jueves, 9 de octubre de 2014

Errores en cadena


La disparatada gestión que se ha hecho en el caso de la enfermera contagiada de ébola sigue creciendo y la lista de garrafales errores aumenta por  momentos, cada vez que se profundiza un poco en la manera de tratar esta gravísima enfermedad, que han llevado a cabo los organismos oficiales.
Además de la incontestable carencia de medios que teníamos para llevar a cabo el traslado de los dos misioneros, la ligereza con que se han tomado el tema los encargados de custodiar el bienestar de las personas que habían estado en contacto con los enfermos, está dejando atónita a toda una comunidad científica, que no puede explicar la absoluta inoperancia con que se ha afrontado esta crisis, ni la desinformación que han sufrido, el personal sanitario y los ciudadanos.
Las explicaciones ofrecidas por todos los altos cargos que han venido compareciendo ante los medios, incluido Rajoy y la Ministra, han resultado ser del todo insuficientes y a estas horas, aún quedan muchas personas que pudieron tener contacto con la enfermera a las que no se ha encontrado aún y que caminan por las calles, sin  que se les haya hecho la prueba necesaria, para determinar si podrían estar contagiadas.
Que el conductor de la ambulancia cuente que después de trasladar a la infectada, hizo otros siete servicios, sin que el vehículo hubiera sido esterilizado previamente, viene a sumarse a los otros muchos errores que se han venido encadenando estos días y que no tienen más remedio que causar alarma en una población, absolutamente desconfiada de la manera de gestionar el problema que están teniendo los responsables políticos.
Los vecinos de la enfermera, que aún esperaban ayer , a última hora de la tarde, una desinfección profunda de las zonas comunes que, sin saberlo, han compartido con la enferma, no pueden por menos que sufrir un brote de indignación, ante la inexcusable lentitud en aplicar un protocolo  establecido, que debiera haberse puesto en marcha con carácter de urgencia.
Pero se ha empezado la casa por la ventana y la primera acción que se ha emprendido ha sido la de sacrificar al perro que convivía con la pareja, sin haber determinado siquiera si tenía síntomas de padecer contagio y sin que se haya establecido si estos animales, son o no, posibles trasmisores del virus que nos ocupa.
Entretanto, el médico que atendió a la enfermera en el Hospital de Alcorcón y que confiesa que el traje que usó para su reconocimiento no cumplía con las normas establecidas, ha tenido que personarse en el Carlos III, para pedir voluntariamente su ingreso, exigiendo ser sometido al test que podría concluir si está o no, infectado de ébola.
Esta suerte de catastróficas desdichas no ha supuesto, sin embargo, la caída de ninguno de los auténticos responsables del contagio y todos ellos continúan ejerciendo unas funciones para las que se ha demostrado su inoperancia, poniendo de esta manera en riesgo el futuro de un nutrido grupo de población, a la que ni siquiera se ha citado para un estudio de choque, como sería lo lógico en el caso.
Ni los responsables de la Comunidad de Madrid, que han acusado directamente a la enfermera de mentir sobre su estado de salud, ni la desaparecida Ana Mato, ni por supuesto el Presidente Rajoy, que se ha marchado a Milán, alejándose del foco de las críticas, han asumido en absoluto la terrible equivocación, como si la culpabilidad de los hechos nada tuviera que ver con ellos y toda la responsabilidad del contagio fuera, exclusivamente, de la enferma.
En cualquier otro país, la cadena de dimisiones inmediatas hubiera sido un hecho, ya que la gravedad de los hechos supera, con mucho, los límites del decoro y de la honestidad,  de cualquier político que se precie.
Pero aquí, en esta España que está volviendo a la opacidad que ya sufrimos en los años cuarenta, llegar a ostentar un cargo de responsabilidad, supone un seguro vitalicio, independientemente del modo en que se cumplan las funciones para las que se ha sido elegido.
Atados de pies y manos, por los cuatro años de duración de cada legislatura, los ciudadanos se  encuentran totalmente inermes para poder exigir legalmente la dimisión de nadie y han de soportar, pacientemente, que vuelva a llegar la oportunidad de aplicar un castigo, a través de las urnas.
Y aunque la indignación con la gestión del ébola no puede ser mayor, mucho me temo que no hay ninguna posibilidad de conseguir que nadie abandone su posición de privilegio, aunque hayamos sido nosotros, con nuestros votos, quienes les colocamos en ella y los que ahora desearíamos que se marcharan, para no volver nunca, después de conocer lo rematadamente mal que lo han hecho.



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