martes, 20 de mayo de 2014

Una lección de humildad


El fantasma de la abstención, que podría superar el sesenta por ciento, según las últimas encuestas, planea sobre los Partidos mayoritarios demostrándoles el enorme desinterés que suscita en los ciudadanos su modo de hacer política y remarca, aún más si cabe, la enorme distancia existente entre los encargados de regir los destinos de este país y un pueblo que desde hace tiempo, parece caminar en una dirección radicalmente opuesta a la que se le marca desde las altas instancias del poder.
Cierto es que si los españoles votáramos en las próximas europeas, a otros Partidos más pequeños, fraccionando la representación española para conseguir que fuera imposible a PP y PSOE imponernos el bipartidismo, sería mucho más efectivo para las peticiones de la ciudadanía pero la libre decisión de cada uno, de acudir o no a la llamada de las urnas, constituye un derecho inalienable y habrá que respetar a todos aquellos que vean en la abstención, una manera de dar la espalda a la política en general , como una forma de protesta que tendría que hacer reflexionar, forzosamente, a los que en estos momentos se dedican a ella.
Votando o sin votar, resulta urgente que los grandes Partidos reciban una contundente lección de humildad que les haga conocer en carne propia el sabor amargo del fracaso y que les conduzca irremediablemente a tener que replantearse que lo que hacen no convence a un pueblo que no merece la felonía de su comportamiento y que quiere creer que  ha de existir otra manera de gobernar, que no constituya únicamente una lucha continua por salvar la macroeconomía, olvidando de forma imperdonable los problemas reales que azotan a la sociedad, como si las personas hubieran quedado relegadas al último lugar, por la presión del dinero.
Porque si un sesenta por ciento de los españoles ni siquiera acude a las urnas y los representantes en el Parlamento europeo sólo consiguen ocupar su escaño con menos de la mitad de los electores llamados a votar, algo grave está sucediendo y lo lógico en una Democracia normal, sería invalidar inmediatamente el resultado de las elecciones y pensar seriamente qué ha podido motivar tal desapego de la ciudadanía, hacia sus representantes políticos.
Pero esto no ocurrirá e incluso podemos intuir que quien resulte vencedor en los comicios, se atreverá a presumir de un triunfo que para ser exactos, habrá sido obtenido como mucho, con un veinte por ciento de los votos del censo.
Y como la vanidad suele ser engañosa y hace creer frecuentemente a quien la padece que su valía es mayor de lo que la realidad deja patente, poca o ninguna importancia darán los ganadores a los auténticos resultados y menos aún a la escandalosa cifra de abstención que ya se prevé como un hecho.
Dirán, que el pueblo español ha refrendado su modo de  gobernar y terminarán por creerse a base de repetirlo, que van en buena dirección, tanto si pertenecen al gobierno, como si son oposición en el Parlamento y volveremos a ver imágenes triunfalistas en balcones, como si el cien por cien de la población hubiera acudido a los colegios, con la intención de respaldar a quienes ni siquiera merecen el esfuerzo de ser oídos en los mítines que están ofreciendo.
Será la suya, sin embargo, una victoria pírrica y poco han de durar, según parece, las mieles de este enclenque triunfo que muere antes de nacer, pues una aplastante mayoría, ni siquiera piensa participar en este teatro del absurdo.


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