Es fácil entender que para un Partido que se presenta a unas
Elecciones Generales, obtener una mayoría absoluta que le permita gobernar en
solitario, pueda ser una meta difícil de obtener, pero por la que hay que
luchar con uñas y dientes y es razonablemente comprensible que esto sea así y
no de otra manera, sobre todo si como en un país como el nuestro, esa mayoría
absoluta garantiza el hecho de tomar decisiones sin ningún tipo de oposición,
durante los cuatro años que dura una legislatura.
Sin embargo para los pueblos y para el nuestro en particular,
que tiene la desgracia de no contar con recursos legales que permitan apear del
poder a aquellas formaciones políticas que incumplan el programa con el que se
presentaron a los comicios y que ha de conformarse con la línea política que
haya decidido seguir el ganador de esa mayoría, no deja de ser una desgracia de
la que no se puede escapar y a la que habremos de permanecer anclados, hasta
que se nos de una nueva oportunidad de acudir a las urnas.
El caso del PP, con Mariano Rajoy a la cabeza y el modo en
que ha afrontado desde su llegada las labores de gobierno, constituye en sí
mismo, un claro ejemplo de que la satisfacción de los ganadores y el
sentimiento de indignación que se impone en la sociedad, a causa de la
imposibilidad de hacerse oír, ni siquiera a través de los grupos de oposición
en el Parlamento, van en relación estrictamente inversa.
La aprobación de medidas económicas por Decreto que se han
venido sucediendo desde que Rajoy ocupó su cargo en la Moncloa y la aprobación
de Leyes como la Reforma Laboral o la Ley del aborto, junto con la sucesión
interminable de recortes sociales que hemos tenido que sufrir estoicamente los
españoles, deja patente que para la totalidad de los ciudadanos, la existencia
de una mayoría absoluta en el Congreso, es un auténtico tormento.
Como continuación al sinfín de tropelías que el PP ha
cometido amparado en esa mayoría, parece
que el próximo Jueves se va a aprobar, cómo no, también por decreto, un paquete
amplísimo de medidas capaces de modificar el trasfondo económico que hasta
ahora nos era familiar y que se volverá a hacer sin contar con la opinión de
los otros Grupos Parlamentarios, nuevamente a través de esa mayoría que
constituye una patente de Corso, para Rajoy y los suyos.
Poco o nada va a importar que los líderes de todos los otros
Partidos presentes en el Congreso hayan empezado a hablar de que se está
secuestrando la democracia y que se opongan en bloque a la aprobación de este
Decretazo que ni siquiera se impone ya, de manera encubierta.
Otra vez, los españoles tendremos que aceptar lo que Mariano
Rajoy nos quiera imponer y sea lo que sea, habremos de cargar con ello, al
menos, hasta las Elecciones Generales para las que aún falta, aproximadamente
año y medio.
Para entonces, la derecha ya se habrá encargado de esquilmar
los pocos recursos que aún puedan quedarnos, apoyados en la reforma de nuestro
IRPF, el pago de nuevos impuestos por nuestras indemnizaciones por despido o
por la venta de nuestras casas y habrá conseguido ganarse la estima de los
magnates europeos a los que sirven de una manera patética, a costa del
sacrificio extremo que exigen a todos los españoles.
Lo malo es que estos caminos, raramente permiten una vuelta
atrás y que suele ser norma de todos los gobiernos actuales, del signo que
sean, aceptar como bueno todo aquello que les permita llenar las arcas del
·Estado, por lo que estas medidas de corte dictatorial y recaudatorio, bien
podrían, a partir de ahora, convertirse en costumbres.
Y sin embargo, ninguno de los grupos parlamentarios ha
defendido aún la urgencia de cambiar la legalidad vigente para poder introducir
en ella algún tipo de Ley que permita forzar la dimisión de un gobierno, si
como es el caso de ahora, abusara de su poder, en perjuicio flagrante de los
ciudadanos a los que, teóricamente,
representa.
Alguna Ley que se tenga mayoría absoluta o no, termine con
las tiranías impuestas al conjunto de la sociedad por determinado grupo en el
poder y que claramente favorece a otros intereses que nada tienen que ver con
el bienestar de toda la sociedad, de la que debe ser servidor y a cuyo
beneficio se debe.
El Decretazo que se nos viene encima podría ser, no obstante,
el detonante que agite nuestra frágil calma social y la gota que acabe de
colmar el vaso de nuestra infinita paciencia.
Tener cada vez menos, ser denostados, vejados y vapuleados
reiterativamente por nuestros
gobernantes, empieza a causar en nosotros una especie de odio
incontrolable por la figura de los políticos y no puede traer otra cosa que una
mayor indignación y ganas de combatir los abusos.
Rajoy está tensando tanto la cuerda, que acabará rompiéndose
en el momento más inesperado.

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