Sólo le faltaba al PP, para justificar una merma considerable
en nuestros derechos de expresión y reunión, que unos manifestantes atacaran al
ministro Montoro y que según las fuentes oficiales, pertenecieran a la extrema
izquierda.
Poco han tardado en incluir en el mismo paquete a todos los
que no compartimos su línea de pensamiento y menos aún que tardarán en añadir
este percance a la campaña que han emprendido contra las redes sociales, tras
el asesinato de Isabel Carrasco, empeñados como están en buscar un modo de
silenciar cualquier oposición a sus políticas, creando leyes que aseguren
durante el mayor tiempo posible, su permanencia en el poder.
Con el agua al cuello y el augurio de que los partidos
pequeños harán mella en las próximas
elecciones, cercenando gravemente el bipartidismo, cualquier excusa es buena
para que no se oiga todo aquello que se pretende ahora ocultar y que no es otra
cosa que un relato detallado de los graves ataque sufridos por la ciudadanía,
desde que los conservadores están en el gobierno.
Esta larga lista de agravios, acaba de incrementarse, más si
cabe, por las desafortunadísimas palabras de Cañete, a quien ya veía Mariano
Rajoy como Comisario europeo y que ahora tendrá que conformarse con conseguir
los votos de sus incondicionales y un simple escaño en el Parlamento de
Bruselas.
Como nunca han querido reconocer la magnitud de su fracaso y
mucho menos la indignación que subyace bajo la aparente pasividad de los
españoles, buscar caminos que conduzcan
a unos resultados de los que presumir al día siguiente de las elecciones, se ha
convertido en un objetivo urgente para
todos los participantes en esta anodina campaña, que no parece ir precisamente
bien, para los intereses de este Partido.
Así que elucubrar sobre los perjuicios que las redes sociales
pueden causar a terceros o aprovechar el ataque a Montoro para denostar lo más
posible a los que se han convertido en enemigos políticos que amenazan
considerablemente la estabilidad en el poder, es ahora la estrategia a seguir
por los miembros de este gobierno, que se ha quedado sin argumentos para
defender que su gestión ha sido un triunfo, a juzgar por la opinión que los
ciudadanos y muchas voces relevantes procedentes de otras formaciones, están
expresando libremente en todos los medios y muy particularmente, en este en el
que escribo.
Pues bien, no existe la confabulación que se nos atribuye a
todos los colectivos y personas que no estamos de acuerdo con las políticas que
practica Rajoy.
Más bien, esa numerosísima oposición que se palpa en España y
que hasta ahora se ha podido expresar libremente por derecho, debiera mover al
PP a una profunda reflexión sobre la manera de gobernar que ha tenido, en estos
dos últimos años de permanente sufrimiento para el pueblo.
La dureza de la caída dependerá, en gran parte, de que por
fin se animen o no, a descender hasta la realidad en que vivimos los simples
mortales.
Aunque esto parece imposible, siendo quiénes son y pensando
cómo piensan.

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