Si el caso Bankia hubiera ocurrido en América y los
protagonistas de la truculenta historia que allí se fraguaba hubieran sido
políticos y sindicalistas estadounidenses, Hollywood habría encontrado una mina
inagotable de la que sacar durante mucho tiempo suculentos guiones, sobre los
que hacer un sinfín de interesantes películas que todos iríamos después a ver
al cine, pensando en muchos casos, que las historias eran de ficción.
El hundimiento de la entidad y su posterior rescate por parte
del gobierno español, a través de un
préstamo que seguramente continuarán pagando nuestros nietos, ya daría en sí,
para argumentar una novela suculenta, pero lo que hemos ido conociendo después,
mientras los ciudadanos soportábamos una tremenda Reforma Laboral y una
política de recortes de derechos sociales que nos ha dejado al borde de la
ruina, supera con mucho cualquier fábula
que una mente prodigiosa hubiera podido imaginar y deja aún márgenes suficientemente
grandes, como para estructurar tres o cuatro libros más y sin que todavía
sepamos a ciencia cierta si nos queda por conocer algo más, de esta
rocambolesca historia.
El último episodio, el de las tarjetas negras que los
directivos de Bankia utilizaban a placer, al mismo tiempo que los españoles
luchábamos denodadamente para
sobrevivir, en esta España oscura que han creado para nosotros los políticos,
ha sido la gota que ha colmado el vaso, dejando meridianamente claro que la
corrupción era un hecho considerado como natural, en los órganos directivos del
banco rescatado.
Y no es ya que la desvergüenza de estos ladrones de guante
blanco, que un poco antes habían ideado la estafa de las preferentes, haya
sobrepasado todos los límites de lo que conocemos como ético, sino que además,
ni siquiera parecen tener conciencia de haber estado cometiendo un delito
contra la hacienda pública y contra toda una sociedad, a la que han ofendido,
de la peor manera que se puede ofender y que no es otra, que jactándose de su
superioridad, frente a la desgracia de los más débiles.
Todos recordamos
también, que muchos de estos usuarios de las tarjetas negras, han aparecido
reiteradamente en los medios de comunicación, recomendando rebajas de sueldo
para los trabajadores, subidas de impuestos y privatizaciones abiertas de los
sistemas sanitario y educativo, aconsejando al gobierno de Rajoy, mayor dureza
en la aplicación de estas medidas, si quería sacarnos de la crisis. Recordamos
su imagen impertérrita mientras vertían estas afirmaciones, sin sonrojos y
presumiendo una honestidad, de la que no queda más remedio que dudar, ahora que
conocemos la privilegiada situación personal, de la que disfrutaban en la
sombra.
Debían pensar, con cierta soberbia, que nunca se conocerían
los entresijos de sus historias personales, que nada tenían por cierto que ver
con las que soportaban difícilmente, una gran mayoría de los españoles y por
eso quizá, incidían una y otra vez en manifestar sus nefastas opiniones, apareciendo
impolutos ante las cámaras de cualquier cadena de televisión que les ofreciera
la oportunidad de presumir de su talento.
Ahora tratan de hacernos creer que no conocían la ilegalidad
del uso de tarjetas y se escudan en ese tipo de inocencia que se ha hecho,
desgraciadamente, tan popular en los tribunales de justicia españoles, siempre
que se juzga un caso de corrupción, y que por sistema, nadie cree, por lo que
tiene de inverosímil el argumento.
Todos, creo, sabían lo que traían entre manos y gastaban sin
consideración, de la manera que se gasta cuando el dinero no ha costado trabajo
ganarlo.
Del mismo modo, todos sabían también, lo que los españoles
estábamos y estamos padeciendo, en parte, por la malísima gestión que ellos
mismos habían llevado a cabo, en la entidad a la que pertecían.
Y aunque seguramente, como otras muchas veces, este caso
quedará, si nada lo remedia, en agua de borrajas, estos individuos merecerían,
si existiera justicia, una especial dureza en el trato, por la naturaleza misma
de su delito y por el daño moral causado a toda una sociedad, que nunca les
perdonará la manera que han tenido de ignorar sus carencias.
Habrá que pedir que los fiscales, por una vez, ejerzan en
toda su extensión, la función para la que fueron elegidos y no se dediquen,
como es habitual últimamente, a defender a estos acusados “ilustres”, que no
son en realidad, más que miembros de la peor escoria, aunque vistan ropa de
marca y usen la mejor gomina del mercado, ya que ellos sí, podían permitírselo.

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