Parece que finalmente la Ley del aborto propiciada por
Gallardón, con la que ha estado tratando de ganarse las simpatías del ala más
recalcitrante de su Partido, no verá la luz, dando la razón a los cientos de
miles de españolas que han estado manifestándose por todas la ciudades del
país, oponiéndose a la derogación de una Ley de plazos que respeta la total
libertad de ser madre, como ocurre en la inmensa mayoría de naciones civilizadas.
Levantando polémica desde que se anunció su posible
aprobación, ésta ley representaba para las mujeres españolas un bestial
retroceso que equiparaba el derecho a decidir sobre la maternidad, con el que
se disfrutaba incluso antes de la llegada de la primera ley, cuando era
necesario marchar al extranjero, en el caso de no querer mantener, por la razón
que fuere, un embarazo no deseado.
Muchas han sido las voces relevantes que se han alzado contra
el contenido de la nueva Ley, incluidas algunas muy conocidas del Partido
Popular, aunque sus defensores, fuertemente ligados a las posturas de la
Iglesia católica, ya se frotaban las manos pensando que su aprobación quedaba a
la vuelta de la esquina, como han manifestado en la prensa de corte más
conservador, que ahora busca la manera de presionar al Ministro, para que siga
adelante con su proyecto.
Parado en una encrucijada de la que seguramente acabará por
no poder salir, Gallardón se debate ahora entre la necesidad de continuar
defendiendo las que ha definido como sus convicciones o volver a una imagen de
progresismo que contentaba mucho más al grupo más centrista de los suyos y que
le había reportado una buena relación con otros partidos del arco político, que
ahora parece haberse diluido, tras su giro forzado hacia la derecha.
El hecho de que los ciudadanos estén satisfechos con los
supuestos que recoge la Ley en vigor, tampoco ayuda mucho a las supuestas
pretensiones de un Ministro, muy ocupado en la actualidad con el tema del
Referendum de Cataluña y que se está jugando además, su continuación o no en el
gabinete de Mariano Rajoy, dada la clara oposición a su ley, que dicen, hace
Soraya Sainz de Santamaría.
Porque Gallardón entró en el gobierno de una manera casi
inesperada, tras ganar un reñido pulso a una Esperanza Aguirre que durante
mucho tiempo había sido su más declarada enemiga y a todos los que como ella,
veían en el ex alcalde de Madrid, un elemento más cercano a las tesis del ala
derecha del PSOE, que a las de su propio partido.
Por tanto, buscar el apoyo perdido de corrientes
conservadoras absolutamente indignadas con él, pareció convertirse en la primera
necesidad a remediar, a su llegada al Ministerio.
Así que inició una
cruzada personal que le ha ido envolviendo en un tortuoso camino en el
que ha tenido que dejar atrás a muchos antiguos incondicionales y aunque es
verdad que también ha ganado un apoyo incipiente de algunos socios más cercanos
a la corriente del ex Presidente Áznar y su querida esposa, el balance obtenido
no termina de ser lo positivo que en un principio imaginó y al final, se ha
quedado solo ante un peligro, cuya solución resulta ser bastante farragosa.
Si se atreve a dimitir o no, ya lo veremos, pero el varapalo
de no ver aprobada su Ley estrella, mina profundamente la carrera política de
Gallardón y lo devuelve a una línea de salida de la que partió al menos, con la
aquiescencia de gente que ahora se ha ido bajando del tren que pilotaba,
dejándole un poco, a la merced de las decisiones personales que sobre él quiera
tomar un Rajoy, cada vez más presionado por sus detractores.
Continuar defendiendo un proyecto inviable, seguramente, le
costará el puesto y abandonarlo, dará la razón a todos aquellos que en su día,
manifestaron abiertamente la desconfianza que sentían hacia él, algunos
llegando al insulto personal, en determinados medios, como Jiménez Losantos.
Habrá que oír lo que dice ahora el periodista en su programa
radiofónico, aunque todos podemos imaginar que no serán precisamente lindezas y
lo que no sabemos es si Gallardón se encuentra preparado para empezar de cero o
si terminará por rendirse a la evidencia de que empieza a estorbar seriamente a
su partido, se coloque dónde se coloque.

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