Mientras cerca de seis millones de españoles se desesperan a
diario por encontrar empleo y cientos de miles jóvenes se ven obligados a
abandonar el país para poder subsistir, al tener cerradas todas las puertas del
mundo laboral, gracias a la reforma de Rajoy, el ex Ministro Gallardón, que
debe, creo, sobrepasar los cincuenta años, a sólo unos días de su reciente dimisión,
consigue un puesto en el Consejo Consultivo de la Comunidad de Madrid, en el
que percibirá mensualmente, casi seis mil euros.
Apoyado por Ignacio González, hasta ayer su enemigo, como
segundo de Esperanza Aguirre, Gallardón ha estado desempleado escasamente tres
o cuatro días y ya está, con la complacencia de su partido, perfectamente
asentado en un Organismo al que tendrá que acudir, exclusivamente, un día a la
semana.
El agravio comparativo con el resto de la población afectada
por el paro, no puede ser más evidente. Con toda probabilidad, el ex ministro,
ni siquiera habrá tenido que presentar curriculum para obtener este trabajo, que
le ha caído como llovido del cielo, quizá como compensación a su intempestiva
salida de un gobierno, en el que no terminó de encajar nunca.
A pesar de su declarada intención de abandonar el ejercicio
de la política, no ha tardado, sin embargo, en decidir agarrase a esta
oportunidad que esta vez, ni siquiera procede de una empresa privada y en la
que con toda probabilidad se le ha colocado estratégicamente, lejos de
cualquier posibilidad de incomodar a ninguna de las facciones de su partido,
con las que tantas veces se ha
enfrentado, a lo largo de su extensa carrera.
No queda más remedio que preguntarse qué sucedería, hoy por
hoy, a cualquier trabajador de más cincuenta años, que por las razones que
fueren se quede sin empleo y no habría que mirar muy lejos para comprender que
su realidad distaría mucho de parecerse a la que vive el ex ministro.
Sea cual fuere la cualificación del trabajador despedido, la
posibilidad de volver a la actividad, en el panorama laboral que hoy tenemos,
sería prácticamente inexistente y habría de conformarse con percibir durante un
máximo de dos años la prestación por desempleo, para entrar, transcurrido este
tiempo, a formar parte del nutrido club de los perceptores de los cuatrocientos
ochenta euros que asigna el estado, a los parados de larga duración.
Las historias personales de cientos de miles de familias
avalan esta teoría y basta echar una mirada alrededor para ser consciente de
que cuánto aquí digo, es cierto.
Así pues, la política es la única profesión en la que no existen parados y el único
título ficticio que te capacita para volver a la vida laboral, inmediatamente
después de abandonar el cargo público que ocupases, tengas la edad que tengas y
sea cual sea tu profesión real, en la vida civil.
Si has sido alcalde, diputado, ministro o concejal de algún
ayuntamiento, las ofertas de trabajo con excelente remuneración, te llueven y
no hay empresa multinacional que se precie u organismo allegado al poder, que
no cuente en su nómina con un número elevado de ex políticos, siempre en
puestos cercanos a la dirección y de manera vitalicia.
Por ello, es fácil deducir que la realidad en que se mueven
los que proceden de este tipo de instituciones, dista mucho de ser la misma en
que vivimos el resto de los ciudadanos y que no es otra, que la que nos han
legado esos mismos que nunca sabrán en carne propia, lo que es la lucha diaria
por la mera supervivencia.
Ahora que tanto se acude a la letra de la Constitución para
solventar cualquier caso que pueda resultarle dificultoso al gobierno, como el
problema catalán por ejemplo, convendría
recordar que esa misma Carta Magna establece también el derecho de
igualdad entre todos los españoles y poner el mismo énfasis que se pone en
defender la estricta aplicación de determinados artículos, en procurar también,
severamente, el cumplimiento de otros que atañen, éstos sí, a la totalidad de
los ciudadanos de este país, a los que tan poco se respeta.
Me pregunto si como simple español de a pie, se podría
recurrir al tribunal constitucional para exigir las mismas oportunidades
laborales que se brindan a los que se adentran a diario en puertas giratorias.

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