Que todavía exista la pena de muerte en países que se llaman
civilizados y que en esta era de supuesto progreso y tecnología no hayan
encontrado esos países un modo de acabar con esta justicia violenta, que repite
el patrón de los asesinos arrastrando a los condenados hasta la cabina en la
que se les inocula letalmente, constituye ya en sí mismo, un anacronismo que no
parece ir en concordancia con la modernidad
del pensamiento y una venganza fría que
devuelve a quién se atrevió a quitar la vida a otros, una misma moneda con la
que supuestamente, se salda su deuda con la sociedad.
Pero la pena de muerte no siempre se aplica a culpables y ya
hemos visto en infinidad de casos, ejecuciones de personas que luego se han
probado inocentes e incluso en demasiadas ocasiones, que el castigo se ha
practicado a enfermos siquiátricos que no eran en absoluto responsables de sus actos, a los que las Instituciones habían
abandonado a su suerte, sin proporcionarles un tratamiento.
En el País más poderoso del mundo, como todos sabemos, aún
existen bastantes Estados en los que se continúa ejerciendo esta práctica y ha
sido precisamente en uno de ellos, Arizona para más señas, donde un condenado
ha tardado dos horas en morir tras recibir una inyección letal, que no parece
haber hecho el efecto inmediato que de ella se espera, provocando en el reo una
larguísima y dolorosa agonía.
Este imperdonable error, naturalmente cometido sin
intencionalidad, pero que en ningún modo había sido previsto, vuelve a poner en
tela de juicio la eficacia de los medios usados para tan espantoso fin y
aconseja un replanteamiento inmediato sobre la legalidad de este tipo de
condenas, que chocan frontalmente con los principios éticos y morales que
cualquier persona de bien debiera defender, aún cuando haya de enfrentarse al
peor de los asesinos que se hubiera conocido en el mundo.
Ya la cadena perpetua, vigente en muchísimos países,
constituye quizá un castigo demasiado exagerado que priva de libertad a las
personas durante el resto de su vida, pero la aplicación de la pena de muerte,
acaba con cualquier posibilidad de revisión de los casos y con la oportunidad
para el ejecutado de poder probar en algún momento su inocencia, si surgieran
nuevos métodos de investigación, por ejemplo genéticos, con los que tal vez
pudiera hacerlo.
A quién pueden exigirse responsabilidades cuando algo así
sucede, es un interrogante que puede
ayudar a los que todavía son partidarios de la condena a muerte, a dejar de
serlo y a empezar a plantearse hasta qué punto los hombres están moralmente capacitados para erigirse en
dioses, aplicando una violencia extrema sobre otros, hasta acabar con su vida…
y alegrarse de haberlo hecho.
La civilización es otra cosa. Quizá como alguien dijo alguna
vez es odiar el delito y compadecer al delincuente. Porque ensañarse en la
aplicación de una venganza que no devolverá la vida a las víctimas, como
aplicación de una legalidad judicial francamente discutible, no es más que
permanecer anclados a un razonamiento absolutamente prehistórico y demostrar
que el progreso, tal como se conoce, no ha llegado a todos los lugares por
igual, ni ha influido en el pensamiento humano tan profundamente, como quienes
se proclaman sus valedores pretenden.

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