jueves, 2 de octubre de 2014

La otra cara de Bankia


Descubrir que mientras nuestra población infantil pasaba hambre, los directivos de Caja Madrid, con Blesa a la cabeza, despilfarraban más de quince millones de euros, en una vida de lujos y diversión que probablemente llevó a la caída de la entidad que precisó de un rescate de cuarenta mil millones, no puede, sino contribuir a que los niveles de indignación de los españoles sobrepasen todos los límites conocidos y a que  se extienda la opinión de que en este país, no existe la justicia.
Porque si verdaderamente la ley amparara a los ciudadanos, en el mismo minuto en que salió a la luz la noticia, los directivos de Caja Madrid debieran haber sido detenidos y puestos a disposición judicial, al menos hasta que no reintegraran entre todos, la escandalosa cantidad que invirtieron en un disfrute personal, intolerable en la época que todos los demás padecemos.
Teniendo en cuenta que veinte mil españoles más han entrado a formar parte del club de los desempleados este mes de Septiembre, tal como predijimos que pasaría, contradiciendo la euforia que muestra el PP en todas sus apariciones ante los medios, los más de quince millones malgastados por estos impresentables vestidos con trajes de Armani, bien podrían ayudar a remediar la espantosa situación en que viven  un sinfín de familias, por ejemplo, incrementando la bolsa que proporciona cuatrocientos ochenta euros a los parados de larga duración, cuya cifra empieza a ser escandalosa.
Pero nuestros gobernantes parecen mucho más preocupados en  el día de hoy en sentar a Cañete en un buen sillón europeo, a pesar de su vergonzosa actuación de ayer y su mutis ante las preguntas que se le hicieron sobre la relación de su familia y su cuñado, en particular, con compañías petroleras que contribuyen con sus emisiones a empeorar el medio ambiente que, de ser nombrado, tendría como misión defender.
Es como si los casos de corrupción fueran aceptados por la cúpula dirigente como algo natural, con lo que debemos forzosamente acostumbrarnos a convivir y que debemos aprender a tolerar, sin siquiera tener derecho a la protesta.
El país se desangra, mientras una lista interminable de corruptos se mueven en cargos públicos o entidades bancarias, cuya rescate está costando a los españoles el pago de una deuda de la que no somos responsables y la tibieza de una justicia degradada por sus propias acciones, consiente que los delincuentes permanezcan en libertad y sin devolver un solo euro de lo que nos robaron a todos.
¿De qué cantidad estamos hablando? Nunca lo sabremos, pero seguro que sería suficiente y aún sobraría para quedar libres del todo de la deuda que nos aflige y que las penurias que padecen las familias podrían ser paliadas en su totalidad, si con mano de hierro, el sistema judicial recaudara hasta el último euro que se ha esfumado de las arcas públicas y que ahora se encuentra, con toda seguridad, engrosando los bienes de los corruptos, en esos paraísos fiscales a los que no se intenta siquiera acceder, quizá porque a más de uno no interesa.
Luego, se extrañan que la gente salga a la calle a la desesperada y de que se practiquen escraches ante los domicilios particulares de políticos de dudosa o nula accesibilidad, reclamando en casi todos los casos, al menos una explicación de por qué no se atajan determinados problemas sociales, cuando la solución es fácil.
Recuperar los capitales procedentes de la corrupción ha de ser, necesariamente, una prioridad para el gobierno y la única reforma fiscal que debiera ser aprobada con carácter de urgencia.
Quizá así, la presunción de que las cosas empezaban a irnos mejor, podría convencer a la ciudadanía, sobre todo si el montante recaudado fuera empleado en su totalidad, en una creación de empleo que devolviera la dignidad a muchas de nuestras masacradas familias.









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