lunes, 28 de octubre de 2013

Moneda de cambio


La utilización de las víctimas del terrorismo como moneda de cambio, ha sido una constante para todos los gobiernos que han pasado por el país, desde la llegada de la Democracia.
Todos han sido tocados por las acciones de los terroristas, en carne de sus militantes y todos sin embargo, han intentado negociar con ETA, para lograr el abandono de las armas.
Todos han presumido de estar al lado de los familiares de los muertos y todos han negado tajantemente la evidencia de estar reuniéndose, a la par, con los responsables de los abertzales y todos han defendido delante de los ciudadanos, sin embargo, la vía policial como única salida del conflicto.
 La manifestación contra la derogación de la Doctrina Parot, organizada ayer en Madrid por algunas asociaciones de víctimas y a la que otra parte de las mismas decidieron de motu proprio no acudir, no rompe esquemas en la trayectoria política que se seguirá a partir de ahora en materia de terrorismo, ni debe señalar con el dedo acusador, únicamente al PSOE de la sentencia dictada en el tribunal europeo, hace escasamente unos días, ni hacer una defensa a ultranza del PP, como adalid en la defensa de los que tuvieron la mala suerte de perder algún ser querido en alguno de los múltiples atentados.
Puede que Zapatero parezca culpable de la designación de nuestro representante en Estrasburgo, pero la sentencia se ha producido cuando hace más de dos años que el ex Presidente abandonó el poder y en este momento es Rajoy, al frente de los populares, quién está gobernando aquí y quien podía haberse encargado de argumentar mejor la defensa de los intereses de las víctimas, allá donde hubiera sido necesario.
Me viene a la cabeza, como un flash repentino, la posibilidad de que ETA pudiera entregar las armas en las próximas semanas, como gesto de voluntad para la resolución total del conflicto.
Si esto sucediera, ojalá, la opinión de las asociaciones que se manifestaron ayer, habría de cambiar necesariamente de rumbo y empezar a plantearse que tal vez, la derogación de la Doctrina Parot hubiera podido ser una concesión del Estado, a cambio de la rendición de la banda.
¿Qué diría entonces la Presidenta de la asociación más representativa de cuántas estuvieron ayer en la marcha?
¿Paliaría su dolor y el de todos los afectados que fuera el Partido que defienden quien hubiera cedido en este farragoso asunto, o atacarían a los conservadores con el mismo ímpetu que lo hacen contra los socialistas que en este momento, nada tienen que ver en las decisiones de gobierno, aunque fue con ellos con quienes ETA decidió dejar de matar, hace poco más de dos años?
¿Soportaría la integridad emocional de estas familias el engaño encubierto de sus más férreos defensores, que mientras  se manifestaban con ellos en la calle, negociaban para conseguir el triunfo de una rendición esperada durante tanto tiempo?
Porque gobierne quien gobierne, el poder siempre procurará estar a favor de aquellas acciones que reporten mayor beneficio a su propia gestión, independientemente de si con ellas puede herir en mayor o menor grado la sensibilidad de cualquier colectivo y el dolor de unos cuantos, nunca podrá ser suficiente para abortar según qué planes, si con ellos se puede conseguir una afluencia de votos para su formación y una permanencia en las instituciones que garantice una estabilidad para seguir gobernando.
Pero como afortunadamente, todo acaba sabiéndose con el paso del tiempo, habrá que esperar para poder comprender en toda su plenitud porqué se derogó la Doctrina Parot  y qué se escondía tras la precipitada puesta en libertad  de determinados terroristas, en un acatamiento a rajatabla de la polémica sentencia.
Puede que muchos de los que acudieron ayer a la manifestación terminen por arrepentirse da haber participado en ella y no les quede otro remedio que asumir que, desgraciadamente, las víctimas continúan y continuarán siendo convenientemente manejadas, para ser abandonadas después a su suerte, si así conviene a los intereses políticos y a la consecución de sus metas, sin que el calvario de su dolor importe lo más mínimo, fuera de las paredes de su familia.



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