martes, 15 de octubre de 2013

Gastar, sin preguntar la procedencia


No se da por vencido el juez Castro, en su intención de aclarar la verdad de lo sucedido en el caso de Urdangarín y continúa intentando desempeñar la labor para la que fue contratado, sin dejarse influir por la rimbombancia de los nombres relacionados con esta historia, a pesar de ser todos de un  entorno familiarmente próximo a la realeza.
Ahora descubren los investigadores que la infanta Cristina empleaba el dinero proveniente de Noos, en viajes de lujo y ropa de marca para su numerosa prole y que  incluso se permitió disfrutar de un safari familiar, a pesar de que sus socios le advertían claramente que no podrían justificar dichos gastos, al mismo tiempo que rogaban a todos los santos, que no les llegar una inspección.
Y a pesar de estos hechos probados, el Fiscal General del estado, que se está cubriendo de gloria en su ardiente cruzada por proteger a todo presunto delincuente, directamente relacionado con el Partido en el poder, o como en este caso, con la casa real, no ve indicios para admitir la imputación de la hija del Rey, argumentando que gastar dinero no quiere decir que estuviera informada de los sucios asuntos a que se dedicaba su marido, en la gestión de  empresas, en las que ella también figuraba, desde un principio, como dueña.
Debe ser que cuando uno se mueve en ambientes tan refinados como éstos, acostumbra a derrochar grandes cantidades de capital, considerando de mal gusto preguntar sobre su procedencia y la rutina natural de este tipo de gente no implica, como en cualquier otra familia, la obligación de estar al tanto de las actividades del cónyuge, impidiendo la posibilidad de que su camino derive hacia la ilegalidad, salpicando la buena reputación que, en principio, a todos se nos supone como cierta.
Pero viviendo en el año que vivimos, lo que no resulta normal es permitir que se utilice nuestro nombre en la constitución de una empresa, sin tener la menor intención de volver a preocuparnos por la marcha posterior de la misma, ni siquiera para saber si hemos tenido éxito y reporta algún beneficio, o va tan mal, que quizá conviniera cerrarla y dedicarnos a otra cosa de mejor provecho.
Y sin embargo, una Infanta de España, con cierta formación y casada con alguien que no parece Otelo, el moro de Venecia, se lanza a ciegas a las aventuras empresariales que le propone su marido y pasa una serie de años sin volver a ocuparse por seguir de cerca la evolución de sus negocios y aunque está claro que dispone de ingentes cantidades de dinero para invertir en sus más exquisitos caprichos, nunca pregunta de dónde vienen los ingresos, ni se permite indagar sobre la licitud de manejarlos a su libre albedrío.
Díganme si la historia no resulta, al menos, sospechosa y si poniéndose en la piel de esta “despistada” señora, alguno de ustedes hubiera actuado de la misma manera.
Y díganme si envueltos en un caso similar, algún fiscal dudaría de su implicación en el mismo, llegando a retirar la imputación propuesta por el juez, librándole abiertamente del acoso de la justicia.
Siguiendo con el juego, pregúntense si Hacienda no se percataría tampoco del movimiento de sus cuentas y si no exigiría con una inmediatez absoluta, una explicación que satisficiera sus dudas, multándoles si hubiera lugar, al aclararse el entuerto.
Claro que ustedes, no se llaman Borbón y precisamente por ello, su ignorancia podría ser considerada constitutiva de delito.





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