Según los últimos estudios científicos, la contaminación
ambiental produce un aumento significativo de los casos de cáncer de pulmón y
otro tipo de enfermedades graves que inciden en la salud de los ciudadanos, obligados
a respirar el humo que ensucia las ciudades y que está directamente relacionado
con la clase de combustible que necesitan los medios de transporte.
Pero a diferencia de lo que ocurrió con el tabaco, ninguno de
nuestros políticos se plantea siquiera elaborar una Ley anti crudos ni la
potenciación de otro tipo de energías menos contaminantes para los vehículos de
motor, seguramente por la enorme cantidad de dinero que mueven las petroleras
en el mundo y sin que en este caso importe la salud de los ciudadanos, ni lo
que cuesten los tratamientos necesarios para intentar su curación, a pesar de
que su cuantía ha de ser, necesariamente igual, que la de los casos producidos
por el tabaco.
Ningún médico cuando vas a consulta se atreve a aconsejarte
que te deshagas del coche o te anima a que pongas una denuncia contra las
petroleras, en el caso de haber caído enfermo, ni aconsejan a los gobiernos, al
menos, la obligación de establecer
varios días en el año, en los que quede prohibido utilizar el transporte que
tanto contamina, para limpiar el cielo de nuestras ciudades y pueblos.
A nadie interesa levantar polémica sobre el nefasto efecto de
los combustibles y la invención de automóviles movidos por ejemplo, por agua,
pasa desapercibida para una Administración, que suele poner demasiadas trabas
económicas que dificultan terriblemente su éxito.
Ningún Parlamento discute sobre el tema y la obsesión unánime
de todos los gobiernos no es otra que la de poseer la mayor cantidad de
combustible que pueda y potenciar con rebajas fiscales la compra de coches, que
naturalmente, contaminarán mucho más, en el momento en que el número de los que
circulen, aumente.
Tampoco se puede en este caso, establecer diferencias entre
la gente, pues todos, querámoslo o no, nos vemos obligados a respirar el humo
letal que invade los cielos del mundo, exponiéndonos a los efectos que en
nosotros produce su ingesta y rogando encarecidamente tener la suerte de no
formar parte de la estadística, de aquellos
a quienes la contaminación condena a morir sin remedio.
Y ni siquiera los que tanto se afanaron en que se aprobara la
Ley Antitabaco y que recriminaban a los fumadores afeándoles su adicción en
lugares públicos, sin ninguna tolerancia hacia ellos, se atreven ahora a iniciar una campaña similar contra la
contaminación ambiental, exigiendo a sus respectivos gobiernos, igual
contundencia en combatir este fenómeno del tiempo en que vivimos.
Quizá los fumadores debieran denunciar el agravio comparativo
a que son sometidos con respecto a los conductores y liderar, ahora, un
movimiento que persiga con la misma contumacia a los que ensucian el aire
común, aunque su cruzada vaya, en este caso, contra toda la humanidad y tenga
pocas probabilidades de triunfo, al tratarse como ya dice la expresión, de oro
líquido.

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