jueves, 16 de octubre de 2014

Un guión suculento


Si el caso Bankia hubiera ocurrido en América y los protagonistas de la truculenta historia que allí se fraguaba hubieran sido políticos y sindicalistas estadounidenses, Hollywood habría encontrado una mina inagotable de la que sacar durante mucho tiempo suculentos guiones, sobre los que hacer un sinfín de interesantes películas que todos iríamos después a ver al cine, pensando en muchos casos, que las historias eran de ficción.
El hundimiento de la entidad y su posterior rescate por parte del gobierno español,  a través de un préstamo que seguramente continuarán pagando nuestros nietos, ya daría en sí, para argumentar una novela suculenta, pero lo que hemos ido conociendo después, mientras los ciudadanos soportábamos una tremenda Reforma Laboral y una política de recortes de derechos sociales que nos ha dejado al borde de la ruina, supera con mucho cualquier  fábula que una mente prodigiosa hubiera podido imaginar y deja aún márgenes suficientemente grandes, como para estructurar tres o cuatro libros más y sin que todavía sepamos a ciencia cierta si nos queda por conocer algo más, de esta rocambolesca historia.
El último episodio, el de las tarjetas negras que los directivos de Bankia utilizaban a placer, al mismo tiempo que los españoles luchábamos  denodadamente para sobrevivir, en esta España oscura que han creado para nosotros los políticos, ha sido la gota que ha colmado el vaso, dejando meridianamente claro que la corrupción era un hecho considerado como natural, en los órganos directivos del banco rescatado.
Y no es ya que la desvergüenza de estos ladrones de guante blanco, que un poco antes habían ideado la estafa de las preferentes, haya sobrepasado todos los límites de lo que conocemos como ético, sino que además, ni siquiera parecen tener conciencia de haber estado cometiendo un delito contra la hacienda pública y contra toda una sociedad, a la que han ofendido, de la peor manera que se puede ofender y que no es otra, que jactándose de su superioridad, frente a la desgracia de los más débiles.
 Todos recordamos también, que muchos de estos usuarios de las tarjetas negras, han aparecido reiteradamente en los medios de comunicación, recomendando rebajas de sueldo para los trabajadores, subidas de impuestos y privatizaciones abiertas de los sistemas sanitario y educativo, aconsejando al gobierno de Rajoy, mayor dureza en la aplicación de estas medidas, si quería sacarnos de la crisis. Recordamos su imagen impertérrita mientras vertían estas afirmaciones, sin sonrojos y presumiendo una honestidad, de la que no queda más remedio que dudar, ahora que conocemos la privilegiada situación personal, de la que disfrutaban en la sombra.
Debían pensar, con cierta soberbia, que nunca se conocerían los entresijos de sus historias personales, que nada tenían por cierto que ver con las que soportaban difícilmente, una gran mayoría de los españoles y por eso quizá, incidían una y otra vez en manifestar sus nefastas opiniones, apareciendo impolutos ante las cámaras de cualquier cadena de televisión que les ofreciera la oportunidad de presumir de su talento.
Ahora tratan de hacernos creer que no conocían la ilegalidad del uso de tarjetas y se escudan en ese tipo de inocencia que se ha hecho, desgraciadamente, tan popular en los tribunales de justicia españoles, siempre que se juzga un caso de corrupción, y que por sistema, nadie cree, por lo que tiene de inverosímil el argumento.
Todos, creo, sabían lo que traían entre manos y gastaban sin consideración, de la manera que se gasta cuando el dinero no ha costado trabajo ganarlo.
Del mismo modo, todos sabían también, lo que los españoles estábamos y estamos padeciendo, en parte, por la malísima gestión que ellos mismos habían llevado a cabo, en la entidad a la que pertecían.
Y aunque seguramente, como otras muchas veces, este caso quedará, si nada lo remedia, en agua de borrajas, estos individuos merecerían, si existiera justicia, una especial dureza en el trato, por la naturaleza misma de su delito y por el daño moral causado a toda una sociedad, que nunca les perdonará la manera que han tenido de ignorar sus carencias.
Habrá que pedir que los fiscales, por una vez, ejerzan en toda su extensión, la función para la que fueron elegidos y no se dediquen, como es habitual últimamente, a defender a estos acusados “ilustres”, que no son en realidad, más que miembros de la peor escoria, aunque vistan ropa de marca y usen la mejor gomina del mercado, ya que ellos sí, podían permitírselo.




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