La detención del ex Presidente Francés Nicolás Sarkozy y sus más de quince horas de exhaustiva
declaración en una Comisaría francesa, acaba de causar en España una serie de
sentimientos cruzados, entre la sorpresa y la envidia, al comprobar que fuera
de nuestras fronteras verdaderamente parece existir una justicia absolutamente
igualitaria que cumple con rotundidad sus funciones, independientemente de la
relevancia que puedan tener los individuos con los que se enfrente.
Puestos a comparar, los delitos de los que se acusa al ex
Presidente francés podrían ser exactamente los mismos que el juez Ruz pudiera
achacar a Rajoy, si como se prevé, sus investigaciones acaban probando la
financiación ilegal de las campañas electorales de su Partido.
Y sin embargo, mientras en Francia no duelen prendas en ir a
la raíz del problema y detener abiertamente y sin tapujos al presunto culpable,
en este caso por la financiación de su campaña de 2007, en esta España nuestra,
difícilmente veremos a quién hoy gobierna los destinos de la Nación en una
situación similar, aunque llegara a presumirse su culpabilidad en tal delito y
sobre todo, por los privilegios que le concede su aforamiento.
La similitud entre los casos es tal, que podría parecer que
se calcaron uno de otro, tanto en los fines, como en los medios. Grandes
empresarios tácitamente sometidos a una especie de extorsión y obligados a
ofrecer jugosos donativos a cambio de favores, informadores estratégicamente
situados en los ambientes judiciales capaces de filtrar una relación detallada
de los pasos que se van dando en los casos de corrupción abiertos y una prensa
potente, encargada de hacer la vista gorda a lo que a todas luces parece ser
constitutivo de delito e incluso de levantar cortinas humo que empañen las más
claras evidencias, haciéndose eco de efímeros escándalos relativos a otras
Formaciones, para alejar la atención de lo
que verdaderamente podría herir de muerte a los que se encuentran en la
cresta del poder.
No me cabe la menor duda de que en Francia si Sarkozy tiene
que caer, caerá, ni tampoco de que la justicia será implacable a la hora de
juzgarle, si llegan a demostrarse sus delitos.
Tampoco dudo de que se exigirán explicaciones sobre todos sus
actos al ex Presidente, teniendo en cuenta que ya se le han practicado escuchas
telefónicas y que incluso podrían tenerse pruebas de su implicación a través de
ellas, de propia voz y manifestadas en primera persona.
De este modo, los ciudadanos franceses podrán sentir todo el
orgullo de que nosotros carecemos, sobre el funcionamiento de su sistema
judicial y se acostarán a diario con la sensación de que nadie, por alto que
sea su cargo, puede escapar a la acción de una justicia igual para todos.
Nosotros, sin embargo, de poder presumir de algo, sólo podría
ser de haber batido todos los records existentes en cuanto a número de casos de
corrupción y también del de las sentencias absolutamente inexplicables que
siguen a casi todos ellos, pues suelen saldarse con incomprensibles
absoluciones, o con penas infinitamente inferiores a las que deberían
corresponder a la importancia de los delitos.
Claro que cuando los franceses hablan de sus políticos, quizá
pueden hacerlo refiriéndose a ellos como personas a las que se sobreentiende
una honestidad probada, mientras que los españoles, a la vista de lo que nos
ocurre en los últimos tiempos, habremos de buscar exhaustivamente para poder
tropezar con alguno que no tenga sobre su espalda la sombra de alguna sospecha.
Puede que los años que nos llevan en la práctica de la
Democracia, hayan servido para que los políticos tengan claro que han de estar
al servicio de los ciudadanos y no los ciudadanos al servicio de los políticos.
Uno no puede por menos que sentir amargura al comprobar la
poca suerte que nos ha deparado la historia, tras haber soportado más de
cuarenta años de dictadura y haber luchado tanto por asentar en el poder a
quienes ahora nos pagan con un uso abusivo y despiadado de los cargos que
ocupan, sola y únicamente, gracias a la gentileza de nuestros votos.
Mucho tiempo habrá pues de pasar, para que en España suceda
lo que pasa hoy en Francia y para que tengamos la certeza de que no existen
barreras capaces de obstaculizar la acción de una Justicia, independiente de
toda influencia de poderes fácticos, ciega e igualitaria para todos los seres
humanos que habitan nuestro territorio.
Basta el ejemplo que acabamos de ver en la imputación de la
Infanta Cristina, para entender la gran diferencia que nos separa de otros
países en esta materia.
Y lo peor, es que ni siquiera se avergüenzan.

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