Como protagonista de lo que está ocurriendo durante los
últimos años en España, a veces me asalta la pregunta de cómo se escribirá la
historia de mi país, para que las generaciones futuras conozcan lo que aquí
pasó y aprendan de los errores que se cometieron.
La visión que de nosotros tengan los que nos sucedan a lo
largo del tiempo, siempre dependerá de las investigaciones de los cronistas y
de todos es conocido que sus fuentes suelen estar estrechamente relacionadas,
con lo que queda escrito en los documentos.
Da miedo pensar que en base únicamente a estas informaciones,
se contemple la época que vivimos suponiendo veracidad en lo que manifiesten
los gobiernos y que esta durísima etapa que estamos atravesando, quede
reflejada en los libros como una mera anécdota y Rajoy como el salvador que nos
rescató de las garras de un mal mucho mayor, puesto que la opinión de los
ciudadanos no aparecerá reflejada en los manuscritos oficiales.
Este largo periodo de penurias, de lucha constante por la
conservación de la dignidad y la cruda cotidianidad que muchos de nosotros nos
vemos obligados a soportar, tal vez será, injustamente obviada de lo que se
relate en los anales y el valor denodado de una ciudadanía ejemplar, enterrado
en el olvido, como si nunca hubiera existido, para ejemplo de los que nos
seguirán, probablemente, sin conocer nuestro esfuerzo.
Quizá habría que cambiar por eso la concepción de la historia
y empezar a dar muchísima más importancia al comportamiento de una sociedad,
absolutamente implicada ahora, en cuánto puede estar sucediendo, en la marcha
de la política.
Ya no somos como pasaba antiguamente, meros peones al
servicio de los Estados, cuya única función era acatar dócilmente las órdenes
de los Reyes, pagando periódicamente tributo y poniendo nuestras vidas, a su
disposición, en los tiempos de guerra.
Aquella plebe, afortunadamente, se ha dignificado y ha
comprendido que su voz, quizá por ser la de la mayoría, ha de ser
necesariamente escuchada por sus representantes políticos, sin que haya lugar a
la resignación y la obediencia, cuando sus dictámenes van, directamente en
contra nuestra.
Pero unos pocos años, en Historia, no tienen la menor
importancia y de ahí el temor de que lo que está ocurriendo aquí pueda ser
hábilmente diluido por la contundencia del relato oficial de los
acontecimientos.
Porque si se atendiera a este criterio y no al que expresan
con sus actos los españoles actuales, bien podría aparecer en los escritos que
la crisis se superó en 2014, tal como presumen en todas sus comparecencias, los
líderes del Partido que nos gobierna.
Estarían entonces los cronistas faltando gravemente a la
verdad y la Historia contada por ellos, sería pues, una historia falseada,
carente de la profundidad real que tiene, ésta que estamos protagonizando
nosotros.
Es cierto que afortunadamente y por la digitalización de la
época, habrá de quedar también reflejada la opinión de quienes discrepan de las
afirmaciones de los gobernantes y que probablemente, será fácil acceder a esta
otra información, si se escudriña en archivos y hemerotecas.
Pero combatir la oficialidad de la Historia, continuará
siendo difícil y competir con documentos datados en las Instituciones del
Estado, puede dejar muchas dudas en la conciencia de un investigador, si no
quiere pillarse los dedos vertiendo informaciones consideradas de dudosa
procedencia.
Así que habría que trabajar para que la Historia futura sea,
al menos, eficazmente contrastada, como ocurre por ejemplo en el mundo del
periodismo, en el que hasta hace poco,
se venía exigiendo escuchar a todas las partes.
Prestar oídos a los relatos que provienen de la oficialidad,
se ha convertido, si nos atenemos a lo que estamos viviendo, en algo bastante
peligroso para un historiador, si no pone atención a la actual costumbre de
mentir por sistema que han adquirido unos políticos, que parecen vivir una
realidad virtual, bien distinta a la que padecemos los demás, probablemente a
causa de una mala gestión, que nunca admitirán públicamente.
Ser ecuánime y comprender en profundidad la complejidad de
esta época, se convierte pues, en un reto apasionante para todos aquellos a
quienes les toque contar la Historia de esta
España nuestra y reflejar en sus crónicas nuestras acciones y
sentimientos, como los verdaderos actores de la obra que traerán entre manos,
una obligación, si quieren reflejar la verdad de lo que nos ocurrió y no lo que
quieran hacerles creer que nos ha ocurrido.

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