cuyos familiares directos, se encargaron de habilitar recursos económicos, con los que poder sacar adelante a sus descendientes y hasta viviendas de renta baja en las que poder asentarse el resto de sus vidas, y que después se revalorizaron con el tiempo, produciéndoles jugosos beneficios.
En cambio para los familiares de los perdedores, reclamar justicia para los suyos se ha convertido en una cuestión de honor que no pueden permitirse perder, pues esa igualdad entre todos que se refleja en la Constitución, como uno de los artículos fundamentales, con ellos, ni se cumple, ni tiene visos de llegar a cumplirse, a juzgar por los casos que aún se encuentran sin resolver y de las impresionantes historias personales que aparecen casi a diario en los medios y que son el ejemplo viviente de cómo una multitud de aquellos  represaliados políticos, se están convirtiendo en eternos ausentes.
Que haya medios económicos para financiar  lujosas campañas electorales en las que reclamar el voto de los ciudadanos, mientras se niega la posibilidad de que se abran las fosas que aún quedan en nuestras carreteras y que constituyen uno de los capítulos más negros de nuestra historia, supone uno de los mayores agravios que puede infringirse  contra la memoria colectiva de nuestro país, que jamás podrá recuperarse de los daños psicológicos que acarrearon y acarrean aún, aquellos desastrosos años de oscuridad y desprecio.
Para el que quiera mirar, se encuentran en la red numerosos testimonios directos de familiares de represaliados que aún esperan el momento de recuperar a los suyos y otros, que muestran la indescriptible emoción que experimentan estas personas, cuando al pie de las fosas abiertas, los antropólogos se topan con algún hueso, que pudiera o no corresponder, con aquel a quién han buscado tanto tiempo.
Parte el alma, ver a personas de elevadísima edad, llorar sin consuelo por haber tenido la suerte de no morir sin cumplir este sueño y no se entiende, que setenta años después, todavía haya quiénes pretendan exigirles que olviden su dolor, como si el recuerdo que han conservado de los suyos, durante toda la vida y su afán por dignificar lo que fueron, se pudiera enterrar, también, bajo las tapias de los cementerios y en las cunetas, para no recuperarlo nunca.


  

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