Han tenido que pasar demasiadas cosas, muchas de ellas muy
graves, para que Alfredo Pérez Rubalcaba abandone su parcela de poder, a la que
se ha estado aferrando con uñas y dientes durante más de dos años, a pesar de
la oposición de una gran parte de los militantes de su partido y de haber
causado un daño irrecuperable al PSOE, al tener presente la ciudadanía que
había formado parte del gobierno de Zapatero.
La suya ha sido una marcha tácitamente anunciada, desde que
decidió dejar a Elena Valenciano colocada en Europa, pero ha tenido que palpar
los peores resultados de su partido en unas elecciones, para decidir por fin,
que resultaba imprescindible abandonar, si no quería que la formación
centenaria a la que pertenece, terminara por desaparecer en el tiempo, dejando
además en la Sociedad, un espantoso recuerdo.
A pesar de que en los últimos tiempos Rubalcaba había
cambiado aceleradamente su mensaje, colocando en su discurso continuos guiños a
la necesidad de escuchar a los movimientos ciudadanos, se ha visto perseguido
por la imposibilidad de olvidar que los primeros recortes importantes vinieron
de la mano de Zapatero, con el que colaboró estrechamente, justo hasta el mismo
momento en que abandonó el poder, en Noviembre del 2011.
El gravísimo error de haber estado practicando una oposición
absolutamente tibia, a pesar de la gravedad de las medidas que Rajoy y su
gobierno han impuesto a los españoles, desde su aterrizaje en la Moncloa, ha
incidido aún más, si cabe, en la malísima opinión que la gente ha demostrado abiertamente
hacia su persona y que han sufrido en carne propia los representantes de su
Partido que se han atrevido a acercarse a las manifestaciones ciudadanas, en
forma de abucheos e incluso de agresiones, viéndose obligados a desistir del
intento.
Este fajador político, ha fracasado estrepitosamente en su
intento de devolver al PSOE una parte del electorado que perdió en la debacle
de las últimas generales y el poco o mucho prestigio que consiguió al frente
del Ministerio del Interior e incluso los avances en las negociaciones por la paz en Euskadi, han
quedado eclipsados por su empecinamiento en permanecer en un poder para el que
no ha sido llamado y que nunca habría conseguido, por la propia naturaleza de su carisma.
Que su marcha beneficie al futuro de su Partido está aún por
ver y depende en gran parte de que el PSOE consiga desprenderse de todo aquel
que recuerde la última legislatura de Zapatero, incluidos Carme Chacón y Patxi
López, y que la militancia de base sea capaz de imponer el criterio de unas
políticas mucho más cercanas a la Sociedad, desprendiéndose además, sin piedad,
de cualquier elemento relacionado con asuntos de corrupción, llámese como se
llame y haya ocupado el cargo que ocupase anteriormente.
Más que una reforma, el PSOE necesita una revolución interna
y un replanteamiento serio de los auténticos principios ideológicos por los que
fue creado por su fundador y que en nada coinciden con las políticas
socialdemócratas que ahora practica.
Que su líder haya decidido marcharse es una buena noticia,
pero no es, en absoluto suficiente.
Y conociendo a los humanos y a la clase política en general,
resulta bastante difícil imaginar que las viejas glorias se encuentren
dispuestas a sacrificar su propio bienestar, a favor de una ideología.
Tiempo al tiempo. Qué mala es la ambición y cuánto cuesta
desprenderse de ella cuando uno está acostumbrado a ser relativamente
importante, en cualquier área de la vida.

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