La desaparición física de Ana Mato tras el bochornoso
espectáculo ofrecido en la rueda de prensa, tras haberse hecho público el
contagio de la enfermera con el virus del ébola, da una idea de cómo gestionan
quienes nos gobiernan los problemas de este país y cómo en este caso, para
ellos, es mucho más importante continuar haciendo política, que la salud de
todos los españoles.
Manteniendo a capa y espada que el protocolo seguido ha sido
el correcto y justificando con su apoyo tácito, la gestión de una Ministra de
sanidad que ni siquiera se atreve a dar la cara para explicar la verdad de lo
que ha ocurrido, Rajoy, como siempre incapaz de admitir sus errores, se ha
enfrentado a regañadientes a las preguntas de la oposición, obligado por la
tormenta desatada en los medios, tras conocerse el contagio.
Pero es evidente que han fallado los protocolos y que ni la
preparación exigida para los profesionales destinados a tratar con los
infectados de cerca era buena, ni los pasos dados desde que la enfermera
comunicó que se encontraba enferma, han sido precisamente correctos.
Diez días haciendo vida normal, sin que se le hayan hecho
inmediatamente las pruebas, derivarla al hospital de Alcorcón, en lugar de al
Carlos III y su traslado en una ambulancia normal, que ya hoy está cumpliendo
servicios, llevando dentro a otros enfermos, desdicen categóricamente la
versión que se nos ofrece desde los medios gubernamentales e incapacita para
gestionar este gravísimo problema, a la Ministra y al Presidente.
La costumbre de mentir por sistema adoptada por este
gobierno, prácticamente desde su llegada al poder y la presunción petulante de
que los españoles creen lo que se les cuenta, a pies juntillas, desde las altas
instancias del poder, se estrella en este caso contra la cruda realidad que
todos hemos vivido, desde el mismo momento en que se decidió trasladar hasta
aquí a los misioneros desde África y con ellos el virus más letal de cuántos se
han conocido, sin que estuviéramos preparados para ello.
Y esta decisión, no la han tomado alegremente cuatro
inexpertos en la materia y su responsabilidad corresponde, exclusivamente, a la
cúpula del gobierno.
No cabe pues ahora, recorrer la vía fácil de culpabilizar a
la enfermera de su propio contagio, ni recurrir como en tantas ocasiones, a la
herencia de Zapatero, ni excusarse argumentando que por mera caridad, se
trasladó a los dos misioneros, sin ninguna posibilidad de que sobrevivieran, al
encontrarse la enfermedad demasiado avanzada.
Que el virus esté en España se lo debemos, pues a Rajoy y a
su pertinaz manía de quedar bien delante de los otros, presumiendo de una españolidad
a la que en este caso, no acompañaban los medios de que disponíamos en los
maltrechos hospitales que nos han dejado sus recortes en Sanidad.
Hay pues, una culpabilidad clara y contundente, que esa Unión
Europea que a tantos recortes nos ha obligado, debiera ahora exigir, sin
permitir que estos gobernantes a los que tanto deben, adjudiquen a otro.
Cerrar fronteras y recomendar al turismo que se abstenga de
venir al país, no basta para corregir severamente todos y cada uno de los
errores cometidos y que son, en sí mismos, motivo suficiente para que se
produzcan dimisiones inmediatas y para que se adopten medidas de extrema
urgencia.
La gente con que se
haya cruzado la enfermera durante estos diez días de vacío, sus vecinos, los
que hayan podido compartir barra de un bar, un puesto en el mercado, la sala de
un cine o un transporte público, por ejemplo, tiene pleno derecho a exigir una
vigilancia exhaustiva y a recibir una explicación fehaciente de lo que deben
hacer, al encontrarse en situación de riesgo.
Y sin embargo, esta tensa espera, en la que nada se nos dice
a los ciudadanos sobre las verdaderas expectativas que nos aguardan, hace que
nos lleguemos a temer, que como en otros casos menos importantes, desde el
poder, tampoco ahora se hará nada.
Qué tiene que pasar para que tengamos derecho a una
información veraz sobre lo que está ocurriendo, es un enigma que ni siquiera
nos atrevemos a plantearnos, ya que se trata ahora de lo que pueda pasar con nuestra
propia vida.
Si lo que espera este gobierno para enfrentarse cara a cara
con los españoles es que el contagio se extienda alcanzando proporciones aún
insospechadas, es que es muchísimo más incompetente de lo que ya pensábamos todos
y debiera, por tanto, apartarse de las labores que se le encomendaron, dejando
paso a quienes puedan gestionar esta terrible eventualidad, con garantía de
éxito.
El bien más preciado que tenemos, la salud, está en juego. La
política ha de quedar aparcada hasta que resolvamos lo mejor posible, la crisis
más dura de los últimos tiempos.

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