Terminan las vacaciones escolares y nuestros niños más
pequeños se incorporan a la rutina de un nuevo curso, fuertemente marcado por
la entrada en vigor de la Ley Wert.
La reforma obligada del PP, que tantas quejas ha levantado en
todos los colectivos que forman el mundo de la enseñanza, empieza su andadura
amenazada ya por las movilizaciones propuestas por profesores, padres y alumnos
que no se resignan a perder una gran parte de la calidad que hasta ahora
ofrecía la escuela pública española y que están dispuestos a seguir luchando
por conservar, fundamentalmente, la gratuidad en los cursos obligatorios, el
sistema de becas que permitía estudiar a los hijos de las clases más desfavorecidas
y la libertad de elegir sobre si seguir o no las clases de Religión que a
partir de ahora, serán de carácter obligatorio y puntuarán en la media.
Mucho se ha hablado sobre el descarado clasismo de esta Ley y
mucho queda aún por decir, sobre todo por parte de los que a partir de hoy, la
sufrirán en carne propia de manera irrevocable.
Porque lo más probable es que lejos de mejorar el nivel de
los estudiantes españoles, que es considerado ciertamente bajo en las encuestas
realizadas a nivel europeo, lo que conseguirá será formar de manera
sobresaliente a todos aquellos que puedan permitirse pagar un elevado precio
por su educación, relegando a los jóvenes y niños procedentes de hogares
humildes, a un tipo de enseñanza indiscutiblemente peor, negándoles además, su
posible acceso a la Universidad, simplemente por motivos económicos.
Este hecho queda ampliamente demostrado al haberse aplicado
ya una fuerte subida en las tasas universitarias, que ha obligado a miles de
jóvenes de todas las especialidades a abandonar la carrera, al no poder hacer
frente a los precios que el PP ha establecido y a la desaparición de un buen
número de ayudas que hasta ahora les otorgaba la posibilidad de terminar lo que
ahora se les niega.
Para los que empiezan en el colegio, como mi propio nieto, el
futuro tampoco es demasiado esperanzador, sobre todo si sus familias han sido
atacadas por el fantasma del paro que nos ha traído esta crisis.
A diferencia de sus padres, de momento, han tenido que hacer
una fuerte inversión en libros y material escolar, que ronda en el caso de los
niños de tres años los doscientos euros y a medida que vayan avanzando, habrán
de enfrentarse a un sinfín de pruebas
académicas que, de no superar, les
colocarán al otro lado de la enseñanza de calidad que establece la Ley y que
crea unas diferencias abismales en los niveles de las clases, discriminando
fuertemente a los escolares que por la causa que sea, sufran algún tipo de
retraso en las materias.
Los que ya vivimos el clasismo de la enseñanza franquista,
estamos aterrorizados por la recesión que supone la entrada de este plan en la
vida de nuestros niños.
Saber que todo su futuro dependerá de lo que buenamente
puedan aportar sus padres para comprar su educación, nos hace recordar la
impotencia que sufrimos cuando éramos jóvenes y nos veíamos obligados a tener
que trabajar, aunque nuestro nivel de inteligencia nos permitiera afrontar
cualquier reto, simplemente por no poder acceder a la Universidad por falta de
medios.
También recordamos con horror la fuerte influencia que la
obligatoriedad de la Religión tuvo sobre nosotros y que nos arrastraba
queriéndolo o no, diariamente a las capillas de los colegios, en las que se nos
imponía el rezo de un rosario diario y la misa de los domingos, llegando a
preguntársenos sobre los colores que vestía el sacerdote durante la celebración
de tales actos y a castigarnos si se descubría que habíamos faltado a tales
eventos.
Las propuestas de esta Ley Wert, por tanto, nos recuerdan
ineludiblemente una parte de nuestra infancia que nunca podríamos desear para
nuestros descendientes y que puede marcar una notable diferencia en el camino
por el que transcurran sus vidas.
Ganar para los que han sido nuestros hijos la oportunidad de
una enseñanza pública de calidad, fue en los principios de la Democracia, una
prioridad para nosotros y conseguirlo entonces, uno de los mayores triunfos
para una generación de luchadores, a la que ahora se trata de arrebatar todas
las metas logradas.
Por esta razón y porque todavía nos queda aliento para dar
batalla ante cualquier injusticia, vamos a estar, también los que ahora somos
abuelos, dónde haya que estar, para conseguir que esta Ley aberrante sea
retirada.
Así que auguramos a Rajoy , en este tema y también en el de
la sanidad y otros asuntos, un Otoño caliente, que empieza con la promesa de
continuar la batalla por mantener todos nuestros derechos y que culminará más
adelante con la certeza de no volver a votarle jamás, para que sea consciente
de que así no se gobierna.

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