Con todos los pesos pesados de lo que ha sido el PP, casi
desde que era Alianza Popular, imputados en casos de corrupción que
conseguirían avergonzar hasta al más inmoral de los mortales y una desesperada
situación económica y social instalada en el corazón de todos los españoles,
Mariano Rajoy continúa impertérrito ocupando un cargo para el que fue elegido,
ciertamente por una mayoría absoluta, pero desde el que se ha comportado de
manera tiránica y despiadada, cerrando sistemáticamente los ojos a lo que
ocurre a su alrededor y tratando de ocultar reiteradamente la sórdida manera de
comportarse de una gran parte de sus más estrechos colaboradores.
Portando un cetro que parece otorgarle bula para hacer y
deshacer, incluso contra la expresa voluntad de su pueblo y acomodado a un
trono ocupado con una estafa electoral en la que embaucó a los ciudadanos con
un programa absolutamente incumplido, el
peor Presidente de la historia de la Democracia, mira pasar lánguidamente los
terribles acontecimientos que ocurren a su alrededor, como si viviera una
realidad diferente a la que no sé aún cómo soportamos el resto de los
españoles.
Incomprensiblemente despreocupado, no sólo por el destino de
las familias que conforman su tan cacareada Patria, sino también por la
podredumbre que corroe fulminantemente la formación que preside, parece pensar
que el paso del tiempo acabará por subsanar por arte de magia todos los
gravísimos problemas que nos acucian y a lo único que da importancia es a
diseñar estrategias para volver a seducir
al electorado, con falsas presunciones de que todo va bien y de la más que
cuestionable honradez de los sórdidos personajes que le rodean.
Apoyado en una estrategia de culpabilizar sine die al
ejecutivo anterior de cuántos males acucian a España, da la impresión de
albergar la absurda creencia de que los ciudadanos de este país permanecen
anclados a la ignorancia propia de los años treinta, pretendiendo zafarse de
una responsabilidad de gobierno que desde Noviembre de 2011, sólo a él
corresponde y de la que deberá responder, le guste o no, más tarde o más
temprano, ante la Historia y ante los españoles.
Ayer, sin ir más
lejos, alguna cadena de televisión ofrecía una foto, en la que se podía ver a
Rajoy, durante la época en que fue Ministro de Áznar, posando ante las puertas
de la Moncloa, en compañía de Rato, Matas, Álvarez Cascos, Aceves, Zaplana y
algún otro, todos ellos ahora imputados en casos de corrupción, aunque entonces
formaban el grueso de un gobierno.
Curiosamente, sólo Aznar y el que hoy es nuestro Presidente
de Gobierno, se encuentran, a día de hoy, libres de procesos judiciales, aunque
en honor a la verdad no se puede ignorar, que también sobre ellos ha
sobrevolado en los últimos tiempos, una enorme sombra de sospecha.
Y sin embargo, este monumental cesto de manzanas podridas, la
falta de ética demostrada por sus acciones en contra de los intereses de todos
los españoles y el carácter fraudulento de su discurso y la presunción de
decencia que se han venido adjudicando y que choca frontalmente con la durísima
realidad de sus oscuras historias personales, no parecen ser suficientes para
que quien se erige a sí mismo como garante del bienestar de los ciudadanos,
castigue con dureza a los delincuentes, al menos, expulsándoles fulminantemente
del seno de su Partido y exigiendo, además, que el peso de la ley, caiga sobre
ellos, inexorablemente.
Tampoco basta, ni siquiera para hacer una tibia autocrítica,
tener en contra a toda la sociedad, como se ha demostrado por las innumerables
protestas que todos los colectivos han protagonizado en la calle, ni la
indignación ya casi insoportable que los ciudadanos demuestran hacia su
terquedad en basar su gestión política en recortar derechos, sueldos y
prestaciones, ni bastan las cifras del paro, ni la pobreza infantil, ni la
precariedad del mundo laboral, ni la vergüenza de estar rodeado de corruptos,
ni la crisis del ébola, para ofrecer ningún tipo de explicación de cómo se ha
llegado a esta situación, ni de cómo se ha permitido, desde el poder, tamaño
desacierto.
Por mucho menos, hace años, Aznar clamó en el hemiciclo
contra el entonces Presidente, poniendo de moda la frase de “Váyase señor
González”, que todos los que somos mayores recordamos.
Cotejando los datos de entonces con los de hoy y recurriendo
a un ejercicio de memoria para comparar la situación general del país, entonces
y ahora, no puede por menos que asaltarnos un sentimiento de angustia al
contemplar cómo hemos cambiado para peor y sin que nadie haya asumido hasta este
momento, ninguna responsabilidad por tan considerable retroceso.
Habría que rogar pues a Rajoy, que aunque sólo fuera por la
necesidad que todo ser humano tiene de conservar un mínimo de dignidad,
recurriera al hábito propuesto ahora por los psicólogos de sentarse un rato a
pensar, en lo que ha representado y representa en la actualidad, su paso como
responsable máximo por la política española.
A los ciudadanos, que tenemos claro que no hemos tenido un
Presidente peor, ni siquiera nos hace falta este ejercicio para asumir que la
frase que acuñara su compañero de Partido durante la etapa de González, resulta
hoy perfectamente aplicable a quien nos gobierna.
Quizá por eso, la gritamos por todas las esquinas de las
ciudades y no tenemos ningún reparo en repetirla hoy aquí: Váyase señor Rajoy.
Su Partido y usted, son una vergüenza para todos nosotros.

No hay comentarios:
Publicar un comentario