Tras oír la declaración del Ministro Montoro y habiendo
comprobado que el Partido Popular es incapaz de medir con el mismo rasero el caso de Pujol y
cualquiera en el que los implicados sean miembros de su propia familia
política, no hay más remedio que llegar a la conclusión de que la poca fiabilidad
que quedaba a los correligionarios de Rajoy ha quedado definitivamente muerta y
que no se puede dar tregua al esfuerzo por conseguir que abandonen el poder
cuanto antes.
Está claro que no será fácil conseguirlo, si se tiene en
cuenta que abusando de la mayoría absoluta que obtuvieron en las últimas
elecciones generales, no hacen otra cosa que aprobar Reales Decretos y leyes
que aseguren su eternización en los cargos de mayor responsabilidad del Estado,
intentando además, que los españoles crean a pies juntillas las rocambolescas
teorías que urden a tal fin, dando por hecho que la inteligencia de los
ciudadanos ha de estar necesariamente, muy por debajo de la suya.
La pretensión de que los alcaldes sean elegidos atendiendo a
la lista más votada, aunque evitando en todo momento que dichas listas sean,
por fin, abiertas, viene a corroborar
que el miedo a perder el timón de grandes ciudades que tradicionalmente
han sido granero de votos para el PP, como Madrid o Valencia, se ha instalado
en el mismo corazón de Génova, sobre todo desde que Podemos avanza con fuerza,
poniendo en peligro incluso el segundo puesto del PSOE y la elecciones
municipales pudieran convertirse en la sentencia por la que el pueblo condenara
al ostracismo a un bipartidismo que se ha corrompido hasta la misma médula y
que ha hecho de la vida política un esperpento irreconocible, en cualquier
Democracia moderna.
Poco importa que el PP haya venido defendiendo la Ley de
Hont con uñas y dientes desde su propia
creación, ni que se haya beneficiado descaradamente de las rentas que esta
manera de elegir representantes le ha regalado hasta este momento. La avaricia
por perpetuarse en el poder es la única premisa que mueve los corazones de
estos liberales al servicio del capital y la primera razón que aprenden, en
cuanto son incluidos, como candidatos, en alguna lista.
No cuentan, claro, con que ni los ciudadanos de Madrid o Valencia,
ni todos los que habitan en pueblos y ciudades del país, han tenido casi tres
años para valorar seriamente las consecuencias de su gestión y que cuando
llegue la hora de acudir a las urnas lo harán, en conciencia, sin que pueda
afectar para nada la manera de elegir los alcaldes y mucho el recuerdo de las
vicisitudes y tragedias sufridas en carne propia, durante el tiempo en que ha
estado gobernando el PP.
Dudar que la
iniciativa de los electores será libre, constituye, en sí mismo, una
imperdonable ofensa para quienes considerándonos adultos y capaces de discernir
por nosotros mismos, somos tratados por nuestros gobernantes, como niños de
pecho.
Y la vileza de intentar manipular un imperfectísimo sistema
de elección, que ha de ser necesariamente cambiado, pero hacia otras
directrices, supone una prueba flagrante de que Rajoy jamás pone por delante
las aspiraciones de su pueblo, sobre todo si chocan frontalmente con su
ambición de seguir siendo Presidente, a ser posible con una nueva mayoría
absoluta, que le asegure de nuevo, no tener ningún tipo de oposición.
El sabe bien que ésta es la forma de hacer y deshacer cuánto
quiera, sin tener que contar con nadie.
A nosotros nos corresponde demostrarle que no es esa la clase
de Presidente que queremos, recordándole a la vez, que la Democracia es el
gobierno de las mayorías, pero no la tiranía de quiénes las obtiene.

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