jueves, 17 de octubre de 2013

La otra clase de humo


Según los últimos estudios científicos, la contaminación ambiental produce un aumento significativo de los casos de cáncer de pulmón y otro tipo de enfermedades graves que inciden en la salud de los ciudadanos, obligados a respirar el humo que ensucia las ciudades y que está directamente relacionado con la clase de combustible que necesitan los medios de transporte.
Pero a diferencia de lo que ocurrió con el tabaco, ninguno de nuestros políticos se plantea siquiera elaborar una Ley anti crudos ni la potenciación de otro tipo de energías menos contaminantes para los vehículos de motor, seguramente por la enorme cantidad de dinero que mueven las petroleras en el mundo y sin que en este caso importe la salud de los ciudadanos, ni lo que cuesten los tratamientos necesarios para intentar su curación, a pesar de que su cuantía ha de ser, necesariamente igual, que la de los casos producidos por el tabaco.
Ningún médico cuando vas a consulta se atreve a aconsejarte que te deshagas del coche o te anima a que pongas una denuncia contra las petroleras, en el caso de haber caído enfermo, ni aconsejan a los gobiernos, al menos,  la obligación de establecer varios días en el año, en los que quede prohibido utilizar el transporte que tanto contamina, para limpiar el cielo de nuestras ciudades y pueblos.
A nadie interesa levantar polémica sobre el nefasto efecto de los combustibles y la invención de automóviles movidos por ejemplo, por agua, pasa desapercibida para una Administración, que suele poner demasiadas trabas económicas que dificultan terriblemente su éxito.
Ningún Parlamento discute sobre el tema y la obsesión unánime de todos los gobiernos no es otra que la de poseer la mayor cantidad de combustible que pueda y potenciar con rebajas fiscales la compra de coches, que naturalmente, contaminarán mucho más, en el momento en que el número de los que circulen, aumente.
Tampoco se puede en este caso, establecer diferencias entre la gente, pues todos, querámoslo o no, nos vemos obligados a respirar el humo letal que invade los cielos del mundo, exponiéndonos a los efectos que en nosotros produce su ingesta y rogando encarecidamente tener la suerte de no formar parte de la estadística, de  aquellos a quienes la contaminación condena a morir sin remedio.
Y ni siquiera los que tanto se afanaron en que se aprobara la Ley Antitabaco y que recriminaban a los fumadores afeándoles su adicción en lugares públicos, sin ninguna tolerancia hacia ellos, se atreven ahora a  iniciar una campaña similar contra la contaminación ambiental, exigiendo a sus respectivos gobiernos, igual contundencia en combatir este fenómeno del tiempo en que vivimos.

Quizá los fumadores debieran denunciar el agravio comparativo a que son sometidos con respecto a los conductores y liderar, ahora, un movimiento que persiga con la misma contumacia a los que ensucian el aire común, aunque su cruzada vaya, en este caso, contra toda la humanidad y tenga pocas probabilidades de triunfo, al tratarse como ya dice la expresión, de oro líquido.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario