domingo, 14 de septiembre de 2014

La lucha por Madrid


La renuncia de Ana Botella, a presentarse a las elecciones municipales encabezando la lista del PP por Madrid, abre extraoficialmente la próxima campaña electoral y acucia a Mariano Rajoy a inclinarse por alguno de los nombres que ya se manejan en las tertulias, aunque en principio su postura esté siendo la de guardar en torno a este tema, un inexplicable silencio.
La capital, que ha sido en los últimos años uno de los graneros de votos incondicionales para los populares, parece estarse rebelando con cierta contundencia contra las políticas de recortes del gobierno Rajoy y seguramente, sus habitantes no están dispuestos a consentir que se les sigan robando determinados derechos sociales y laborales, aunque para ello hayan de cambiar, radicalmente, su intención en las urnas.
La impopularidad de la esposa de Aznar y sus incomprensibles actuaciones en casos como el de Madrid Arenas, tampoco han ayudado a mantener la buena imagen que el PP tenía entre sus electores madrileños, sino que estaban empezando a transformar comprensiblemente su simpatía por las políticas conservadoras, en un  miedo cerval a que determinados privilegios muy instalados en las mismas entrañas de la ciudad, acabaran finalmente perdiéndose del todo, como ya ha pasado en otras Comunidades gobernadas por el PP, aunque se nieguen a reconocerlo.
Era de esperar que a raíz de esto, personajes como Esperanza Aguirre reaparecieran en escena y hasta que reclamaran volver a un panorama político que dijeron abandonar por motivos personales, pero que todos sabemos que dejaron, acuciados por ciertos problemas de corrupción, como es el caso Gúrtel o el de Bankia, en los que bien podrían haber sido imputados, de no haberse retirado a tiempo.
Que a Mariano Rajoy, sin embargo, no le parezca oportuno que una de sus peores enemigas deba encabezar las listas por Madrid, constituye sin duda una certeza, pero el dilema de que probablemente pueda ser la mejor de las candidatas, si no se quiere perder estrepitosamente el trono capitalino, debe estar provocando un tremendo dolor de cabeza a un Presidente de Gobierno que ha encontrado en callar hasta el último minuto, un punto de fuerza desde el que resistir a los ataques de los suyos y de los otros grupos políticos.
Frente a Aguirre, Cristina Cifuentes, que sin admitir abiertamente que ella puede ser quién contenta al ala más próxima a los que ahora gobiernan, parece esperar con paciencia a que Rajoy se pronuncie en su favor, estando felizmente dispuesta a competir con su compañera de partido, por la que no demuestra ni ha demostrado nunca, demasiada simpatía.
Entretanto, las encuestas siguen sin augurar buenos resultados para los populares y el ascenso de Podemos que se está reafirmando como tercera fuerza política en todo el país, es un hecho también en Madrid, dónde seguro cuenta con el voto de todo el que esté convencido de que hay que cambiar, radicalmente, la manera de llevar los Ayuntamientos.
La lucha por Madrid se presume, púes, encarnizada y hasta cruenta, ya que hacerse con el gobierno de la capital es, necesariamente, un primer paso, si lo que se intenta es una transformación total de lo que se ha venido haciendo hasta ahora y que tanto daño ha causado al bienestar de la ciudadanía.
Lo más probable, es que Aguirre, Cifuentes o quién sea finalmente el candidato que decida presentar el PP, acabe perdiendo el cetro de mando en Madrid, bien a favor de un PSOE que tampoco ha revelado aún el nombre del elegido, bien a favor de un exultante Podemos o incluso, sorpresivamente, a favor de UPD, que todavía no ha dicho la última palabra en esta cuestión, pero cuyo ideario comulga perfectamente, con la manera de pensar de muchos madrileños.
Todo dependerá del tirón que cada cual tenga cuando de verdad empiece la campaña y de la capacidad de olvidar que tengan los votantes llamados a las urnas, que son, en definitiva, quienes decidirán el destino que para sí mismos quieren, en un futuro próximo.
El paro, la corrupción y los recortes llevados a cabo en Educación y Sanidad, amén de otras pérdidas de derechos sociales, de momento irrecuperables, inclinarán, como no puede ser de otra manera, el peso de la balanza.
Los errores, como todos sabemos, acaban por pagarse.


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