El fantasma de la abstención, que podría superar el sesenta
por ciento, según las últimas encuestas, planea sobre los Partidos mayoritarios
demostrándoles el enorme desinterés que suscita en los ciudadanos su modo de
hacer política y remarca, aún más si cabe, la enorme distancia existente entre
los encargados de regir los destinos de este país y un pueblo que desde hace tiempo,
parece caminar en una dirección radicalmente opuesta a la que se le marca desde
las altas instancias del poder.
Cierto es que si los españoles votáramos en las próximas
europeas, a otros Partidos más pequeños, fraccionando la representación
española para conseguir que fuera imposible a PP y PSOE imponernos el
bipartidismo, sería mucho más efectivo para las peticiones de la ciudadanía
pero la libre decisión de cada uno, de acudir o no a la llamada de las urnas,
constituye un derecho inalienable y habrá que respetar a todos aquellos que
vean en la abstención, una manera de dar la espalda a la política en general ,
como una forma de protesta que tendría que hacer reflexionar, forzosamente, a
los que en estos momentos se dedican a ella.
Votando o sin votar, resulta urgente que los grandes Partidos
reciban una contundente lección de humildad que les haga conocer en carne
propia el sabor amargo del fracaso y que les conduzca irremediablemente a tener
que replantearse que lo que hacen no convence a un pueblo que no merece la
felonía de su comportamiento y que quiere creer que ha de existir otra manera de gobernar, que no
constituya únicamente una lucha continua por salvar la macroeconomía, olvidando
de forma imperdonable los problemas reales que azotan a la sociedad, como si
las personas hubieran quedado relegadas al último lugar, por la presión del
dinero.
Porque si un sesenta por ciento de los españoles ni siquiera
acude a las urnas y los representantes en el Parlamento europeo sólo consiguen
ocupar su escaño con menos de la mitad de los electores llamados a votar, algo
grave está sucediendo y lo lógico en una Democracia normal, sería invalidar
inmediatamente el resultado de las elecciones y pensar seriamente qué ha podido
motivar tal desapego de la ciudadanía, hacia sus representantes políticos.
Pero esto no ocurrirá e incluso podemos intuir que quien
resulte vencedor en los comicios, se atreverá a presumir de un triunfo que para
ser exactos, habrá sido obtenido como mucho, con un veinte por ciento de los
votos del censo.
Y como la vanidad suele ser engañosa y hace creer
frecuentemente a quien la padece que su valía es mayor de lo que la realidad
deja patente, poca o ninguna importancia darán los ganadores a los auténticos
resultados y menos aún a la escandalosa cifra de abstención que ya se prevé
como un hecho.
Dirán, que el pueblo español ha refrendado su modo de gobernar y terminarán por creerse a base de
repetirlo, que van en buena dirección, tanto si pertenecen al gobierno, como si
son oposición en el Parlamento y volveremos a ver imágenes triunfalistas en
balcones, como si el cien por cien de la población hubiera acudido a los
colegios, con la intención de respaldar a quienes ni siquiera merecen el
esfuerzo de ser oídos en los mítines que están ofreciendo.
Será la suya, sin embargo, una victoria pírrica y poco han de
durar, según parece, las mieles de este enclenque triunfo que muere antes de
nacer, pues una aplastante mayoría, ni siquiera piensa participar en este
teatro del absurdo.

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