Ahora que el paro asfixia a casi seis millones de españoles,
la idea de sacar a concurso un nutrido número de plazas de colaboradores en la
lucha contra la corrupción, ayudaría a desenmarañar las numerosas tramas que
van siendo descubiertas todos los días, a la vez que retiraría de las nutridas
listas del INEM, a algunos de los muchos necesitados que aguardan con
impaciencia el momento de abandonarlas.
Esta Democracia nuestra, que está siendo ensuciada por
tahúres sin escrúpulos que decidieron hacerse políticos con la única intención
de enriquecerse, precisa urgentemente ser saneada y liberada de esta lacra que
extiende sus tentáculos por toda la geografía española, sin que las medidas
judiciales, al menos hasta este momento, consigan penalizar con la suficiente
dureza, ninguno de los delitos cometidos.
Se quejan los investigadores dedicados a estas tareas de
falta de medios, seguramente con razón, si se tiene en cuenta que los
delincuentes financieros parecen surgir en tropel hasta de debajo de las piedras
y no hay ayuntamiento, ciudad o partido político que se libre de tener varios
casos de mayor o menor relevancia, que todos conocemos y muchas veces callamos,
por temor a que denunciarlos, nos reporte graves perjuicios.
No hay obra pública de la que alguien no haya sacado tajada,
algunas veces triplicando o cuadriplicando su coste real para enriquecer a
quienes la contrataron, saltándose todas las normas de moralidad que
asegurarían una misma oportunidad de conseguir su adjudicación a todos los
participantes en el concurso.
El amiguismo, la coacción y los tratos a espaldas de la
legalidad, embadurnan con su suciedad y sin castigo alguno, todo negocio que
tenga que ver con lo público, encareciéndolo a costa del dinero de los
contribuyentes y aquí no se hace nada por evitarlo.
Ayer conocíamos que las obras del AVE Madrid- Barcelona, se
encarecieron en casi un trescientos por cien, según sus organizadores por
cuestiones de tiempo, una excusa que según los fiscales anticorrupción, bien
podría ocultar, como en otros casos, una desviación severa de fondos hacia las
cuentas personales de algún político, como suele ocurrir desgraciadamente, casi
siempre.
Pero he aquí que entre las intensivas investigaciones que se
llevan a cabo en los casos de corrupción que se van conociendo y las sentencias
dictadas después por los jueces, al menos hasta ahora, suele abrirse una brecha
incomprensiblemente insalvable, que viene a dar como resultado, como bien se ha
podido comprobar últimamente, un sinfín de inadmisibles absoluciones, que no
solo zanjan en falso la mayoría de los casos, sino que permiten que el producto
del fraude se olvide, sin que la Hacienda pública vuelva a recuperarlo jamás,
en perjuicio de todos nosotros.
Que no interesa endurecer la legislación para los casos de
corrupción, es claro y evidente, quizá porque es tan grande la implicación de
políticos en ellos, que de hacerlo, las filas de los Partidos podrían verse
gravemente mermadas, cosa que no conviene si se pretenden conservar las cotas
de poder de que se disfruta.
Y que resulta absolutamente imposible hacer frente a todos y
cada uno de los asuntos que requieren investigación de este tipo, por tratarse
de un número absolutamente incalculable, es también manifiestamente cierto e
incluso inconveniente, si se quiere evitar que la sociedad, harta de padecer
esta lacra, se rebele y salga la calle, protagonizando un violento estallido de
descomunales consecuencias.
Pero esta `podredumbre que está corrompiéndolo todo y
terminando de convencer a los ciudadanos de la deshonestidad de una gran
mayoría de políticos, ha de ser, sin embargo, arrancada de raíz y sin compasión
de los cimientos del Estado y es por tanto, nuestra obligación, reclamar a
quién nos gobierna, que tome urgentemente cartas en el asunto.
Si hay que crear plazas, que se creen y si hay que modificar
las leyes, que se modifiquen sin contemplaciones hacia estos delincuentes de
abultadas cuentas bancarias que no se compadecen en absoluto del momento de
crisis que atraviesa su propio país.
Nada sería más deseable que levantarse una mañana sin que
ninguno de ellos haya robado nada y aún más, si por fin viéramos a todos los
que en algún momento lo hicieron, devolviendo lo sustraído y entre rejas.

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