lunes, 14 de octubre de 2013

Reductos de un pasado imperdonable


La beatificación por parte de la Iglesia católica de 522 “mártires” de la guerra civil, lejos de contribuir a la cicatrización total de las heridas, contribuye ostensiblemente a perdurar la confrontación entre ambos bandos, sobre todo si se tiene en cuenta el trato que están recibiendo por parte del gobierno Rajoy, las familias de los fusilados republicanos, que aún se hallan enterrados en fosas comunes, esparcidas por toda la geografía del país.
El intento de santificación de los muertos procedentes de las filas de quienes protagonizaron en 1936, un golpe de estado militar contra el poder legítimamente constituido, viene a ratificar la certeza de que la Iglesia siempre estuvo de parte de los rebeldes y que aún hoy, a través de estas acciones, da validez a los más de cuarenta años de dictadura de Franco, sin demostrar ninguna piedad por los caídos en la otra parte, ni por los que aún siguen esperando encontrar los cadáveres de los que les fueron arrebatados a la fuerza, para ser asesinados en improvisados paredones, con nocturnidad y alevosía.
  Flaco favor hace el Vaticano a la concordia entre los españoles, cuando no solo no condena los tres años de guerra, como puro acto de violencia, sino que legitima la represión que sufrieron los que se atrevieron entonces a pensar de modo diferente a como imponían los ganadores de la contienda, pagando con su vida el atrevimiento de discrepar y dejando a sus familiares un estigma que pesaría sobre ellos, durante toda la vida del dictador.
El silencio ensordecedor que la Iglesia protagoniza sobre los tristes acontecimientos de nuestra reciente historia, no puede sino levantar en los que proceden del bando perdedor, una ira infinita por la injusticia que se comete con los suyos, incluso después de haber transcurrido tanto tiempo.
Dadas la buenas relaciones que el gobierno de Rajoy parece tener con el Vaticano, no cabe duda de que podría haber desaconsejado esta beatificación masiva, justamente en el mismo momento en que se ha decidido retirar todo tipo de ayuda a las asociaciones por la Memoria histórica, paralizando tajantemente la apertura de fosas, llegando incluso a defenestrar al Juez Garzón, que siempre apoyó incondicionalmente el derecho de las familias a recuperar los restos de los suyos, para poder cerrar, al fin, heridas abiertas durante demasiados años y poder pasar página, con la tranquilidad de saber que los suyos descansan en paz y que, en cierto modo, por fin se les hace justicia.
Muchos católicos no esperaban del Papa Francisco este acto de crueldad, que desdice todas las referencias que hace continuamente sobre la caridad y despierta los rumores de su tácito apoyo a la dictadura argentina que circularon al principio de su elección como vicario de Cristo.
 Con esta acción, la credibilidad que en los círculos cristianos españoles se había dado al Papa, se resiente considerablemente y hace dudar de la sinceridad de sus palabras en otros aspectos y sobre todo en la intención que parecía tener de renovar ciertos aspectos de la Iglesia, que a día de hoy, resultan intolerables.
No todos los católicos de este país proceden de familias adeptas al régimen de Franco y por tanto, al haber sufrido en carne propia el oscurantismo y la crueldad de los cuarenta años de dictadura, siguen esperando de parte de la Iglesia a la que pertenecen, una petición de perdón que contribuya a limpiar la imagen de apoyo a un sistema que asesinó  las libertades de los ciudadanos, con una durísima represión que duró hasta la misma muerte del general, en el año 1975.
Estos reductos de un imperdonable pasado que escribió las peores páginas de toda nuestra historia, vuelven a traer a nuestro recuerdo la amargura de la desolación y la muerte y también un deseo nunca colmado de que por fin, se haga justicia con aquellos que nunca recibieron una compensación humanitaria por su terrible sufrimiento.
Si la intención de la Iglesia es precisamente la de defender la paz y la de procurar el buen avenimiento entre los hombres, su obligación sería la de condenar, sin paliatiativos, cualquier acción que genere violencia y no la de hacer perdurar la división entre los españoles, beatificando a los que combatieron en un bando, mientras los que lo hicieron en el otro, permanecen en el más absoluto de los olvidos.






 


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