jueves, 10 de julio de 2014

La guerra eterna


El recrudecimiento de la violencia entre israelíes y palestinos, cerca de la franja de Gaza, pone de manifiesto que el conflicto que perdura en el tiempo, con altos y bajos en esa zona del mundo, parece haberse convertido en una guerra interminable.
Ni mediadores ni expertos en la materia han conseguido hasta ahora dar con una solución que contente a las dos partes y esta batalla a muerte por la posesión de la tierra, que más parece propia de una época medieval, se va perpetuando con un alto coste de vidas humanas, que a nadie debe importar en realidad, cuando no son capaces de ceder ni un ápice en la dureza de sus posturas.
Es verdad que la superioridad armamentística de Israel posibilita que en algún momento termine por arrasar las zonas que ocupan los palestinos y también que éstos últimos están basando todas sus respuestas a los ataques en la actuación de grupos terroristas, pero si realmente hubiera voluntad de encontrar un camino que pudiera satisfacer los intereses de todos y una vía real de diálogo libre de toda violencia, terminar con un problema que está teniendo graves repercusiones a nivel mundial, podría estar más cerca, haciendo que unos y otros, por fin, pudieran emprender una vida con posibilidades de un futuro cierto, del que ahora carecen, a causa de la batalla campal que mantienen y del odio cerval  que llevan dentro, prácticamente desde la cuna.
El apoyo de las grandes potencias a uno u otro, tampoco ayuda nada al restablecimiento de la paz y los intereses materiales que mueven a los líderes mundiales, que jamás piensan en las personas y siempre en el negocio, constituyen en sí mismos, un obstáculo insalvable que impide cualquier tipo de acuerdo, quizá porque conviene que la tensión siga siendo una fuente de ingresos seguros, que de otro modo perderían los que manejan determinadas empresas.
 Y luego está la cuestión moral, que impide entender que Israel practique a diario con quienes considera sus enemigos, exactamente los mismos métodos que sufrieron los judíos en carne propia, durante la segunda guerra mundial y que asombraron al mundo por la magnitud de su crudeza.
Levantar muros, segregar a la gente por razones étnicas y en este caso también religiosas, hacer patente su superioridad por medio de la fuerza, recuerda peligrosamente lo que las SS se encargaron de hacer  y que constituyó uno de los episodios más terroríficos de cuántos se han producido a lo largo de la historia.
Y los árabes, que parecen sentirse orgullosos de no haber evolucionado en el tiempo y que apoyan inexplicablemente el fanatismo de los líderes de los grupos terroristas, dispuestos a ignorar que existen otras vías por las que solucionar diplomáticamente los conflictos, por muy graves que sean sus consecuencias.
Nada se resolverá mientras no se comprenda que desnudos de patriotismos baratos  y respetando en plenitud cualquier tipo de creencia, todos los hombres somos iguales, que sufre de la misma manera un palestino que un israelí y que convivir pacíficamente los unos con los otros es, simplemente, una cuestión de anteponer la razón a la fuerza.

Mirar por la ventana y entender que lo que ocurre al otro lado de la calle causa el mismo dolor que el que nosotros sentimos, sería quizás el primer paso para alcanzar el fin de esta conflagración sempiterna.

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