Un calor inmisericorde recorre la Península de Sur a Norte,
haciendo prácticamente imposible realizar casi ninguna actividad, si no es bajo
una buena sombra o en el interior de una
casa oscura y fresca.
Las ciudades medio vacías a causa del éxodo masivo,
principalmente hacia las playas, y la bajada del intenso tráfico que se
convierte en insoportable en invierno, contribuye también a crear una sensación
de cierta tristeza, en los que no tenemos la suerte de haber empezado las
vacaciones y tenemos aún que lidiar con las inclemencias del maldito tiempo.
Tampoco las noticias que nos llegan son, en sí,
suficientemente importantes como para provocar en nosotros esa necesidad de
comentarlas que a veces nos recorre la médula espinal, sobre todo si nos
producen indignación o llaman a la ira, como suele ocurrir con demasiada
frecuencia, en los últimos tiempos.
Solo personajes como Esperanza Aguirre parecen no dar tregua
en su lucha contra cualquiera que pueda resultar un peligro para la permanencia
de su Partido en el poder y ofrecen titulares en plena canícula, probablemente
ayudados por la confortabilidad de un buen aire acondicionado, allá dónde
celebran sus ruedas de prensa.
La vida política en verano, siempre sucede igual, se
convierte en un largo receso hasta la llegada del Otoño y sus Señorías
evidencian en sus apariciones una cierta inquietud por echar el cierre al
Parlamento, para perderse, cada cual seguramente, en algún maravilloso y caro
destino.
Poco o nada importa a los españoles en General, por ejemplo,
el nombramiento de Juncker en Europa o si De Guindos puede llegar a ocupar un
cargo de responsabilidad que seguramente habrá merecido por los servicios
prestados a la troika y en contra de la estabilidad de los ciudadanos.
Tampoco la marcha de las supuestas negociaciones en Cataluña,
ni las reuniones que Mas pueda estar teniendo con Rajoy o con el recién llegado
Pedro Sánchez, causan la más mínima sensación en este momento, hastiados como
estamos, de que continuamente se utilicen como cortina de humo, para tapar
males mucho mayores.
Sí que es verdad, que esta bendita desidia nos ofrece un
delicioso compás de espera y nos libera en cierto modo de algunas de nuestras
preocupaciones más urgentes, lo cual nos ayuda a tranquilizar el espíritu y a hacer un acopio de fuerzas de
cara a lo que se pueda avecinar y que no se prevé, por razones obvias, que
pueda ser nada bueno.
Esto no significa que nos hayamos entregado al ocio, ni que
hayamos dejado de pensar mal de todos aquellos que nos hacen padecer toda
suerte de indignidades. Únicamente y aún estando siempre alerta, no nos queda
otro remedio que bajar el ritmo y dedicarnos en cierta medida al reposo y a la
meditación, a poder ser, por favor, en agradable compañía.

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