La inesperada muerte de Emilio Botín, el banquero más
conocido de España y dueño de una incalculable fortuna, copa esta mañana todas
las portadas de los medios informativos, sin que se sepa aún qué consecuencias
podría tener su desaparición, en la marcha de su vasto imperio.
Su sorpresiva defunción no permitirá al banquero llegar a
conocer el final de esta larga crisis, ni saber si las recomendaciones que hizo
junto a la clase empresarial serán finalmente llevadas a término por Rajoy, que
procuró mantener buena sintonía con
quién representaba el poder en la banca privada y cuyos consejos siguió, casi
siempre, dada la influencia que han tenido en
su manera de gobernar, las relaciones con este colectivo.
Sin embargo, la muerte no perdona y cualquier ambición que se
hubiera tenido a lo largo de la vida, se convierte en inútil, cuando nos llega.
Así que las tácticas empleadas por Botin para crearse una importancia
trascendental en el mundo de los negocios, quedan hoy enterradas para siempre y
pierden toda la influencia que tuvieron, mientras permaneció entre nosotros.
Ya nada interesará la marcha de la bolsa o si los ciudadanos
devolverán o no, los créditos que les
concediera en su día y me atrevo a pensar que en estos momentos, el banquero
habría dado lo que fuera, por encontrarse en la piel de cualquiera de los que
durante la crisis, ha desahuciado su banco.
El tránsito, que nos iguala indefectiblemente a todos,
independientemente de nuestra procedencia y que es el hecho más democrático de
cuántos nos acontecen desde que nacemos, por ser irremediable, no puede ser
resuelto ni siquiera por el más absoluto poder, recordándonos con su llegada,
lo banal que resulta nuestra existencia.
De qué ha servido a Botín vivir como vivió, provocar en los
últimos tiempos tanto sufrimiento a las clases populares que habían contraído
deudas con su banco o haber forjado un imperio financiero que lo había colocado
en la cresta del poder, nunca lo sabremos, pero conociendo hoy su repentina muerte,
mucho nos tememos que, en realidad, su desmesurada ambición ha llegado sólo
hasta aquí y ahora tendrá que enfrentarse, como todos, al pozo eterno de la
nada.
Mi padre solía decir a menudo que los bienes terrenales había
que disfrutarlos a tope, junto a los nuestros, porque ningún ataúd tiene
bolsillos.
Hoy no puedo por menos que acordarme de él y volver a sonreír
con la contundencia de esta frase, que es una de las verdades más grandes de
cuántas se han dicho.

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