El adiós de Alfredo Pérez Rubalcaba, no ha tardado en
acarrear diversas reacciones de otros miembros destacados de su Partido, que no
han perdido ni un instante en iniciar una carrera hacia la ansiada Secretaría
General que se queda vacante,
demostrando que en política no caben sentimentalismos y que la competitividad
entre los que se dedican a ella, es absolutamente virulenta.
Ha bastado un solo día para que Carme Chacón y Eduardo Madina
hayan declarado, ahora sí, su intención de pelear por el cargo y también para
que Patxi López dimita como primer representante socialista en el País Vasco,
alegando razones electorales, aunque
todos adivinemos una segunda intención en la oportunidad de su marcha.
También el nombre de Susana López, la actual Presidenta de la
junta de Andalucía, empieza a sonar como posible sucesora de Rubalcaba, aunque
ésta aún, posiblemente mejor aconsejada que los tres anteriores, no se ha
atrevido a declarar si piensa o no entrar en esta lucha que empieza y que nadie
sabe aún cómo podría terminar, dada la agresividad con que la han iniciado los
contendientes.
Y sin embargo, todos los nombres continúan recordando a la
ciudadanía etapas anteriores de su Partido que no son precisamente como para
presumir de ellas, si se juzga la situación en que se encuentra el PSOE
actualmente.
Carme Chacón, que ahora nos habla de apertura de miras,
consintió con auténtica sumisión que Zapatero abriera la peligrosa puerta de
los recortes, siendo como era entonces, Ministra de su Gobierno, sin alzar en
ningún momento la voz en contra de las medidas que ya empezaban a tomarse y que
después se han ido consolidando con Mariano Rajoy a la cabeza y que tanto han
supuesto en áreas como la Sanidad o la Educación, por no hablar del panorama
laboral y la situación de terrible desempleo que ahora padecemos.
Madina no era ministro, pero también estaba en el Parlamento
y tampoco su voz se pronunció nunca en contra del giro a la derecha que estaba
dando el socialismo y López, aunque lejos de Madrid, siempre mantuvo una relación
estrecha con Zapatero y Rubalcaba, sin que nada demuestre que disintiera de la
clase de política que se estaba haciendo.
Y no podemos olvidar que Susana Díaz, a la que ahora se
pretende representar como la “salvadora” en ciernes de la debacle electoral sufrida
por el PSOE, ascendió al cargo que ocupa en la actualidad tras la precipitada
marcha de su antecesor Griñán, al que la juez Alaya aún no descarta imputar, si puede, en el
gravísimo asunto de los ERE de Andalucía.
Así que puede que a los militantes socialistas les parezca
que su problema quedará solucionado en cuanto uno de estos nombres se haga
cargo de la dirección de su Partido, pero a los electores, que al fin y al cabo
son los encargados de depositar el voto en las urnas y de lograr que en política
unos asciendan hasta el poder y otros sucumban para siempre, la historia les sigue
sonando exactamente igual y sus protagonistas arrastran un tufo a pasado que no
parece indicativo de que puedan ser capaces de renovar y mucho menos
revolucionar, absolutamente nada.
No valen, para nosotros, ninguno de estos candidatos y lo
único que podría mejorar la situación del PSOE sería la irrupción de gente
absolutamente desconocida, que no hubiera ocupado hasta ahora cargo alguno y
que trajera en la cabeza la firme intención de acercar posturas a la izquierda
que han ido abandonando a pasos agigantados en los últimos años, para
preocuparse un poco menos por ser alternativa de gobierno y un poco más por las
necesidades que los ciudadanos reclaman y necesitan, para vivir dignamente.
Quiéralo o no, el PSOE ha perdido todo su prestigio y hemos
sido nosotros, cuando nos han dejado decidir, quienes les hemos apeado con
nuestra opinión, del lugar de privilegio que habían estado ocupando, quizá,
durante demasiado tiempo.
Lo malo para ellos es, que estos años difíciles han hecho que
los ciudadanos hayamos tenido que madurar, acuciados por terribles carencias y
ya no queda nada de aquellos inocentes que se dejaban convencer por una buena
dosis de palabrería y un rosario de grandes promesas que, al final, nunca se
han cumplido.

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