miércoles, 28 de mayo de 2014

Todos los nombres


El adiós de Alfredo Pérez Rubalcaba, no ha tardado en acarrear diversas reacciones de otros miembros destacados de su Partido, que no han perdido ni un instante en iniciar una carrera hacia la ansiada Secretaría General  que se queda vacante, demostrando que en política no caben sentimentalismos y que la competitividad entre los que se dedican a ella, es absolutamente virulenta.
Ha bastado un solo día para que Carme Chacón y Eduardo Madina hayan declarado, ahora sí, su intención de pelear por el cargo y también para que Patxi López dimita como primer representante socialista en el País Vasco, alegando razones electorales, aunque  todos adivinemos una segunda intención en la oportunidad de su marcha.
También el nombre de Susana López, la actual Presidenta de la junta de Andalucía, empieza a sonar como posible sucesora de Rubalcaba, aunque ésta aún, posiblemente mejor aconsejada que los tres anteriores, no se ha atrevido a declarar si piensa o no entrar en esta lucha que empieza y que nadie sabe aún cómo podría terminar, dada la agresividad con que la han iniciado los contendientes.
Y sin embargo, todos los nombres continúan recordando a la ciudadanía etapas anteriores de su Partido que no son precisamente como para presumir de ellas, si se juzga la situación en que se encuentra el PSOE actualmente.
Carme Chacón, que ahora nos habla de apertura de miras, consintió con auténtica sumisión que Zapatero abriera la peligrosa puerta de los recortes, siendo como era entonces, Ministra de su Gobierno, sin alzar en ningún momento la voz en contra de las medidas que ya empezaban a tomarse y que después se han ido consolidando con Mariano Rajoy a la cabeza y que tanto han supuesto en áreas como la Sanidad o la Educación, por no hablar del panorama laboral y la situación de terrible desempleo que ahora padecemos.
Madina no era ministro, pero también estaba en el Parlamento y tampoco su voz se pronunció nunca en contra del giro a la derecha que estaba dando el socialismo y López, aunque lejos de Madrid, siempre mantuvo una relación estrecha con Zapatero y Rubalcaba, sin que nada demuestre que disintiera de la clase de política que se estaba haciendo.
Y no podemos olvidar que Susana Díaz, a la que ahora se pretende representar como la “salvadora” en ciernes de la debacle electoral sufrida por el PSOE, ascendió al cargo que ocupa en la actualidad tras la precipitada marcha de su antecesor Griñán, al que la juez Alaya  aún no descarta imputar, si puede, en el gravísimo asunto de los ERE de Andalucía.
Así que puede que a los militantes socialistas les parezca que su problema quedará solucionado en cuanto uno de estos nombres se haga cargo de la dirección de su Partido, pero a los electores, que al fin y al cabo son los encargados de depositar el voto en las urnas y de lograr que en política unos asciendan hasta el poder y otros sucumban para siempre, la historia les sigue sonando exactamente igual y sus protagonistas arrastran un tufo a pasado que no parece indicativo de que puedan ser capaces de renovar y mucho menos revolucionar, absolutamente nada.
No valen, para nosotros, ninguno de estos candidatos y lo único que podría mejorar la situación del PSOE sería la irrupción de gente absolutamente desconocida, que no hubiera ocupado hasta ahora cargo alguno y que trajera en la cabeza la firme intención de acercar posturas a la izquierda que han ido abandonando a pasos agigantados en los últimos años, para preocuparse un poco menos por ser alternativa de gobierno y un poco más por las necesidades que los ciudadanos reclaman y necesitan, para vivir dignamente.
Quiéralo o no, el PSOE ha perdido todo su prestigio y hemos sido nosotros, cuando nos han dejado decidir, quienes les hemos apeado con nuestra opinión, del lugar de privilegio que habían estado ocupando, quizá, durante demasiado tiempo.
Lo malo para ellos es, que estos años difíciles han hecho que los ciudadanos hayamos tenido que madurar, acuciados por terribles carencias y ya no queda nada de aquellos inocentes que se dejaban convencer por una buena dosis de palabrería y un rosario de grandes promesas que, al final, nunca se han cumplido.



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