Las imágenes de Marta Ferrusola, esposa de Jordi Pujol,
mandando a un periodista a la mierda, mientras se sube a un taxi, ponen en
evidencia que a pesar de que su familia y ella misma se encuentran en el filo
de la navaja, la soberbia de haber sido durante años primera dama de Cataluña,
la ha impregnado con el desdén hacia los demás que suele ser propio de quién se
considera superior, sin que muestre ninguna evidencia de arrepentimiento por
los gravísimos delitos presuntamente cometidos, sino más bien, una mala
educación impropia en sus circunstancias
actuales.
La humildad, que es un bien que escasea en los tiempos que
vivimos, habría sido mucho más conveniente para la señora Ferrusola, ahora que
junto a su marido e hijos le queda por delante un largo y farragoso camino que
recorrer, si su implicación en el caso, como se presume, resulta tener una
importancia capital para la acción de la justicia.
Puede que con cierta ignorancia, la mujer de Pujol haya
creído que al pronunciar la frase en catalán, los españoles no seríamos capaces
de saber el significado exacto de sus palabras, pero la similitud de estas en
concreto, con el idioma que hablamos, nos ha permitido una traducción
prácticamente simultánea, aunque ya los medios de comunicación que han ofrecido
la información también hayan puesto en claro su contenido.
Sin embargo, parece que la señora Ferrusola no se ha enterado
de que se han terminado sus privilegios y que toda la poca o mucha admiración
que pudieran haber levantado los Pujol en Cataluña, hasta hace unos meses, ha
quedado sepultada por la avalancha de la vileza de sus supuestos delitos, dando
paso a un rechazo general del que probablemente, no podrán recuperarse nunca.
Así que le incomode o no, habrá de acostumbrarse a ser
abordada por la prensa allá dónde vaya y a tener que escuchar preguntas que
seguramente en casi ningún caso serán de su agrado, todas ellas relacionadas
con el caso de corrupción que parece haber protagonizado el clan al que
pertenece y que parece sacado de una novela de Mario Puzzo y no de los
quehaceres normales de la historia familiar de un político.
Estafar el peculio de los ciudadanos manteniendo cuentas
corrientes en el extranjero, con capitales de oscura procedencia, suele provocar
una curiosidad natural en los que se dedican a informar como profesión y su
obligación para obtener a cambio de ello un sueldo, no es otra que indagar a
base de preguntas, en el mismo meollo de la cuestión y por añadidura,
intentando ser contestados por los primeros actores del caso que se trata.
Habrá que anticipar a Marta Ferrusola que le quedan meses de
dura lidia con los medios de comunicación y que si nada lo remedia, hasta puede
que tenga que responder ante la justicia como imputada, junto a los suyos, para
lo que necesitará templar nervios y mantener la calma, porque si respondiera al
juez de la misma manera en lo ha hecho hoy con la prensa, con toda probabilidad
incurriría en un delito y no saldría tan bien parada de tal suceso.
Hubo un tiempo en que los delincuentes, al cruzarse con otros
por la calle, bajaban la cabeza avergonzándose de sus actos, como señal de
respeto hacia la sociedad y hacia sí mismos.
Los de ahora, no solo no aparecen en público con la cabeza alta e intentando situarse por encima
del bien y del mal, sino que se permiten insultar a sus interlocutores, como si
ellos tuvieran la culpa de sus problemas con la justicia.
Pues no. La culpa de cada cual, sólo a sí mismo corresponde y
está claro que la señora Ferrusola podría vivir con total tranquilidad, si no
se hubiera metido antes, por voluntad propia, en tamaño lío.

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