Los resultados de las encuestas de Octubre colocan a Podemos
como segunda fuerza política, como no podía ser de otra manera, si se tiene en
cuenta que hoy por hoy, es la única en
la que ninguno de sus miembros se halla implicado en casos de corrupción y la
primera que propone drásticas medidas de carácter urgente que acaben de raíz
con el espantoso reparto de la riqueza que se ha establecido como norma en este
país y también con la suerte de privilegios que disfrutan vitaliciamente los
políticos, de lo que Pablo Iglesias gusta llamar La Casta.
Horrorizados por la inminente posibilidad de tener que
codearse con diputados del joven Partido en un Parlamento, cuya distribución
cambiará radicalmente en la próxima legislatura, PP y PSOE no pierden oportunidad
de buscar algún punto débil por el que contrarrestar la fuerza con que ha
entrado Podemos en el panorama político español y no dudan en utilizar
reiterativamente la estrategia del miedo, intentando que crezca en la población
una duda sobre qué clase de futuro nos aguardaría, si Pablo Iglesias y su
grupo, consiguieran llegar a la Moncloa.
Pero es tan espeluznante la situación a la que los ciudadanos
hemos llegado bajo el mandato de Rajoy, que cualquier cosa que pueda venir,
cualquier clase de futuro que nos aguarde, no puede ser peor que el presente
que hoy soportamos, ni provocar en nosotros mayor indignación que la que
arrastramos a diario, cada vez que abre la boca alguno de los miembros de este
gobierno.
Los ríos de dinero desviado por políticos a paraísos fiscales
y la desvergüenza de continuar ejerciendo como si el robo hubiera desaparecido
como delito del Código Penal, mientras se nos exige a todos ardua paciencia
para sobrellevar el grado de pobreza que nos ha traído como herencia la política
de recortes, ya constituyen en sí mismo, motivo suficiente para emplearse a
fondo en intentar cambiar el Sistema podrido en el que estamos inmersos y pretender,
por nuevas y revolucionarias vías, romper con un pasado de tales
características y abrir ventanas a un mañana que nada tenga que ver, con lo que
hasta ahora hemos vivido.
Y no es que Podemos traiga la panacea que cure todos nuestros
males de un día para otro, pero las dosis de esperanza que se intuyen en el
discurso de sus miembros, es algo absolutamente necesario para no dejarse
arrastrar hasta la profundidad del oscuro pozo que han colocado al filo mismo
de nuestros pies, quienes tenían la obligación de mirar por un bienestar común,
que ha desaparecido.
La manera de hacer las cosas del bipartidismo resulta ser
pues, la mejor baza para el avance imparable de Podemos y como siempre ha sucedido
aquí, no es un determinado Partido el que finalmente gana las elecciones
generales, sino los otros los que con su mala gestión, se las dejan perder, al
colocar a los ciudadanos siempre por detrás de otras prioridades, casi siempre
de corte económico.
Uno tiene la sensación de haber estado trabajando durante un
largo periodo de tiempo, para financiar los costosos caprichos de un grupo
enorme de seres privilegiados, que por haber elegido como profesión el
ejercicio de la política, campan a sus anchas en una especie de territorio sin
ley, con normas exclusivamente creadas
para los ciudadanos de a pie que con sus impuestos, sufragan las veleidades de
quienes son los verdaderos delincuentes.
Ya ni siquiera nos sorprende abrir cada mañana las páginas de
los periódicos y encontrar unas cuantas nuevas noticias de políticos implicados
en gravísimos casos de corrupción, como si el hecho de ocupar un cargo de la
índole que fuera, trajera necesariamente consigo, la obligación de estafar, de
un millón de maneras, a los cándidos ciudadanos que hasta hace bien poco, aún
continuaban confiando en la existencia de una Democracia limpia y pura.
Si para algo nos está sirviendo esta crisis, es desde luego,
para despertar de ese sueño, ya que nos hemos visto obligados sin querer a
tropezar de bruces con la crudeza de una realidad que a casi todos nos parecía
ciertamente inimaginable y a comprobar, por propia experiencia, que aquellas
ideologías por las que muchos luchamos denodadamente en el pasado y sobre todo,
los que se constituían a sí mismos en garantes de esos principios, hace mucho
que han muerto.
Ya en nada se diferencia la izquierda de la derecha, ni son
ni una ni otra, símbolos de honradez, al menos al seguir en manos de quienes
las representan.
Ahora, las dos vertientes más características de lo que fuera
el pensamiento de este país, son, acompañadas también de nacionalistas,
sindicalistas y gentes de algún otro Partido menor, un conglomerado de una
muchedumbre ambiciosa empeñada en enriquecerse a costa del Erario público, con
plena consciencia de que los indefensos ciudadanos, cada año, volverán a
llenarlo con su honradez al contribuir fiscalmente, a lo que debiera ser el bienestar
de todos.
Bien he dicho. De todos. Y no de una estirpe recién creada de
defraudadores de oratoria barata, que tratan en sus mítines de convencernos de
lo maravillosos que son y de que optan a un puesto de importancia para
sacrificarse por una sociedad, que ya no cree una sola palabra de lo que le
dicen.
Para muchos de nosotros, confiar en la limpieza de Podemos,
es pues, la única salida que nos queda.
Empobrecidos y privados por imposición de todos y cada uno de
nuestros bien ganados derechos, no es ya que nos avergoncemos de la clase
política que tenemos, sino que hemos llegado a odiarla hasta tal punto, que
daríamos lo que fuera por ver cómo se marchan de nuestras vidas para no
regresar, aunque preferiríamos que antes de eso, pagara cada cual, en la medida
que le corresponde, el daño que nos haya hecho.

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