La renuncia de Ana Botella, a presentarse a las elecciones
municipales encabezando la lista del PP por Madrid, abre extraoficialmente la
próxima campaña electoral y acucia a Mariano Rajoy a inclinarse por alguno de
los nombres que ya se manejan en las tertulias, aunque en principio su postura
esté siendo la de guardar en torno a este tema, un inexplicable silencio.
La capital, que ha sido en los últimos años uno de los
graneros de votos incondicionales para los populares, parece estarse rebelando
con cierta contundencia contra las políticas de recortes del gobierno Rajoy y
seguramente, sus habitantes no están dispuestos a consentir que se les sigan
robando determinados derechos sociales y laborales, aunque para ello hayan de
cambiar, radicalmente, su intención en las urnas.
La impopularidad de la esposa de Aznar y sus incomprensibles
actuaciones en casos como el de Madrid Arenas, tampoco han ayudado a mantener
la buena imagen que el PP tenía entre sus electores madrileños, sino que
estaban empezando a transformar comprensiblemente su simpatía por las políticas
conservadoras, en un miedo cerval a que
determinados privilegios muy instalados en las mismas entrañas de la ciudad,
acabaran finalmente perdiéndose del todo, como ya ha pasado en otras
Comunidades gobernadas por el PP, aunque se nieguen a reconocerlo.
Era de esperar que a raíz de esto, personajes como Esperanza
Aguirre reaparecieran en escena y hasta que reclamaran volver a un panorama
político que dijeron abandonar por motivos personales, pero que todos sabemos
que dejaron, acuciados por ciertos problemas de corrupción, como es el caso
Gúrtel o el de Bankia, en los que bien podrían haber sido imputados, de no
haberse retirado a tiempo.
Que a Mariano Rajoy, sin embargo, no le parezca oportuno que
una de sus peores enemigas deba encabezar las listas por Madrid, constituye sin
duda una certeza, pero el dilema de que probablemente pueda ser la mejor de las
candidatas, si no se quiere perder estrepitosamente el trono capitalino, debe
estar provocando un tremendo dolor de cabeza a un Presidente de Gobierno que ha
encontrado en callar hasta el último minuto, un punto de fuerza desde el que
resistir a los ataques de los suyos y de los otros grupos políticos.
Frente a Aguirre, Cristina Cifuentes, que sin admitir abiertamente
que ella puede ser quién contenta al ala más próxima a los que ahora gobiernan,
parece esperar con paciencia a que Rajoy se pronuncie en su favor, estando
felizmente dispuesta a competir con su compañera de partido, por la que no
demuestra ni ha demostrado nunca, demasiada simpatía.
Entretanto, las encuestas siguen sin augurar buenos
resultados para los populares y el ascenso de Podemos que se está reafirmando
como tercera fuerza política en todo el país, es un hecho también en Madrid,
dónde seguro cuenta con el voto de todo el que esté convencido de que hay que
cambiar, radicalmente, la manera de llevar los Ayuntamientos.
La lucha por Madrid se presume, púes, encarnizada y hasta
cruenta, ya que hacerse con el gobierno de la capital es, necesariamente, un
primer paso, si lo que se intenta es una transformación total de lo que se ha
venido haciendo hasta ahora y que tanto daño ha causado al bienestar de la
ciudadanía.
Lo más probable, es que Aguirre, Cifuentes o quién sea
finalmente el candidato que decida presentar el PP, acabe perdiendo el cetro de
mando en Madrid, bien a favor de un PSOE que tampoco ha revelado aún el nombre
del elegido, bien a favor de un exultante Podemos o incluso, sorpresivamente, a
favor de UPD, que todavía no ha dicho la última palabra en esta cuestión, pero
cuyo ideario comulga perfectamente, con la manera de pensar de muchos
madrileños.
Todo dependerá del tirón que cada cual tenga cuando de verdad
empiece la campaña y de la capacidad de olvidar que tengan los votantes
llamados a las urnas, que son, en definitiva, quienes decidirán el destino que
para sí mismos quieren, en un futuro próximo.
El paro, la corrupción y los recortes llevados a cabo en Educación
y Sanidad, amén de otras pérdidas de derechos sociales, de momento irrecuperables,
inclinarán, como no puede ser de otra manera, el peso de la balanza.
Los errores, como todos sabemos, acaban por pagarse.

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