lunes, 15 de septiembre de 2014

El fantasma de una nueva guerra


Mientras cobra cuerpo la posibilidad de una nueva guerra, ahora contra los yihadistas que luchan con enorme crudeza en Siria y en Irak, con la intención de constituir un  estado islámico, en la política española se libra otra clase de guerra entre partidos que va subiendo de tono, a medida que se va acercando la fecha de las nuevas elecciones municipales.
Esto no quiere decir que Mariano Rajoy no vaya a sumarse a la posibilidad de una nueva intervención armada, tal como hizo su antecesor y correligionario Áznar en el conflicto del gofo, siguiendo el mandato de su admirado Bush y  junto a su íntimo amigo Blair, aduciendo razones que con el tiempo se demostraron absolutamente falsas.
Evidentemente, las imágenes de los civiles degollados por estos grupos islámicos no pueden ser más duras y terribles, pero uno no tiene por menos que preguntarse cómo ha podido llegarse a esta situación, por ejemplo en Irak, después de que los americanos presumieran a bombo y platillo de haber acabado con la tiranía de Sadam Hussein, pacificando un territorio en el que hasta entonces, según ellos, resultaba imposible vivir y pensar abiertamente.
Sin embargo, su prolongada estancia en el país del petróleo, no parece haber dado los frutos apetecidos y en lugar de ayudar a los ciudadanos a reconstruir un territorio que quedó bastante devastado después de la contienda, lo que se ha potenciado es un sentimiento bastante generalizado de odio irracional hacia los poderosos Estados de Occidente, provocando un conflicto aparentemente mayor que el que pudiera existir, antes de la guerra del golfo.
También en Siria las cosas han ido a peor y a la contumacia de quien la gobierna en aferrarse al poder, habrá que añadir a partir de ahora, el probable avance de los fundamentalistas islámicos, a los que resultará prácticamente imposible convencer de alcanzar un acuerdo negociado, en el caso improbable de que fuera esto lo que se pretendiera.
Periódicamente, todo parece conjugarse para que los Estados Unidos hayan de acudir necesariamente en ayuda armada de alguna Nación del Oriente, cosa que podría demostrar la total ineficacia de los cuerpos diplomáticos de todos los países desarrollados de Occidente, que no logran jamás un solo triunfo que evite las absurdas guerras que últimamente se están produciendo en este Mundo nuestro.
 Tampoco el papel de  Europa, absolutamente enfrascada en superar su larguísima crisis y envuelta ahora también, en un tira y afloja de difícil resolución con la vecina Rusia, resulta comprensible para los ciudadanos de a pie, que miran con horror cómo cada cierto tiempo, sus ejércitos se ven abocados a combatir esas guerras de guerrillas que siempre terminan por perder, dada la dificultad que representa enfrentarse a pequeños grupos armados diseminados por un territorio que conocen como la palma de su mano, como ya pasó en Vietnam o en Corea, en enfrentamientos anteriores.
El espíritu pacifista de los europeos parece chocar frontalmente con el afán belicista de sus gobernantes y es probable que en un corto espacio de tiempo, nos toque volver a las calles a demostrar nuestra más rotunda oposición a que los soldados españoles vuelvan a verse en la tesitura de tener que marchar a estos nuevos focos de conflicto.
Porque Rajoy no tiene, ya lo sabemos, el empaque necesario para oponerse a las imposiciones de sus socios americanos y europeos y no me cabe la menor duda de que, de ser llamado, acudirá como un corderito, ofreciendo todos los medios a su alcance.
Estaría bien recordarle, antes de que ocurra, que la intervención en la guerra de Irak y fundamentalmente los atentados que se produjeron en Madrid como probable consecuencia de ella, costó a su compañero Áznar la pérdida de unas elecciones generales y la vergüenza de tener que salir de Moncloa, por la puerta pequeña.
Quizá si sopesa esta posibilidad, sienta repentinamente la necesidad de declararse neutral en el conflicto, aunque no creo, porque seguramente entonces se perdería la oportunidad de aparecer en una de esas fotos que se cuelan en los libros de historia y que convierten a sus protagonistas en tristes celebridades eternas.




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