La irrupción del virus de ébola en varios países de África y
el elevado índice de mortalidad que trae consigo esta terrible plaga del siglo
XXI, hace parecer a la crisis que padecemos en el mundo desarrollado, una mera
cuestión sin importancia y se suma a otras muchas evidencias de que vivimos
tiempos de tragedia.
Esta enfermedad, medicamente casi desconocida, para la que la
avanzada tecnología de los hombres no ha encontrado ningún remedio, progresa
imparable por los territorios más desfavorecidos del planeta, como si sus
habitantes no tuvieran bastante con soportar la pobreza, el hambre y las
desgracias que ya padecían a perpetuidad, prácticamente desde que los
explotadores europeos decidieron abandonar sus asentamientos africanos, una vez
cumplida la misión de esquilmar al máximo los recursos naturales del
continente, para volver a establecerse en sus naciones de origen, mucho más
ricos que cuando partieron.
Al horror de este drama sin solución, se suma además, la
falta de recursos con que se enfrentan los profesionales que están gestionando
de manera absolutamente altruista las consecuencias del virus, en hospitales y
centros absolutamente tercermundistas, en los que hasta el agua es un bien
escaso que no pueden ofrecer a los enfermos afectados, que terminan por morir
olvidados de la mano de dios, hacinados en su propia tierra.
Entretanto, los
supuestos guardianes del bien estar del mundo, los poderosos que tienen en sus
manos todos los recursos , continúan aún discutiendo si sería conveniente
llevar a África el medicamento en fase de experimentación que ya ha salvado
unas cuantas vidas de americanos infectados con el virus, argumentando que tal
vez, podría resultar peligrosa su administración generalizada, al no haber
finalizado la investigación sobre el remedio, ni conocerse los posibles efectos
secundarios que pudieran sufrir después, quienes lo recibieran.
Como siempre, la ambición de las industrias farmacéuticas y
su afán por anteponer la obtención de beneficios a la salud de las personas, se
hace patente antes los atónitos ojos de los que no podemos comprender cómo se
puede escatimar ningún tipo de recursos, por costosos que sean, cuando una
enfermedad incurable amenaza con infectar a una gran parte de una humanidad,
cuyo único deseo, ahora, es que el brote sea controlado, a la mayor brevedad
posible.
Tampoco se entiende
que organismos como Naciones Unidas o la OMS, no cuenten, en casos como éste,
con una cobertura legal que les permita tomar decisiones drásticas, por encima de intereses políticos
y económicos, para ejecutar las acciones que fuesen oportunas para luchar
contra las enfermedades, obligando a las farmacéuticas a suministrar los
medicamentos necesarios de forma gratuita, allí dónde se precisara de ellos.
Pero la locura del Mundo desarrollado es un hecho probado y
los que tenemos la hipotética suerte de vivir en él, ya sabemos cuáles son las
claves de su terrible funcionamiento.
Poco o nada importamos pues, los pobres humanos, ni el dolor
que cada uno de nosotros haya tenido que soportar, de la especie que sea, en
estos años oscuros en los que hemos quedado relegados al último lugar, en la
lista de las prioridades políticas.
Vivir, morir, padecer enfermedades como el ébola, tener
hambre o carecer de más o menos cosas, al final, se ha convertido en una mera
cuestión de suerte, si se tiene en cuenta que todos dependemos de lo que nos
quieran regalar, los que son ahora nuestros dueños.
He ahí la obligación de hallar otros caminos y la necesidad
de hacer un frente común para terminar con situaciones como éstas, aunque solo
sea por mera supervivencia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario