No se da por vencido el juez Castro, en su intención de
aclarar la verdad de lo sucedido en el caso de Urdangarín y continúa intentando
desempeñar la labor para la que fue contratado, sin dejarse influir por la
rimbombancia de los nombres relacionados con esta historia, a pesar de ser
todos de un entorno familiarmente
próximo a la realeza.
Ahora descubren los investigadores que la infanta Cristina
empleaba el dinero proveniente de Noos, en viajes de lujo y ropa de marca para
su numerosa prole y que incluso se
permitió disfrutar de un safari familiar, a pesar de que sus socios le
advertían claramente que no podrían justificar dichos gastos, al mismo tiempo
que rogaban a todos los santos, que no les llegar una inspección.
Y a pesar de estos hechos probados, el Fiscal General del
estado, que se está cubriendo de gloria en su ardiente cruzada por proteger a
todo presunto delincuente, directamente relacionado con el Partido en el poder,
o como en este caso, con la casa real, no ve indicios para admitir la
imputación de la hija del Rey, argumentando que gastar dinero no quiere decir
que estuviera informada de los sucios asuntos a que se dedicaba su marido, en
la gestión de empresas, en las que ella
también figuraba, desde un principio, como dueña.
Debe ser que cuando uno se mueve en ambientes tan refinados
como éstos, acostumbra a derrochar grandes cantidades de capital, considerando
de mal gusto preguntar sobre su procedencia y la rutina natural de este tipo de
gente no implica, como en cualquier otra familia, la obligación de estar al
tanto de las actividades del cónyuge, impidiendo la posibilidad de que su
camino derive hacia la ilegalidad, salpicando la buena reputación que, en
principio, a todos se nos supone como cierta.
Pero viviendo en el año que vivimos, lo que no resulta normal
es permitir que se utilice nuestro nombre en la constitución de una empresa,
sin tener la menor intención de volver a preocuparnos por la marcha posterior
de la misma, ni siquiera para saber si hemos tenido éxito y reporta algún
beneficio, o va tan mal, que quizá conviniera cerrarla y dedicarnos a otra cosa
de mejor provecho.
Y sin embargo, una Infanta de España, con cierta formación y
casada con alguien que no parece Otelo, el moro de Venecia, se lanza a ciegas a
las aventuras empresariales que le propone su marido y pasa una serie de años
sin volver a ocuparse por seguir de cerca la evolución de sus negocios y aunque
está claro que dispone de ingentes cantidades de dinero para invertir en sus
más exquisitos caprichos, nunca pregunta de dónde vienen los ingresos, ni se
permite indagar sobre la licitud de manejarlos a su libre albedrío.
Díganme si la historia no resulta, al menos, sospechosa y si
poniéndose en la piel de esta “despistada” señora, alguno de ustedes hubiera
actuado de la misma manera.
Y díganme si envueltos en un caso similar, algún fiscal
dudaría de su implicación en el mismo, llegando a retirar la imputación
propuesta por el juez, librándole abiertamente del acoso de la justicia.
Siguiendo con el juego, pregúntense si Hacienda no se
percataría tampoco del movimiento de sus cuentas y si no exigiría con una
inmediatez absoluta, una explicación que satisficiera sus dudas, multándoles si
hubiera lugar, al aclararse el entuerto.
Claro que ustedes, no se llaman Borbón y precisamente por
ello, su ignorancia podría ser considerada constitutiva de delito.

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