Muy mal anda el PSOE, si realmente cree que volverá a ganar
la confianza del electorado español eligiendo un nuevo Secretario General y
dando un somero lavado de cara a su manera de hacer política, porque la imagen
que ofrecen los tres candidatos en liza a la ciudadanía en general, es en
definitiva, un claro reflejo de la caótica situación que se vive en el seno de
la Formación y no consigue paliar, ni siquiera mínimamente, ni uno solo de los
grandes errores que cometieron durante la etapa en que Zapatero gobernaba el
país, ni en el tiempo que Rubalcaba ha sido cabeza de una oposición que ha
parecido más bien inexistente.
Verán, la clave del éxito del PSOE durante la etapa de la transición y en años
posteriores no fue otra que hacer a los ciudadanos pensar que estaban votando a
una izquierda moderada, alejada de planteamientos radicales, capaz de luchar
por los derechos laborales y sociales en el Parlamento y con líderes que nada
tuvieran que ver con las corruptelas que se acostumbraban a practicar, durante
la etapa del franquismo.
En esa época, el carisma innegable del tándem González y Guerra
y el ansia indiscutible de cambio que corría por las venas de los habitantes de
la nación, fue suficiente para aupar desde la nada a un Partido al que avalaban
cien años de historia y una presumible transparencia a la hora de hacer
política, que convencieron a una gran parte de aquel electorado que en 1982 le
dio la victoria.
Pero esa época de florecimiento quedó atrás y la evidencia de
que el poder corrompe y de que sobre todo, es capaz de transformar las
creencias hasta pulverizarlas del todo, han conseguido ir deteriorando las
bases en que se asentaba aquel socialismo de los primeros años, hasta
convertirlo en esta especie de esperpento ideológico sin definición que pulula
entre la derecha y la izquierda según soplen los vientos y carente de todo
sentido y de líderes capaces de cerrar definitivamente las páginas de su pasado
más reciente, deshaciéndose de todos los lastres humanos responsables de lo que
ha sido una pérdida de identidad que ha dejado a la gente huérfana de todo
aquello en lo que creyó e indignada por el enorme engaño que bajo esas siglas
se ha urdido, en los últimos tiempos.
Ninguno de los tres
candidatos que ahora se presentan como salvadores del proyecto socialista trae
un discurso mínimamente capaz de hacer tambalearse los cimientos de su Partido,
ni parecen tener la fuerza necesaria para comprender que se debe partir desde
cero, para lograr borrar la enorme degeneración que ha sufrido este socialismo
español que se ha perdido en su totalidad, a causa del servilismo demostrado a
los grandes, que asfixian a la población con sus continuas exigencias.
A ninguno de los tres se ha oído aún hacer una autocrítica
profunda de su última etapa de gobierno, ni reconocer que ellos fueron quienes
empezaron a abrir peligrosas puertas por las que después se ha colado Rajoy con
sus destructivas reformas laborales y sociales que han dejado a este pueblo en
la más absoluta de las ruinas, ni atreverse a expulsar de sus filas a todos
aquellos que hace tiempo cambiaron los principios fundamentales de su
ideología, por un ambicioso proyecto más cercano a las fuentes del capitalismo
feroz, que a las de un pensamiento concebido como apoyo incondicional a los
problemas de unos trabajadores, hoy abandonados a su suerte.
Asentados en cimientos de barro y en un imposible afán
reformista que en ningún caso puede dar resultados que saquen a su Partido del
hoyo profundo en que se encuentra, los candidatos parecen hablar, exclusivamente,
para los incondicionales capaces de soportar estoicamente todo lo que se pueda
llegar a hacer, simplemente por la fuerza de un fanático amor a unas siglas,
francamente desgastadas por la evidencia de unos actos abyectos.
Muchas veces hemos dicho y nos reafirmamos en ello, que el
PSOE más que una transformación necesita una auténtica Revolución, si quiere
sobrevivir a su propia tragedia y ninguno de estos tres candidatos posee ni el
empaque ni el criterio que debe mover a un revolucionario en sus comienzos, ni
la firmeza en tomar decisiones sin titubeos que caracteriza a los líderes
capaces de cambiar radicalmente una situación tan viciada.
Para eso tendrían que olvidarse, en principio, de su ambición
por el poder y entender que ser socialista está radicalmente reñido con las
aspiraciones que Europa tiene para nosotros.
Y partiendo de ahí, empezar a construir desde abajo, sin
prisa por gobernar, todo aquello que empezó a hacerse añicos cuando decidieron
que ya no eran marxistas, bajaron el puño, dejaron de cantar la Internacional y
se acomodaron a los placeres del consumismo, sucumbiendo a las exigencias de
los que ya antes se habían transformado en socialdemócratas en su querida
Europa y que en realidad, lo que habían descubierto era que coincidiendo con el
capitalismo se vivía, a nivel personal, infinitamente mejor.
Siento decir que cuando finalmente termine esta lucha por el
puesto de Secretario general y este PSOE que no está dispuesto a cambiar elija
por fin un nuevo líder, sea quien sea, los españoles continuaremos pensando que
ya no nos convencen, para nada, sus argumentos y que en el fondo, estamos
asistiendo a una sustitución de personas por otras que nada nuevo tienen que
ofrecer.
Qué pena de Partido y qué pena de espacio ideológico perdido,
únicamente por la influencia del color del dinero.

No hay comentarios:
Publicar un comentario