A todos esos ciudadanos que con su lucha permanente intentan
desesperadamente cambiar un sistema político que sólo beneficia a los
especuladores y corruptos, debe sin duda producirles una enorme tristeza
contemplar que muchos millones de otros españoles que se encuentran por norma
instalados en las llamadas mayorías silenciosas, tomen de pronto las calles de
las ciudades, como movidos por algo verdaderamente importante, únicamente para
festejar que un equipo de fútbol ha ganado la liga o que otro ha logrado la
mágica proeza de no descender a segunda división, cuando parecía ser un hecho,
a tenor de los resultados.
Parece imposible que este pueblo vejado hasta la saciedad por
la dureza de los recortes políticos, privado de servicios tan necesarios como
una sanidad de calidad o una educación para esos hijos, a quienes no espera
otro futuro que la emigración para poder obtener un puesto de trabajo, sea
capaz de permanecer sentado, dependiendo en innumerables casos de la pequeña paga
de los jubilados para subsistir y soportando hasta ser desahuciados de sus
viviendas, sin hacer siquiera un intento por frenar con su protesta, este
disparate globalizador que nos está llevando a la ruina y que sin embargo,
baste que sean convocados por los Clubs a los que pertenecen y en cuyas filas
militan futbolistas cuyos sueldos anuales bastarían para remediar auténticos
problemas de Estado, para comportarse como si de repente se hubieran resuelto
todos sus problemas y la crisis hubiera desaparecido de sus vidas por la magia
de una bufanda de colores y unos cuantos cánticos entonados alrededor de
cualquier fuente.
Vergüenza debería darles a todos, que otras personas mucho
más concienciadas con lo que está pasando en el País y que en muchos casos se
encuentran en una situación mucho mejor que la que padecen los que permanecen
inmóviles, salgan a las calles a defender los derechos de todos y muy
particularmente los de los más desfavorecidos, jugándose su integridad física y
siendo objeto casi siempre de represión y crítica feroz por parte de los
políticos de turno, mientras ellos sólo se mueven, como marionetas, manejados
por las órdenes de esos clubs millonarios, que además, suelen arrastrar deudas
inmensas con Hacienda, que repercuten gravemente en contra de todos.
¿Acaso esos futbolistas que perciben veinte millones de euros
anuales van a remediar en algún modo sus carencias?
¿Van los Presidentes de Clubs, al menos, a regalar entradas a
los desempleados, como muestra de solidaridad con los tiempos difíciles que nos
han tocado vivir?
¿De verdad es importante ganar o perder, subir o descender,
cuando no se tiene trabajo y a uno le es imposible pagar la hipoteca, la
factura de la luz y el gas y sus hijos han de ir al colegio teniendo que
prescindir de alguna comida, e incluso necesitando que instituciones de
carácter benéfico les proporcionen alimentos, para no padecer una desnutrición
galopante?
La sensación al contemplar estos estallidos futboleros, no
puede por menos que producir una indignación comprensible y una tendencia a
pensar que en ciertos casos, algunos tienen lo que se merece.
Porque si nada se hace por remediar aquello que nos afecta a
nivel personal y colectivo ¿qué se puede esperar que hagan por uno aquellos a
quienes no les afecta en absoluto la terrible tragedia de la pobreza?
Y aunque rectificar es de sabios y la esperanza de que todos
estos ciudadanos únicamente preocupados por un Deporte puedan terminar
acompañándonos en todas y cada una de nuestras protestas, es lo último que se
pierde, su actitud actual, su frivolidad al anteponer unos resultados
deportivos a los problemas que padece el país, resulta, por lo menos, del todo
imperdonable.
Parece que aquello de Pan y Circo, sigue funcionando a la
perfección en esta sociedad nuestra, tan alejada cronológicamente del Imperio
Romano, pero tan cercana a la postura de quienes lo gobernaban, tan parecida a la
de quienes rigen nuestros destinos en la actualidad.

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