El problema catalán se le ha ido de las manos a un Rajoy
empeñado en silenciar cuáles serían las medidas a adoptar, si Mas se empecina
en celebrar su Referendum y se materializa hoy en forma de cientos de miles de
personas que han convertido la celebración de la Diada, en un clamor por la
independencia.
Acosados por la reiterada negativa al diálogo que vienen
recibiendo desde Madrid, desde que el PP se hizo con el poder en las últimas
elecciones generales, los catalanes han estado gestando la idea sutilmente
inculcada por CIU de que la única causa de sus problemas actuales viene dada
por la obligación de contribuir económicamente con el Estado y la esperanza de
que en solitario les iría mejor, ha determinado un aumento generalizado de los
simpatizantes independentistas, fomentado también, por otros partidos como ER,
que ya llevaban esta reclamación en su programa, desde que aparecieron en el panorama
político.
La mala relación que los populares han tenido prácticamente
desde siempre con Cataluña, a quién se han encargado de imponer una españolidad
trasnochada que en nada coincide con el sentimiento general de los ciudadanos,
no ha hecho más que echar leña a un fuego que se había mantenido en estado
latente, mientras que los gobiernos españoles del pasado más reciente habían
necesitado de los apoyos de los nacionalistas, para sacar adelante sus gestiones.
Naturalmente, todo empezó a ir peor en el momento en que el PP
obtuvo la mayoría absoluta y pudo por fin, comenzar una etapa de gobierno en
solitario que repercutió gravemente sobre las exigencias de los nacionalistas
catalanes, en forma de drásticos recortes.
Las caretas cayeron y cada cual sacó de dentro lo que realmente
pensaba, sin que ninguna obligación de correspondencia hacia su adversario
condicionara las verdaderas intenciones que durante tantos años, por puro
interés, habían permanecido ocultas.
Así que se acabó el hablar catalán en la intimidad y el apoyo
incondicional de Convergencia a todos las medidas adoptadas por los populares,
que de hecho no aceptaron muy bien el hecho de quedarse solos ante el peligro
de una oposición general, pensando tal vez con cierta ingenuidad, que la
concurrencia ideológica con CIU, haría el milagro de que su colaboración fuera
eterna.
Poco tardaron en comprender su error y en cambiar radicalmente la estrategia de
tolerancia que había conseguido en el pasado tan buenos resultados, pasando a
recomendar a los suyos un ataque sin tregua a todo lo que recordara la
identidad catalana y procurando, además, que esa semilla de odio fructificara,
a ritmo acelerado, en el corazón de todos los españoles.
Puede que creyeran que los nacionalistas se amedrantarían al
contemplar que se estaban quedando solos, pero está claro que se equivocaron
radicalmente.
A los ataques, Artur Mas respondió con el órdago de su
convocatoria de Referendum, consiguiendo aglutinar a una gran parte de la
ciudadanía catalana en torno a este evento, herida como estaba, por los
continuos desprecios y vejaciones hacia sus señas de identidad, propiciados
desde Madrid.
Que la cita con las urnas propuestas fue, además, una
maniobra para tapar las drásticas medidas que CIU estaba aplicando en sus
labores de gobierno, es evidente, pero cuando se ataca reiteradamente el
orgullo de una nación, intentando privarla de su idiosincrasia, a base de
imposiciones que procuran impedirle hasta el uso cotidiano de su lengua, el
efecto suele ser, justamente, el opuesto al deseado por el represor y las
ansias de libertad acaban por multiplicarse por mil, si nada lo remedia.
Ahora estamos, donde estamos y lo más sensato sería que cada
cual asumiera los errores que ha cometido, intentando que la situación se
encauzara con la menor violencia posible.
Pero en lugar de eso, Rajoy sigue guardando un inexpugnable
silencio y juega la baza de presumir ante las cámaras de tener preparado no se
sabe qué plan, por si el empeño de Mas se convirtiera en desobediencia civil y,
finalmente, lar urnas fueran sacadas a las calles el 19 de Noviembre.
Perdónenme, pero este silencio suena a amenaza y la respuesta
del pueblo catalán, al que se le niega de continuo una vía alternativa de
diálogo y negociación, no es otra que la de salir masivamente a la calle, para
apoyar a los únicos que, teóricamente, asumen su defensa.
Qué verdad es que puede más una caricia que un azote, aunque
Rajoy no parece haberse enterado aún y continúa con su teoría del garrote y
tente tieso.

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