Conocida la implicación de ochenta y cinco cargos de Bankia
en el despilfarro ilegal de más de quince millones de euros, no queda más
remedio que preguntarse si en otras entidades bancarias y empresas de altos
vuelos podría estar sucediendo lo mismo y cuántos implicados habría en
realidad, en el Club de las tarjetas negras.
Este nuevo fraude fiscal, que además vuelve a poner en
entredicho la honradez y la ética de políticos y sindicalistas, no parece sin
embargo, haber cogido por sorpresa a los inspectores de Hacienda y se conjetura
también, sobre si en el Banco de España se conocía o no la existencia de estas
prácticas, por lo que se ha de suponer que este secreto, aparentemente tan bien
guardado, estaba siendo, hasta cierto punto, presuntamente tolerado, por los
organismos encargados de la limpieza de las cuentas del país y de garantizar la
igualdad, en el pago de impuestos, de todos los españoles.
Si como se puede pensar, las tarjetas negras son un mal
extendido por muchas otras entidades de relevancia, el montante de lo que se
podría haber defraudado durante su utilización, por parte de los ejecutivos que
las poseyesen, resulta difícil de calcular para un profano como yo, incapaz de
lidiar con cifras que escapan a la realidad cotidiana que me rodea.
Pero si verdaderamente
ya desde hace años existían indicios fehacientes de que este tipo de tarjetas
personales se estaban usando por parte de un nutrido grupo de privilegio, no
cabe si no preguntarse por qué razón no se ha actuado con anterioridad y ha
habido que esperar a que la prensa descubriera el delito, para empezar a exigir
dimisiones y hablar, tímidamente, de la devolución del dinero.
No estamos hablando de beneficiarios anónimos, pertenecientes
a empresas privadas, que aún siendo igualmente delincuentes, podrían alegar la
excusa de que han sido obligados a aceptar tales prácticas por los dueños
reales de los negocios, sino que los implicados en esta causa son,
desgraciadamente para todos nosotros, representantes directos de partidos
políticos de relevancia y lo que es aún peor, sindicalistas, evidentemente nada
identificados con las penurias que padece la clase trabajadora, a la que debían
defender.
Es por eso, que el daño moral que se hace a la ciudadanía
resulta del todo imperdonable y que estas actitudes no hacen sino contribuir de
manera superlativa a la ya asentada desconfianza que se tiene en todos aquellos
que ocupan un cargo.
La fantástica realidad que viven estos delincuentes, mientras
a la población se nos exigen sacrificios inaceptables y paciencia ante los
recortes de derechos sociales y laborales que venimos sufriendo, sobrepasa
todas la líneas de la pura decencia y ha de ser arrancada de cuajo, como mala
semilla que es, de los suelos del jardín patrio.
La justicia ha de ser, pues, absolutamente implacable en la
aplicación de las leyes y no valen a la ciudadanía, ni alegatos en defensa de
los culpables, ni menos aún, generosos indultos del gobierno.
Llegar hasta el mismo fondo de este pozo de corrupción,
anegarlo y juzgar a todos aquellos que estuvieran inmersos en él, se convierte
en imprescindible, si se quiere al menos calmar el nivel de indignación que se
respira en la calle, primordialmente, por la espantosa gestión que sobre la
corrupción está haciendo la casi totalidad de la clase política.
Por tanto, va a ser verdad que es necesario un cambio radical
en España y que éste podría empezar por una renovación total de los miembros de
las instituciones, dando, por medio de nuestros votos, acceso a ellas, a
quienes se encuentran limpios de toda sospecha y que en casi todos los casos,
no proceden directamente, de ninguno de los grandes Partidos.
Fundamental es, que los ciudadanos puedan confiar ciegamente
en sus representantes, sabiendo que las cuentas públicas no se encuentran en
manos de presuntos o probados ladrones, aficionados a desviar los fondos, a sus
cuentas particulares.
Porque si no se consigue en breve apear del panorama político
a la interminable lista de delincuentes financieros que conviven en las filas
de las formaciones ahora en el poder, va a ser absolutamente imposible que se
pueda salir adelante.
Ya no hay duda. La crisis, además de los bancos, la han
causado ellos y por tanto, habrán de pagar, cada cual en la medida de su
responsabilidad, por el desastre ocasionado a toda la sociedad, desde sus
cargos de excelencia.
La racionalidad exige una pronta desaparición de estos
individuos de todas y cada una de las instituciones públicas del país y si
hubiera que construir más cárceles para albergar a esta caterva de mal nacidos,
sería dinero bien empleado, si esto nos garantiza que nunca más tendremos que
soportar que tengan nada que ver con lo que pase en nuestras vidas.

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