domingo, 21 de septiembre de 2014

Voto de alivio y miedo


Respiran los prebostes europeos, por la victoria del no en Escocia, felices de que la productiva Unión que un día crearon, en nuestro detrimento, no sufra incómodas secesiones que pudieran acaso demostrar que es posible vivir mejor, sin el acoso que la macroeconomía de la globalización ejerce sobre los pueblos.
Respira Rajoy, creyendo ilusoriamente en un inexistente parecido entre Escocia y Cataluña, soñando que los ciudadanos de aquí, habrán de verse necesariamente reflejados en los de allí y se lo pensarán dos veces antes de seguir apoyando la alternativa Mas, que cada vez trae a los populares, dolores de cabeza más fuertes.
Resurge Mas, explicando a quienes le quieran oír, que poco o nada importa el resultado, si puede celebrarse un Referendum de manera legal y enviando un mensaje claro al gobierno de Madrid, de cómo han de hacerse las cosas para que parezcan y estén bien, si uno no quiere encontrarse de bruces con un llamamiento a la desobediencia civil, que le susurran en el oído, las voces de sus socios de Esquerra Republicana.
Suben de tono los debates televisivos, mostrando cada vez más desacuerdo entre los tertulianos de uno u otro signo y ofreciendo una imagen a los espectadores de lo que podría llamarse una degeneración general de los medios informativos, que en este país, hace ya mucho que dejaron de ser libres, para convertirse en esclavos, cada cual, de la ideología que lo patrocina.
 Entretanto, los escoceses, nos dan una lección de convivencia democrática y de acatamiento total a los resultados de las urnas, que bien pudiera enseñarnos todo un tratado de comportamiento, quizá porque su tradición en esta forma de gobierno viene de mucho más atrás que la nuestra y la costumbre impone reglas que terminan por convertirse en naturales, para la gente que durante siglos las practica.
Surge entonces la duda de qué hubiera pasado aquí, si en lugar de enzarzarse en mutuas acusaciones y descréditos, Rajoy  y Mas hubieran optado por la sencilla forma de dialogar, para intentar resolver sus problemas pacíficamente, evitando provocar un enfrentamiento permanente entre los catalanes y  un estado español, al que no parecen reconocer como suyo.
Porque dudamos, francamente, de que la situación hubiera llegado al punto en que se encuentra y sobre todo, se nos hace muy cuesta arriba pensar que el conflicto, si se hubiera discutido a fondo, fuera tal y tan grave como ahora mismo parece.
Además, hemos de confesar sin ningún tipo de rubor, que nos hubiera encantado ver qué pasaba si Escocia hubiera votado que sí y la madrastra Europa se hubiera visto obligada a rehacer, obligatoriamente, todos sus principios de funcionamiento.
A lo mejor, hasta era capaz Escocia de subsistir sin el apoyo de la Comunidad, dejando claro que a veces es mejor estar solo, que mal acompañado y dando pie a que otros muchos socios, probablemente de los países del sur, se aventuraran al intento de seguir su ejemplo, abandonando el sin vivir de tener que estar a expensas de préstamos multimillonarios, que no terminarán de pagar nunca.
Faltó valor, o quizá se impuso el voto del miedo que nos viene sugiriendo con sus amenazas, una Unión Europea que si un milagro no lo remedia, acabará por perder a alguno de sus miembros, hartos como estamos, de tanta manipulación en los asuntos internos de las naciones soberanas.
Centrándonos en lo que pasa aquí, el peor parado sin duda, será Mas, que ha quedado atrapado entre el muro inexpugnable de Madrid y las exigencias cada vez más imperativas de sus socios independentistas, que podrían ser los ganadores de las próximas elecciones autonómicas, si no le queda otro remedio que convocarlas, para escapar de su propia trampa.
A Rajoy, como todo, le dará igual. Los españoles, incluso, empezamos a dudar que este presidente nuestro exista realmente y algunos, hasta opinan que es una creación virtual que aparece siempre en pantallas de plasma y nunca presencialmente.


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