Parece que esta vez Israel ha encontrado el modo de hacerse
con la franja de Gaza y que ha conseguido la fórmula para expulsar de sus casas
a las familias palestinas, sin que importe absolutamente nada el rastro de
muerte que vaya dejando tras de sí, ni que el territorio que herede sea un
erial calcinado por los bombardeos de los misiles que destruyen escuelas,
hospitales y cualquier edifico civil que encuentren a su paso.
Haciendo caso omiso a las tímidas sugerencias de la Comunidad
internacional, que no se atreve a enfrentarse claramente con quienes poseen el
dinero, el ejército israelí, que como todos sabemos está formado
obligatoriamente por todos los ciudadanos, ataca sin piedad los objetivos que
se ha marcado, aunque ello suponga el exterminio de miles de palestinos, muchos
de ellos, niños.
No se entiende en nombre de qué Dios se pueden cometer estas
atrocidades, si cómo se supone, esta guerra tiene según dicen, claras
connotaciones religiosas, pues ninguna de las doctrinas existentes en el mundo
incita a los hombres a la violencia, sino más bien a perdonar los errores de
los otros, haciendo un llamamiento permanente a la paz, entre todos los
integrantes de la especie.
Pero ya se sabe que las religiones han sido a lo largo de la
historia siempre mal interpretadas y que cuando existen intereses materiales
por medio, las creencias terminan por convertirse en fanatismo y sus
practicantes en terroristas, unos así catalogados por los que detentan el poder
y otros, tácitamente comprendidos, sobre todo si está en sus manos la clave
económica que mueve los grandes negocios del mundo.
A algunas matanzas se
las califica de genocidios y a otras, como en el caso de la que está ocurriendo
ahora mismo en Gaza, efectos colaterales de las guerras, aunque en el fondo
sean exactamente lo mismo y lo único que cambie es la importancia de quienes
las lleven a cabo.
Todo pasa por ser apoyado por los gigantes del primer mundo e
Israel siempre ha contado con la impagable ayuda de EEUU, quizá porque los
grandes financiadores de las campañas electorales en las que eligen a sus
Presidentes sean, en su mayoría, judíos.
Pero la verdad es la que es y en los tiempos que corren
resulta difícil disfrazar, maquillar o manipular aquello que todos vemos a través
de imágenes grabadas a diario, a pie de calle, por lo que la evidencia de la
masacre que está ocurriendo en Gaza, se nos mete en los hogares y en las
conciencias y no puede provocar en nosotros, más que indignación y repulsa.
La encarnizada lucha por un trozo de tierra, que es el verdadero
motivo de este enfrentamiento sempiterno, sobrepasa todas las líneas de la
ética que el hombre pudiera imaginar y ofrece una idea del comportamiento de
Israel que en nada puede parecerse, ni de lejos, a la simpatía o al aprecio.
Y aunque los grandes mandatarios no se aventuren a condenar
con rotundidad lo que está ocurriendo, los seres humanos que no nos debemos a
otros intereses que a nuestra propia libertad de conciencia y expresión, nos
atrevemos a hacerlo y también a exigir que cesen inmediatamente unas
hostilidades absolutamente desproporcionadas en cuanto a la fuerza y el
armamento y que los culpables de la violencia ejercida sobre los ciudadanos
inocentes, paguen su culpa, como la pagan los terroristas, cuando se les
detiene en cualquier parte del planeta.
Las actitudes de Israel, que recuerdan demasiado a las que
sufrieron los judíos durante los años del nazismo, demuestran que sus
dirigentes actuales deben haber perdido toda la memoria del dolor y que en
lugar de aprender a tratar a los demás como les hubiera gustado que les
trataran en el pasado, han decidido colocarse justo en la línea de pensamiento
de quienes fueron sus exterminadores en los tiempos de Hitler.
Nada hay peor que cometer los mismos errores de los que antes
abominamos y querer convencernos de que cuando los protagonizamos nosotros, es
porque nos asiste la razón.

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