La respuesta de Mariano Rajoy a la convocatoria del
Referendum catalán, ni se ha hecho esperar, ni ha aportado ningún nuevo
argumento, que pudiera hacer pensar que esté dispuesto a sentarse a negociar,
sino más bien, a buscar el fácil amparo del respaldo de un Tribunal
Constitucional, que todos sabemos que declarará nula la validez de la consulta.
Ni la reunión del Consejo de Estado de ayer, ni la urgencia
con que fue convocada, han servido para que el gobierno popular dé un solo paso
atrás en su negativa categórica a las propuestas de los nacionalistas catalanes
y el discurso lanzado por el Presidente ha sido un claro ejemplo de otro tipo de
nacionalismo, éste español, basado en la premisa de que cualquier Referendum
que pudiera ser legalmente convocado tendría, indefectiblemente, que poder ser
votado por todos los ciudadanos del Estado.
Enrocado en su inaccesible posición, sin dar posibilidad de
que puedan abrirse nuevas ventanas por las que dejar entrar un poco de sosiego
para las aspiraciones de catalanes y españoles, Rajoy no está dispuesto a ceder
y ha dejado meridianamente claro que al menos mientras que él gobierne, no
habrá lugar a consultas que afecten a la unidad nacional que siempre ha sido
defendida, a ultranza, por los gobiernos de derechas.
Algunos, han querido ver un atisbo de que pudiera abordarse
una reforma de la Constitución, pero el contexto general de las palabras del
Presidente ni siquiera contempla, respecto a este tema, una sola duda sobre la
divisibilidad del Estado.
Mientras en los balcones de los Ayuntamientos catalanes
cuelgan carteles alusivos a los días que faltan para la celebración del
Referendum, el TC se apresura a emitir
un veredicto que ilegalizará todo el
proceso y solo habrá que esperar para ver la postura que adoptará el Gobierno
catalán y sus socios, cuando conozca la
sentencia.
Seguramente, Mas acatará la ley y alegando que ya ha cumplido
su compromiso de convocatoria, se retirará de la escena y, como mucho,
convocará nuevas elecciones.
Pero ER, que se encuentra en el mejor momento que se le ha
conocido desde su llegada a la política, con toda seguridad apelará a una
desobediencia civil y ya veremos qué respuesta obtiene, por parte de la
ciudadanía.
Entretanto, la vía del
diálogo continúa sin ser contemplada y la maraña crece sin que ninguno de los líderes dé un paso al
frente para buscar una solución.
La terquedad y la intolerancia no es, en este caso,
patrimonio de uno solo.
Así que puede que todo vaya mucho peor a partir de hoy.

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