Un rictus de profunda amargura se refleja esta tarde en la
cara de Alberto Ruíz Gallardón, mientras comparece ante los medios para
anunciar una dimisión que no por
esperada resulta para él menos incómoda, sobre todo si se tiene en cuenta
que ha sido forzada a partir de una apuesta demasiado arriesgada, urdida para
intentar un acercamiento a una facción de su Partido, que nunca demostró el
menor afecto por la línea política del ex Alcalde de Madrid.
Decíamos el otro día que ese pretendido acercamiento le ha
despojado a la vez de la confianza de los que antes eran los suyos y que su
permanencia en el gobierno dependía ahora, exclusivamente, de la magnanimidad
de Rajoy, que le colocó en el Ministerio de Justicia para ganar el encarnizado
pulso que mantenía con Esperanza Aguirre y con el ala más conservadora que ella
lideraba, tras la marcha de Aznar y con los apoyos de otra mucha gente.
Lo que no pudo la descarada inquina de la ex Presidenta de la
Comunidad de Madrid, lo han podido ahora las amenazas de la Iglesia católica y
sus más recalcitrantes fieles, que esperaban con ansiedad que la Reforma de la
Ley del aborto fuera aprobada en esta legislatura y que han aprovechado conscientemente
el compromiso de Gallardón, para manejarle a favor de sus intereses, poniendo
ante sus ojos el espejismo de una adhesión que nunca existió y menos aún, ahora
que no ha sido capaz de cumplir su promesa.
La carrera que hoy termina siempre estuvo salpicada de
retazos de una soledad más patente, si cabe, en estos últimos momentos. La
oposición a la aprobación de la Ley del aborto, de nombres mucho más
importantes para línea de actuación de Mariano Rajoy, ha propiciado el abandono
de los pocos apoyos con los que Gallardón contaba.
La intervención del Presidente de Gobierno, aparcando la
aprobación de la ley, según él, por la falta de consenso, ha sido la muestra
evidente de que Gallardón entró a formar parte del gabinete de prestado y de
que los contados halagos que pudo recibir por parte de sus compañeros, eran
simplemente, fingidos.
La emoción contenida que se ha hecho patente a lo largo de su
discurso de despedida, no hace sino aclarar que su marcha no se debe a un
ataque de pundonor, sino a que las presiones recibidas desde sus propias filas,
de uno y otro lado, han convertido en insoportable una situación, sufrida
durante demasiado tiempo, en silencio.
La mano de Soraya Saínz de Santamaría, se dice, está detrás
de la decisión de rechazar la reforma de la Ley y por añadidura, de la dimisión
del Ministro, pero esta medida que hoy toma Rajoy, podría acarrearle la pérdida
total de los votos del ala más fanática del catolicismo, con sus obispos y
cardenales a la cabeza.
Una deriva de estos votantes tradicionales del PP hacia
fuerzas como VOX, que defiende la derogación total de la Ley, agudizaría aún
más el fracaso del PP en las próximas elecciones municipales, al ser éstos,
fieles seguidores conservadores de toda la vida.
Evidentemente, la marcha de Gallardón podría también ser
interpretada como un triunfo de la oposición y de la lucha de las mujeres, que
se han opuesto reiteradamente a la aprobación de su ley, en la calle.
Sin embargo, la experiencia nos dice que el enemigo lo tenía
el Ministro dentro de casa y que nadie en el PP llorará su pérdida.
Pocas veces hemos conocido un político que contara con tan
pocos afectos.

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