La disparatada gestión que se ha hecho en el caso de la
enfermera contagiada de ébola sigue creciendo y la lista de garrafales errores
aumenta por momentos, cada vez que se
profundiza un poco en la manera de tratar esta gravísima enfermedad, que han
llevado a cabo los organismos oficiales.
Además de la incontestable carencia de medios que teníamos
para llevar a cabo el traslado de los dos misioneros, la ligereza con que se
han tomado el tema los encargados de custodiar el bienestar de las personas que
habían estado en contacto con los enfermos, está dejando atónita a toda una
comunidad científica, que no puede explicar la absoluta inoperancia con que se
ha afrontado esta crisis, ni la desinformación que han sufrido, el personal
sanitario y los ciudadanos.
Las explicaciones ofrecidas por todos los altos cargos que
han venido compareciendo ante los medios, incluido Rajoy y la Ministra, han
resultado ser del todo insuficientes y a estas horas, aún quedan muchas personas
que pudieron tener contacto con la enfermera a las que no se ha encontrado aún
y que caminan por las calles, sin que se
les haya hecho la prueba necesaria, para determinar si podrían estar
contagiadas.
Que el conductor de la ambulancia cuente que después de
trasladar a la infectada, hizo otros siete servicios, sin que el vehículo
hubiera sido esterilizado previamente, viene a sumarse a los otros muchos
errores que se han venido encadenando estos días y que no tienen más remedio
que causar alarma en una población, absolutamente desconfiada de la manera de
gestionar el problema que están teniendo los responsables políticos.
Los vecinos de la enfermera, que aún esperaban ayer , a última
hora de la tarde, una desinfección profunda de las zonas comunes que, sin
saberlo, han compartido con la enferma, no pueden por menos que sufrir un brote
de indignación, ante la inexcusable lentitud en aplicar un protocolo establecido, que debiera haberse puesto en
marcha con carácter de urgencia.
Pero se ha empezado la casa por la ventana y la primera
acción que se ha emprendido ha sido la de sacrificar al perro que convivía con
la pareja, sin haber determinado siquiera si tenía síntomas de padecer contagio
y sin que se haya establecido si estos animales, son o no, posibles trasmisores
del virus que nos ocupa.
Entretanto, el médico que atendió a la enfermera en el
Hospital de Alcorcón y que confiesa que el traje que usó para su reconocimiento
no cumplía con las normas establecidas, ha tenido que personarse en el Carlos
III, para pedir voluntariamente su ingreso, exigiendo ser sometido al test que
podría concluir si está o no, infectado de ébola.
Esta suerte de catastróficas desdichas no ha supuesto, sin
embargo, la caída de ninguno de los auténticos responsables del contagio y
todos ellos continúan ejerciendo unas funciones para las que se ha demostrado
su inoperancia, poniendo de esta manera en riesgo el futuro de un nutrido grupo
de población, a la que ni siquiera se ha citado para un estudio de choque, como
sería lo lógico en el caso.
Ni los responsables de la Comunidad de Madrid, que han
acusado directamente a la enfermera de mentir sobre su estado de salud, ni la
desaparecida Ana Mato, ni por supuesto el Presidente Rajoy, que se ha marchado
a Milán, alejándose del foco de las críticas, han asumido en absoluto la
terrible equivocación, como si la culpabilidad de los hechos nada tuviera que
ver con ellos y toda la responsabilidad del contagio fuera, exclusivamente, de
la enferma.
En cualquier otro país, la cadena de dimisiones inmediatas
hubiera sido un hecho, ya que la gravedad de los hechos supera, con mucho, los
límites del decoro y de la honestidad, de cualquier político que se precie.
Pero aquí, en esta España que está volviendo a la opacidad
que ya sufrimos en los años cuarenta, llegar a ostentar un cargo de
responsabilidad, supone un seguro vitalicio, independientemente del modo en que
se cumplan las funciones para las que se ha sido elegido.
Atados de pies y manos, por los cuatro años de duración de
cada legislatura, los ciudadanos se
encuentran totalmente inermes para poder exigir legalmente la dimisión
de nadie y han de soportar, pacientemente, que vuelva a llegar la oportunidad
de aplicar un castigo, a través de las urnas.
Y aunque la indignación con la gestión del ébola no puede ser
mayor, mucho me temo que no hay ninguna posibilidad de conseguir que nadie
abandone su posición de privilegio, aunque hayamos sido nosotros, con nuestros
votos, quienes les colocamos en ella y los que ahora desearíamos que se
marcharan, para no volver nunca, después de conocer lo rematadamente mal que lo
han hecho.

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