La magnitud de la información obtenida por el Consorcio
internacional de periodistas de investigación resulta ser de tal calado, que
convierte la corrupción en algo más que un delito que se atreven a cometer
ciertos políticos sin escrúpulos, mientras ocupan cargos de relevancia en sus
respectivos países, transformándola en una especie de práctica generalizada
entre todos aquellos que disfrutando de una posición económica privilegiada, se
dejan llevar por un desenfrenado deseo de posesión, sin que les importe
traspasar la línea de la Ley, ni conservar la dignidad que para todo ser
humano, ha de ser necesariamente, un valor al que no se debe renunciar.
Que aparezcan mezclados en el mismo saco, Presidentes de
gobierno de varios países, deportistas escandalosamente ricos, cineastas de
fama internacionalmente reconocida, gente procedente de la nobleza o de
familias renombradas que siempre gozaron de una posición envidiable para
cualquiera de nosotros o un Premio Nobel, como Mario Vargas Llosa, cuyo nombre
hemos conocido hoy, demuestra que la avaricia ha de ser seguramente, una
enfermedad corrosiva, que invade inevitablemente a todos aquellos que tienen la
fortuna de pertenecer a la élite mundial de la economía y que aquellos que
nunca abandonan la legalidad, cumpliendo estrictamente con sus obligaciones
fiscales, son la gloriosa excepción que confirma esta repugnante regla.
Que mientras estos delincuentes de chaqueta y corbata se
dediquen a maquinar el modo de defraudar al fisco de sus respectivos países,
los ciudadanos de a pie sigamos cumpliendo escrupulosamente con nuestras
obligaciones con la Hacienda pública, en estos tiempos que corren y con los
sacrificios que se nos han exigido pagar y que nos han costado en muchos casos,
tener que renunciar a disfrutar de un modo de vida digno, constituye en el
fondo y en la forma, un argumento que confirma que la explotación de las clases
humildes no sólo se produce ya en el ámbito laboral, sino también y de manera
considerable, a través de la parte que los ciudadanos pagamos para contribuir a
un bien común, que sin embargo, sólo parece favorecer a estos malditos
delincuentes.
Qué han hecho los Gobiernos de las naciones para exterminar
estas prácticas deleznables, es ahora la pregunta que todos nos estamos
haciendo, ya que parece imposible que haya tenido que ser la investigación de
un Consorcio de periodistas quien haya levantado esta monumental tormenta informativa
y que el descubrimiento parezca pillar por sorpresa a las autoridades de los
países a los que pertenecen los implicados en el caso y muy fundamentalmente, a
los Ministerios de Hacienda, cuya
función principal ha de ser, necesariamente, mirar por el cumplimiento estricto
de las Leyes.
Que en este mundo globalizado, se continúe permitiendo la
existencia de paraísos fiscales, sin que se haya logrado un acuerdo
internacional que los erradique para siempre del planeta, mientras casi a
diario se pactan medidas que esclavizan las economías de determinados países,
como podría ser el caso de Grecia, no sólo llama poderosamente la atención de
los que nunca hemos traspasado la ley en nuestra declaración de la renta, sino
que produce, en sí mismo, una irrefrenable indignación, quizá por considerar
que hoy día ser legal, parece ser un sinónimo de ser idiota.
A todos nos encantaría saber qué va a ocurrir con estos
personajes, cuando la lista se complete y si se va aplicar, en todos y cada uno
de los casos, toda la contundencia de la Ley contra ellos, o por el contrario,
se optará de nuevo por habilitar una nueva Amnistía fiscal, tácitamente o no,
que dé la oportunidad de regularizar su situación a quiénes, desde luego, no lo
merecen.
Ahora nos enteramos también, que al mismo tiempo que
desahuciaban a miles de familias de sus viviendas, determinados Bancos habilitaban
las vías necesarias para que estos ilustres delincuentes pudieran crear sus
empresas offshore, lejos de la vigilancia de las autoridades pertinentes.
Curiosa paradoja, la de intentar hacernos creer que todos
somos iguales ante la Ley, cuando el dios capital está por medio.

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