Respiran los prebostes europeos, por la victoria del no en
Escocia, felices de que la productiva Unión que un día crearon, en nuestro
detrimento, no sufra incómodas secesiones que pudieran acaso demostrar que es
posible vivir mejor, sin el acoso que la macroeconomía de la globalización
ejerce sobre los pueblos.
Respira Rajoy, creyendo ilusoriamente en un inexistente
parecido entre Escocia y Cataluña, soñando que los ciudadanos de aquí, habrán
de verse necesariamente reflejados en los de allí y se lo pensarán dos veces
antes de seguir apoyando la alternativa Mas, que cada vez trae a los populares,
dolores de cabeza más fuertes.
Resurge Mas, explicando a quienes le quieran oír, que poco o
nada importa el resultado, si puede celebrarse un Referendum de manera legal y
enviando un mensaje claro al gobierno de Madrid, de cómo han de hacerse las
cosas para que parezcan y estén bien, si uno no quiere encontrarse de bruces
con un llamamiento a la desobediencia civil, que le susurran en el oído, las
voces de sus socios de Esquerra Republicana.
Suben de tono los debates televisivos, mostrando cada vez más
desacuerdo entre los tertulianos de uno u otro signo y ofreciendo una imagen a
los espectadores de lo que podría llamarse una degeneración general de los
medios informativos, que en este país, hace ya mucho que dejaron de ser libres,
para convertirse en esclavos, cada cual, de la ideología que lo patrocina.
Entretanto, los
escoceses, nos dan una lección de convivencia democrática y de acatamiento
total a los resultados de las urnas, que bien pudiera enseñarnos todo un
tratado de comportamiento, quizá porque su tradición en esta forma de gobierno
viene de mucho más atrás que la nuestra y la costumbre impone reglas que
terminan por convertirse en naturales, para la gente que durante siglos las
practica.
Surge entonces la duda de qué hubiera pasado aquí, si en
lugar de enzarzarse en mutuas acusaciones y descréditos, Rajoy y Mas hubieran optado por la sencilla forma
de dialogar, para intentar resolver sus problemas pacíficamente, evitando
provocar un enfrentamiento permanente entre los catalanes y un estado español, al que no parecen
reconocer como suyo.
Porque dudamos, francamente, de que la situación hubiera
llegado al punto en que se encuentra y sobre todo, se nos hace muy cuesta
arriba pensar que el conflicto, si se hubiera discutido a fondo, fuera tal y
tan grave como ahora mismo parece.
Además, hemos de confesar sin ningún tipo de rubor, que nos
hubiera encantado ver qué pasaba si Escocia hubiera votado que sí y la madrastra
Europa se hubiera visto obligada a rehacer, obligatoriamente, todos sus
principios de funcionamiento.
A lo mejor, hasta era capaz Escocia de subsistir sin el apoyo
de la Comunidad, dejando claro que a veces es mejor estar solo, que mal
acompañado y dando pie a que otros muchos socios, probablemente de los países
del sur, se aventuraran al intento de seguir su ejemplo, abandonando el sin vivir
de tener que estar a expensas de préstamos multimillonarios, que no terminarán
de pagar nunca.
Faltó valor, o quizá se impuso el voto del miedo que nos
viene sugiriendo con sus amenazas, una Unión Europea que si un milagro no lo
remedia, acabará por perder a alguno de sus miembros, hartos como estamos, de
tanta manipulación en los asuntos internos de las naciones soberanas.
Centrándonos en lo que pasa aquí, el peor parado sin duda,
será Mas, que ha quedado atrapado entre el muro inexpugnable de Madrid y las
exigencias cada vez más imperativas de sus socios independentistas, que podrían
ser los ganadores de las próximas elecciones autonómicas, si no le queda otro
remedio que convocarlas, para escapar de su propia trampa.
A Rajoy, como todo, le dará igual. Los españoles, incluso,
empezamos a dudar que este presidente nuestro exista realmente y algunos, hasta
opinan que es una creación virtual que aparece siempre en pantallas de plasma y
nunca presencialmente.

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