jueves, 24 de julio de 2014

Dos horas de agonía


Que todavía exista la pena de muerte en países que se llaman civilizados y que en esta era de supuesto progreso y tecnología no hayan encontrado esos países un modo de acabar con esta justicia violenta, que repite el patrón de los asesinos arrastrando a los condenados hasta la cabina en la que se les inocula letalmente, constituye ya en sí mismo, un anacronismo que no parece ir en concordancia con  la modernidad del pensamiento y  una venganza fría que devuelve a quién se atrevió a quitar la vida a otros, una misma moneda con la que supuestamente, se salda su deuda con la sociedad.
Pero la pena de muerte no siempre se aplica a culpables y ya hemos visto en infinidad de casos, ejecuciones de personas que luego se han probado inocentes e incluso en demasiadas ocasiones, que el castigo se ha practicado a enfermos siquiátricos que no eran en absoluto responsables de  sus actos, a los que las Instituciones habían abandonado a su suerte, sin proporcionarles un tratamiento.
En el País más poderoso del mundo, como todos sabemos, aún existen bastantes Estados en los que se continúa ejerciendo esta práctica y ha sido precisamente en uno de ellos, Arizona para más señas, donde un condenado ha tardado dos horas en morir tras recibir una inyección letal, que no parece haber hecho el efecto inmediato que de ella se espera, provocando en el reo una larguísima y dolorosa agonía.
Este imperdonable error, naturalmente cometido sin intencionalidad, pero que en ningún modo había sido previsto, vuelve a poner en tela de juicio la eficacia de los medios usados para tan espantoso fin y aconseja un replanteamiento inmediato sobre la legalidad de este tipo de condenas, que chocan frontalmente con los principios éticos y morales que cualquier persona de bien debiera defender, aún cuando haya de enfrentarse al peor de los asesinos que se hubiera conocido en el mundo.
Ya la cadena perpetua, vigente en muchísimos países, constituye quizá un castigo demasiado exagerado que priva de libertad a las personas durante el resto de su vida, pero la aplicación de la pena de muerte, acaba con cualquier posibilidad de revisión de los casos y con la oportunidad para el ejecutado de poder probar en algún momento su inocencia, si surgieran nuevos métodos de investigación, por ejemplo genéticos, con los que tal vez pudiera hacerlo.
A quién pueden exigirse responsabilidades cuando algo así sucede, es un interrogante que  puede ayudar a los que todavía son partidarios de la condena a muerte, a dejar de serlo y a empezar a plantearse hasta qué punto los hombres  están moralmente capacitados para erigirse en dioses, aplicando una violencia extrema sobre otros, hasta acabar con su vida… y alegrarse de haberlo hecho.

La civilización es otra cosa. Quizá como alguien dijo alguna vez es odiar el delito y compadecer al delincuente. Porque ensañarse en la aplicación de una venganza que no devolverá la vida a las víctimas, como aplicación de una legalidad judicial francamente discutible, no es más que permanecer anclados a un razonamiento absolutamente prehistórico y demostrar que el progreso, tal como se conoce, no ha llegado a todos los lugares por igual, ni ha influido en el pensamiento humano tan profundamente, como quienes se proclaman sus valedores pretenden. 

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