martes, 27 de mayo de 2014

Una marcha forzada


Han tenido que pasar demasiadas cosas, muchas de ellas muy graves, para que Alfredo Pérez Rubalcaba abandone su parcela de poder, a la que se ha estado aferrando con uñas y dientes durante más de dos años, a pesar de la oposición de una gran parte de los militantes de su partido y de haber causado un daño irrecuperable al PSOE, al tener presente la ciudadanía que había formado parte del gobierno de Zapatero.
La suya ha sido una marcha tácitamente anunciada, desde que decidió dejar a Elena Valenciano colocada en Europa, pero ha tenido que palpar los peores resultados de su partido en unas elecciones, para decidir por fin, que resultaba imprescindible abandonar, si no quería que la formación centenaria a la que pertenece, terminara por desaparecer en el tiempo, dejando además en la Sociedad, un espantoso recuerdo.
A pesar de que en los últimos tiempos Rubalcaba había cambiado aceleradamente su mensaje, colocando en su discurso continuos guiños a la necesidad de escuchar a los movimientos ciudadanos, se ha visto perseguido por la imposibilidad de olvidar que los primeros recortes importantes vinieron de la mano de Zapatero, con el que colaboró estrechamente, justo hasta el mismo momento en que abandonó el poder, en Noviembre del 2011.
El gravísimo error de haber estado practicando una oposición absolutamente tibia, a pesar de la gravedad de las medidas que Rajoy y su gobierno han impuesto a los españoles, desde su aterrizaje en la Moncloa, ha incidido aún más, si cabe, en la malísima opinión que la gente ha demostrado abiertamente hacia su persona y que han sufrido en carne propia los representantes de su Partido que se han atrevido a acercarse a las manifestaciones ciudadanas, en forma de abucheos e incluso de agresiones, viéndose obligados a desistir del intento.
Este fajador político, ha fracasado estrepitosamente en su intento de devolver al PSOE una parte del electorado que perdió en la debacle de las últimas generales y el poco o mucho prestigio que consiguió al frente del Ministerio del Interior e incluso los avances  en las negociaciones por la paz en Euskadi, han quedado eclipsados por su empecinamiento en permanecer en un poder para el que no ha sido llamado y que nunca habría conseguido, por la propia naturaleza  de su carisma.
Que su marcha beneficie al futuro de su Partido está aún por ver y depende en gran parte de que el PSOE consiga desprenderse de todo aquel que recuerde la última legislatura de Zapatero, incluidos Carme Chacón y Patxi López, y que la militancia de base sea capaz de imponer el criterio de unas políticas mucho más cercanas a la Sociedad, desprendiéndose además, sin piedad, de cualquier elemento relacionado con asuntos de corrupción, llámese como se llame y haya ocupado el cargo que ocupase anteriormente.
Más que una reforma, el PSOE necesita una revolución interna y un replanteamiento serio de los auténticos principios ideológicos por los que fue creado por su fundador y que en nada coinciden con las políticas socialdemócratas que ahora practica.
Que su líder haya decidido marcharse es una buena noticia, pero no es, en absoluto suficiente.
Y conociendo a los humanos y a la clase política en general, resulta bastante difícil imaginar que las viejas glorias se encuentren dispuestas a sacrificar su propio bienestar, a favor de una ideología.
Tiempo al tiempo. Qué mala es la ambición y cuánto cuesta desprenderse de ella cuando uno está acostumbrado a ser relativamente importante, en cualquier área de la vida.



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